Cuando el hierro florece

La extranjera y el general

Valeria apenas durmió.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar aquellas palabras.

"La extranjera debe morir."

No sabía quién las había pronunciado.

No sabía cuándo.

No sabía dónde.

Pero sí sabía una cosa.

La visión había sido real.

Tan real como la flor negra.

Tan real como el Imperio.

Tan real como el mundo que la había arrancado de su hogar.

Y eso era precisamente lo que la aterraba.

El amanecer llegó demasiado rápido.

Los primeros rayos de luz atravesaron las cortinas de la habitación.

Valeria permaneció sentada en la cama.

Observando el pequeño brote que había provocado la visión.

Seguía allí.

Inocente.

Inofensivo.

Como cualquier planta normal.

Lo cual resultaba bastante ofensivo considerando el ataque emocional que acababa de causarle.

—Te ves muy tranquilo para alguien que arruinó mi noche.

Murmuró.

La planta no respondió.

Afortunadamente.

Porque si empezaba a hablar probablemente se desmayaría.

Un golpe resonó en la puerta.

Valeria se tensó.

—¿Sí?

—Soy yo.

La voz de Adrián.

Por alguna razón eso la tranquilizó.

Abrió la puerta.

Y encontró al general exactamente igual que siempre.

Uniforme impecable.

Expresión seria.

Postura perfecta.

Parecía incapaz de tener una mala mañana.

Lo cual era injusto.

—¿Dormiste?

Preguntó ella.

—Sí.

—Te odio un poco.

—¿Por qué?

—Porque yo no.

Adrián pareció analizar aquella respuesta.

Como si intentara encontrarle lógica.

Finalmente asintió.

—Comprensible.

Valeria soltó una pequeña risa.

—Nunca sabes cuándo estás siendo gracioso.

—No intento serlo.

—Lo sé.

Y ese era precisamente el problema.

El trayecto hacia el Observatorio fue silencioso.

Demasiado silencioso.

Valeria podía sentir la tensión en el aire.

Los guardias.

Los sirvientes.

Los magos.

Todos parecían observarla.

Todos parecían saber algo.

Y ella comenzaba a odiarlo.

—¿Todos creen que soy peligrosa?

Preguntó de repente.

Adrián caminaba a su lado.

Su respuesta tardó unos segundos.

—No.

—Mentira.

—No todos.

—Eso es peor.

El general no discutió.

Porque ambos sabían que tenía razón.

La reunión con Leontius fue breve.

Y eso jamás era una buena señal.

Porque las reuniones breves significaban malas noticias.

Y efectivamente...

—El Consejo desea verla esta tarde.

Dijo el anciano.

Valeria dejó caer los hombros.

—Claro que sí.

—Valeria.

—No.

No me interrumpa.

Quiero disfrutar de mi crisis existencial.

Leontius suspiró.

—Escuche.

—¿Voy a morir?

—No.

—¿Está seguro?

—No completamente.

—Eso no ayuda.

—Lo imaginé.

La joven se dejó caer sobre una silla.

—¿Qué quieren exactamente?

El anciano intercambió una mirada con Adrián.

Aquello fue suficiente.

Valeria ya conocía esa clase de mirada.

La había visto cientos de veces.

Era la mirada que aparecía cuando alguien intentaba suavizar una mala noticia.

—¿Qué quieren?

Repitió.

Esta vez Adrián respondió.

—Decidir qué hacer con usted.

El silencio cayó sobre la sala.

—Ah.

—Sí.

—Eso suena bastante definitivo.

—Lo es.

Valeria apoyó ambas manos sobre el rostro.

Porque aquello era exactamente lo que necesitaba.

Ser juzgada por personas que ni siquiera conocía.

En un mundo que ni siquiera era suyo.

Maravilloso.

Horas más tarde.

La capital imperial despertaba completamente.

Por primera vez desde su llegada, Valeria tuvo permiso para abandonar el cuartel.

Aunque técnicamente seguía bajo vigilancia.

Lo que significaba que Adrián la acompañaba.

—Entonces esto no es un paseo.

Dijo ella.

—No.

—¿Es vigilancia?

—Sí.

—Prefiero llamarlo paseo.

—Como quiera.

Caminaron por las calles principales.

Y por primera vez Valeria pudo observar realmente la ciudad.

Era hermosa.

Los edificios parecían tallados en piedra blanca.

Las plazas estaban llenas de fuentes.

Los mercados rebosaban de colores.

Incluso las flores decoraban balcones y ventanas.

Y aquello llamó inmediatamente su atención.

—Espera.

Adrián se detuvo.

—¿Qué ocurre?

Valeria se acercó a un puesto.

Observando unas flores amarillas.

Frunció el ceño.

—Esto no tiene sentido.

—¿Qué cosa?

—Estas flores.

—¿Qué ocurre con ellas?

—No deberían crecer juntas.

Adrián parpadeó.

—¿Perdón?

Valeria señaló las macetas.

—Esa especie necesita humedad constante.

Esa otra necesita clima seco.

Y aquella debería florecer en otra estación.

—¿Y?

—Y están creciendo perfectamente juntas.

El general observó las plantas.

Como si esperara que le explicaran algo.

No ocurrió.

—No entiendo.

—Lo sé.

—Entonces explíquelo.

Valeria cruzó los brazos.

Pensativa.

Confundida.

Intrigada.

—Es como si...

Se interrumpió.

Porque una idea acababa de aparecer.

Una idea absurda.

Imposible.

Pero que encajaba demasiado bien.

—¿Valeria?

Preguntó Adrián.

Ella levantó lentamente la vista.

—¿Qué pasaría si las plantas de este mundo fueran diferentes?

—¿Diferentes cómo?

—Más conectadas entre sí.

Más vivas.

Más conscientes.

El silencio fue inmediato.

Porque ambos recordaron exactamente la misma cosa.

La visión.

La flor.

Las raíces.

El jardín.

Adrián no respondió.

Pero por primera vez pareció realmente preocupado.



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En el texto hay: leyenda, magia, plantas

Editado: 05.06.2026

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