Había pasado una semana.
Siete largos días.
Siete interminables días.
Y Valeria estaba muriendo de aburrimiento.
No literalmente.
Todavía.
Pero iba por buen camino.
Acostada boca arriba sobre la cama, observó el techo por lo que debía ser la centésima vez aquella mañana.
Luego se giró hacia la izquierda.
Luego hacia la derecha.
Luego volvió a mirar el techo.
—Voy a volverme loca.
Anunció al universo.
El universo no respondió.
Lo cual era grosero.
Habían transcurrido siete días desde la reunión del Consejo Imperial.
Siete días desde que decidieron que era demasiado peligrosa para dejarla libre y demasiado importante para encerrarla.
El resultado era una situación absurdamente específica.
Podía moverse por ciertas zonas del complejo imperial.
Podía pasear por algunos jardines.
Podía acceder a determinadas áreas del Observatorio.
Pero siempre acompañada por guardias o supervisores.
Y, por supuesto...
No tenía teléfono.
Ni internet.
Ni televisión.
Ni libros modernos.
Ni música.
Ni nada.
Absolutamente nada.
—Nunca pensé que extrañaría tanto los videos de gatos.
Suspiró.
El silencio volvió a responder.
Aquello ya comenzaba a sentirse personal.
Finalmente se incorporó.
Necesitaba hacer algo.
Lo que fuera.
Porque si pasaba otro día entero observando paredes probablemente comenzaría a discutir con las plantas.
Y considerando los acontecimientos recientes...
Existía la posibilidad de que le respondieran.
—No.
No vamos a llegar a ese punto.
Todavía.
Se acercó a la ventana.
Los jardines imperiales se extendían más allá del edificio.
Flores.
Árboles.
Arbustos.
Hierbas decorativas.
Decenas de especies que jamás había visto en su vida.
Y entonces ocurrió.
La idea.
Una idea tan obvia que se sintió estúpida por no haber pensado en ella antes.
Parpadeó.
Luego volvió a parpadear.
—Soy botánica.
El silencio continuó.
—¡Soy botánica!
Repitió.
Más emocionada.
Porque llevaba una semana comportándose como una turista perdida.
Cuando en realidad tenía algo que podía hacer.
Algo útil.
Algo que incluso podría ayudar a entender por qué las plantas reaccionaban a ella.
Investigar.
Una hora después.
Valeria caminaba por los pasillos del Observatorio.
Mucho más animada que en días anteriores.
Por supuesto, existía un pequeño problema.
Necesitaba acceso a los libros.
Y los libros estaban bajo la autoridad de una única persona.
Lo cual significaba una única cosa.
—No quiero hacer esto.
Murmuró.
Pero continuó avanzando.
Porque no tenía alternativa.
Leontius se encontraba exactamente donde esperaba encontrarlo.
Rodeado de libros.
Montañas de libros.
Torres de libros.
Océanos de libros.
Valeria estaba bastante segura de que si quitaban algunos pilares del edificio, aquellos volúmenes seguirían sosteniendo la estructura.
El anciano ni siquiera levantó la vista cuando ella entró.
—Buenos días, Valeria.
Ella se detuvo.
—Eso es inquietante.
—¿El qué?
—Que supiera que era yo.
—Sus pasos son distintos.
—Eso sigue siendo inquietante.
Leontius finalmente levantó la mirada.
Y sonrió.
—¿Qué necesita?
Valeria sospechó inmediatamente.
Aquello había sido demasiado fácil.
Demasiado rápido.
Como si hubiera estado esperando algo.
—Quiero acceso a los archivos.
La sonrisa del anciano se amplió.
Demasiado.
—Ah.
Por fin.
—¿Por fin qué?
—Creí que tardaría más.
—¿En aburrirme?
—En recordar que es investigadora.
Valeria entrecerró los ojos.
—¿Me estaba observando?
—Sí.
—Eso suena ilegal.
—No en este mundo.
—Qué conveniente.
Una hora más tarde.
Valeria estaba completamente fascinada.
Porque la biblioteca del Observatorio era una locura.
Miles de libros.
Miles.
Algunos parecían tener siglos.
Otros estaban escritos a mano.
Otros brillaban.
Literalmente brillaban.
—Todavía no me acostumbro a eso.
Murmuró.
—No toque los brillantes.
Respondió Leontius.
—¿Por qué?
—Porque algunos explotan.
Valeria se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Solo un poco.
—¡¿SOLO UN POCO?!
—Estamos trabajando en ello.
Aquello explicaba muchas cosas sobre los magos.
Pasó horas leyendo.
Botánica.
Historia natural.
Clasificación vegetal.
Ecosistemas.
Agricultura.
Cualquier cosa relacionada con plantas.
Y cuanto más leía...
Más confundida estaba.
Porque las especies de aquel mundo parecían funcionar de forma completamente distinta.
Las raíces compartían nutrientes entre especies diferentes.
Algunas flores podían almacenar energía mágica.
Ciertos árboles parecían comunicarse entre sí mediante redes subterráneas.
Y algunos registros sugerían que determinadas plantas poseían una forma rudimentaria de consciencia.
—No puede ser.
Murmuró.
Pero cuanto más leía...
Más pruebas encontraba.
—No puede ser.
Repitió.
—¿Qué encontró?
Preguntó una voz.
Valeria levantó la cabeza.
Y encontró a Adrián.
De pie junto a una estantería.
Como si hubiera aparecido de la nada.
Otra vez.
—¿Tú sabes caminar haciendo ruido?
Preguntó.
—Sí.
—Entonces hazlo.
—Lo intentaré.
Ella señaló el libro.
—Las plantas de este mundo están vivas.
Adrián la observó.
—Todas las plantas están vivas.
—No de esa forma.
Más vivas.
El general se acercó.