Despertar siempre cuesta, pero hoy es directamente una broma pesada del universo. Abro los ojos y durante un instante —mínimo, frágil— creo que estoy bien. Creo que dormí. Que descansé. Que el mundo sigue siendo ese lugar sencillo donde las noches no traen aullidos que te dejan el pecho vibrando.
Ese instante se rompe en cuanto intento moverme.
Me duele todo, como si hubiera pasado la noche corriendo por un sitio que no existe. Además, el corazón late con esa insistencia incómoda que no es miedo, pero sí aviso: levántate, algo no está en su sitio.
Fantástico. Buen día para seguir viva.
Me incorporo despacio y ahí está lo que temía: una vibración suave bajo las costillas, como si alguien hubiera dejado un móvil escondido dentro de mí.
—Genial, Liz —susurro—. Muy normal todo.
El aullido no se fue. Se quedó dentro, como si mi cuerpo lo hubiera guardado en favoritos. Y eso no debería pasar.
Y no quiero pensar más en eso, así que me levanto. Pensar demasiado ahora mismo es una vía rápida al colapso emocional.
Camino hacia el baño con la torpeza de quien todavía no sabe si está despierta del todo. Al verme en el espejo, confirmo que no: sigo con esa cara de haber perdido una batalla en sueños. Las ojeras ya compiten entre sí a ver cuál consigue un nuevo matiz. Ni las sombras del bosque son tan oscuras.
—Perfecta, Liz. Fresca como una rosa —irónicamente toco mi mejilla—. Nadie sospechará nada.
Me siento en el borde de la bañera, intentando ordenar mi cabeza. Después de un rato me obligo a moverme. No me siento como una persona con una vida funcional, pero puedo fingirlo. Los vaqueros cómodos, una camiseta blanca, una chaqueta ligera. Intento hacerme un moño, queda torcido, lo dejo así. Mi ambición estética está de baja por enfermedad. Apoyo la palma en el lavabo y el espejo se empaña justo a la altura de mis dedos, como si mi mano tuviera fiebre.
Voy a la cocina. Preparo café. Me lo bebo tan rápido que casi me quemo. La cafetera es lo único que no cambia en esta casa. Me aferro a ella como a un resto de cordura.
Mientras dejo la taza en el mármol, escucho un golpe arriba. el sonido llega demasiado nítido, como si la pared se hubiese acercado un poco más a mí de lo habitual.
Alzo la vista. Me quedo quieta. Contengo la respiración sin querer.
El corazón no escucha razones. Vuelve a latir más rápido, cargado de ese aviso interno que ya reconozco aunque no quiera aceptarlo.
Cojo el bolso, las zapatillas, la llave. Abro la puerta. Justo antes de salir, el pecho se mueve otra vez, como si algo dentro hubiera recordado que existe.
No quiero pensar en aullidos ni en sombras ni en sueños que parecían demasiado reales. Pero sé que lo haré igual. Sé que algo se ha movido, y no sé si quiero saber hacia dónde.
Salgo a la calle con la esperanza absurda de que el aire frío me ponga en orden. No sucede. Solo consigue mojarme las ojeras y encenderme la nariz. Precioso cuadro.
Cierro y doy dos pasos. Y ya noto que algo no encaja en mí. No sé si es la parte lógica o la que está perdiendo la cordura, pero hay algo en mi percepción que no es el de siempre. Todo se siente… amplificado.
La luz golpea más. Los colores brillan un poco más. Los sonidos llegan demasiado limpios. Un perro ladra muy lejos y, sin embargo, lo escucho como si estuviera a la vuelta de la esquina.
Me detengo.
—Maravilloso, Liz —murmuro.
Intento reír, pero la mano me tiembla. La escondo en el bolsillo, como si eso bastara para que nadie note que algo se me desajusta por dentro. Camino. Necesito café, pero uno no va a arreglar esto. Ni tres.
Me cruzo con gente y, sin querer, noto cosas que no debería notar. La prisa de una mujer que pasa corriendo, la irritación de un chico al teléfono aunque no oiga su conversación completa. No lo entiendo. No debería percibirlo. Pero lo siento. Como si las emociones ajenas se pegaran al aire.
El universo, por supuesto, sigue sin contestar. La calle principal está igual de siempre: olor a pan, a café, a tráfico. Pero hoy todo parece más vivo. O es que estoy yo demasiado abierta, demasiado expuesta, como si me hubieran quitado una capa de piel emocional.
Siento un golpe frío recorriéndome la espalda. Camino sin detenerme, pero tragando el nudo que sube a la garganta. Hoy estoy a un comentario random de caerme al suelo y llorar sin dignidad.
Perfecto.
El día acaba de empezar y ya quiero reiniciarlo. Pero sigo caminando. Porque no sé qué otra cosa hacer. Porque algo se está despertando dentro de mí.
Y porque tengo miedo de que, si paro, lo oiré otra vez.
Me repito que necesito distraerme. Cualquier cosa que me saque de mi cabeza serviría. Así que entro en la cafetería de siempre, intentando no recordar lo extraño que fue estar aquí ayer. Prefiero no mirarlo de frente; bastante tengo con mantenerme cohesionada.
La campanita suena. El calor del local me envuelve y, durante medio segundo, creo que funciona.
—Buenos días, Liz —dice la camarera.
—Hola —respondo, usando mi voz de persona normal.
Me observa un segundo más de la cuenta.
—¿Todo bien?
—Sí —miento con educación—. Dormí mal.
Eso suele bastar. Hoy también. Me siento en mi mesa de siempre, la de la esquina, donde nadie te mira demasiado y puedes fingir que el día no te está desbordando. Apoyo los antebrazos en la mesa. Las manos vuelven a arder, un calor sordo que no quema, pero tampoco se apaga.
Respiro hondo.
No pasa nada. Es café. Es lunes. Es normal.
Entonces la puerta se abre.
No entra nadie que me llame la atención. Un hombre con prisa, una ráfaga de aire frío, la campanita otra vez. Pero el ambiente cambia. No el ruido. El aire.
Es como si algo invisible hubiera cruzado el umbral y el local hubiera tardado una décima de segundo en darse cuenta. El pecho me da un tirón leve. Instintivo. Preciso. Como si una cuerda dentro de mí se hubiera tensado.
#834 en Novela romántica
#151 en Fantasía
#92 en Personajes sobrenaturales
conflictointerno, relación sobrenatural, relación emocional intensa
Editado: 03.01.2026