Me despierto antes que el sol, sin quererlo, como si alguien me hubiera sacado del sueño de un empujón. Abro los ojos de golpe. El corazón late demasiado rápido y la espalda arde, empapada en un calor que no pertenece a la madrugada.
—Genial… —murmuro, frotándome la cara.
El lobo está despierto. Demasiado cerca de la superficie.
—Hoy no —gruño, sin esperar obediencia.
Lo que recibo es una sacudida sorda, una protesta muda. La sensación exacta de un encogerse de hombros, como si dijera sin palabras: no decides tú.
Me quedo sentado un momento, respirando hondo. No estoy cansado de dormir poco. Estoy cansado de contenerlo. De empujar hacia abajo todo lo que él intenta subir. De sentir cosas que no debería sentir. De despertarme con el olor de ella clavado en los huesos.
—Ni siquiera la conozco —susurro—. Ni siquiera la vi bien. Es ridículo.
Me levanto bruscamente, como si moverme fuera a borrar esa frase. Camino por la habitación en círculos cortos, inútiles. Mi piel está demasiado sensible, como si el aire la tocara de más. Los sonidos se intensifican. Los olores también.
Eso no soy yo. Es él.
Me inclino sobre la mesa y respiro hondo.
—Deja de buscarla. No vamos a eso. No ahora. No nunca.
El gruñido que surge desde mi pecho es bajo, molesto.
Ella. Olor. Cerca.
—No estaba cerca. Tú la seguiste. Yo te frené.
Un silencio tenso le responde. El tipo de silencio que significa: crees que fuiste tú. Casi río. De frustración. De miedo. De rabia.
Nunca me había pasado algo así. No tan rápido. No tan fuerte. No tan… personal.
Me pongo la camiseta, la chaqueta. Mi pecho vibra a intervalos, un recordatorio involuntario del aullido. No el sonido. Lo que provocó.
Un tirón.
Una respuesta.
Un vínculo que no pedí.
No sé quién lo escuchó anoche. Pero sí sé quién lo sintió.
Sé que fue ella.
El pasillo está frío cuando salgo. Agradezco el contraste; me da la ilusión de calma durante un par de pasos. Luego el lobo empuja otra vez. No con violencia. Con urgencia.
Una urgencia que no reconozco en él. Como si estuviera sintiendo algo que yo todavía no logro identificar. No quiero pensarlo así. No quiero darle ese poder. No quiero que mi respiración dependa de una humana que no sabe ni que existo.
Me recargo contra la pared.
—¿Qué quieres que haga? ¿Correr detrás de ella? ¿Para repetir lo de la última vez?
El silencio se corta, como si el aire mismo recordara esa noche. La noche en la que perdí el control. La noche que casi destruye a alguien. La noche que me prometí que no se volvería a repetir.
Pero esto no es igual. No lo siento igual. Él no está agresivo. No está desatado. Está… conectado. Atento. Como si ella fuera un punto fijo en la oscuridad.
Y eso me asusta más que la violencia.
—No somos esto —respiro—. No vamos a ser esto.
Doy dos pasos y un pinchazo me cruza el pecho. No es mío. Es de ella. Como si su corazón hubiera tropezado y el eco hubiera llegado hasta aquí.
Me quedo quieto. El lobo alza la cabeza por dentro, alerta, expectante.
Ella.
—¿Qué diablos…? —susurro.
Llevo la mano al pecho. El corazón late mal. Fuera de ritmo. Igual que anoche. Y lo peor es que sé lo que significa antes de admitirlo.
Ella está alterada.
Lo sé. Lo siento. No debería. Pero lo siento igual.
—No es nuestro problema —digo firme.
Lo es.
Me paso la mano por el pelo, cansado de luchar contra algo que no quería ni conocer. Esto no se va a apagar. No va a rendirse. Él no va a rendirse.
Y lo peor es que no es solo él. Es que yo estoy respondiendo. Y eso, para alguien como yo, es la primera señal del desastre. Si pierdo el control, paga todo el mundo.
Me enderezo. Camino hacia la puerta. No para buscarla. Para alejarme de lo que siento.
Pero una cosa está clara: algo cambió anoche. Algo que yo no quería cambiar. Algo que no sé cómo negar.
Puedo intentarlo todo lo que quiera. El lobo ya decidió.
Ella.
Ese simple concepto —ella— está empezando a romper todo lo que llevo años manteniendo atado.
Camino hacia la zona de entrenamiento porque necesito fingir normalidad. No porque quiera ver a nadie. Ser alfa no me da derecho a desaparecer cuando algo dentro de mí está tambaleándose.
Cuando llego, Marcus está con dos jóvenes guerreros. Hablan, ríen por algo. Hasta que me ven.
Las risas mueren.
El ambiente cambia como si alguien hubiera bajado un interruptor.
Marcus me mira con la ceja levantada, esa expresión suya que siempre suena a: ¿y ahora qué mierda te pasa?
—Alfa —saluda uno de los chicos.
Asiento.
—Seguid.
Lo intentan. Pero sé que lo notan. Los lobos sienten cuando algo se tuerce en su líder, incluso si no lo digo en voz alta.
Marcus se acerca en cuanto los otros se alejan.
—Tienes mala cara —dice.
—No la tengo.
—Pues la transmites. Estás raro.
Cruzo los brazos.
—Estoy bien.
Marcus suelta una risa breve.
—Claro. Perfectamente bien. Por eso vienes caminando como si te estuvieras peleando contigo mismo.
Mi mandíbula hace un clic.
—¿Desde cuándo analizas cómo camino?
—Desde siempre. Si tú fallas, yo tengo que saberlo antes que nadie.
Me observa un segundo más.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Él entrecierra los ojos.
—No me digas “nada” con esa voz. Te conozco desde los dieciséis. Esa voz es “si hablo, el clan entra en pánico”.
Me paso la mano por la nuca.
—No quiero hablar de esto.
—Pues vas a hablar —dice, cruzándose de brazos como si pudiera igualarme—. Llevas dos días con la energía torcida. Todos empiezan a notarlo.
El lobo empuja justo entonces. Una vibración en el pecho.
Mierda.
Marcus lo percibe.
#834 en Novela romántica
#151 en Fantasía
#92 en Personajes sobrenaturales
conflictointerno, relación sobrenatural, relación emocional intensa
Editado: 03.01.2026