Camino hacia el museo con la sensación incómoda de haber salido de casa antes de terminar de despertarme del todo. No es sueño. Es otra cosa. Algo que se me quedó pegado al cuerpo y decidió acompañarme sin preguntar.
El frío de la mañana me roza la cara, pero no consigue atravesarme. Por dentro sigo tibia, demasiado. Meto las manos en los bolsillos, esperando que el aire haga su trabajo. No lo hace.
Sigo andando.
No pienso en el aullido. No pienso en la noche. No pienso en nada raro. Tengo turno. Tengo llaves. Tengo una rutina que me conoce mejor que yo misma.
El cuerpo, en cambio, va a su ritmo.
Un tirón leve bajo el esternón me obliga a bajar el paso. No duele. No asusta. Es más bien… insistente. Como si algo marcara el compás desde dentro y yo fuera medio segundo tarde.
—Hoy no —murmuro, sin detenerme.
La ciudad está despierta. Gente que habla, pasos que se cruzan, vida normal. Cuando el museo aparece al fondo de la calle, sólido, serio, quieto, siento un alivio que no debería ser tan intenso.
Dentro todo está en su sitio.
Dentro nada responde.
Dentro nada despierta.
O eso quiero creer mientras acelero el paso.
Hoy, con lo que llevo dentro, temo que el cuerpo me delate.
Empujo la puerta de empleados. El aire frío del interior me despeja un poco, lo justo para no desmayarme en la entrada.
—¡Buenos días, Liz! —grita Maya desde recepción.
—¿Desde cuándo saludas tan fuerte? —pregunto, medio sonriendo.
—Desde que tienes esa cara —contesta, apoyándose en el mostrador—. Diría “cansada”, pero sería quedarme corta.
—Gracias por la sutileza —susurro.
Ella me mira con una atención que me incomoda.
—¿Estás enferma?
El cuerpo se me tensa antes de que pueda evitarlo.
—No. Nada importante. Algo vírico, supongo.
Maya levanta una ceja, disfrutando del drama.
—¿Vírico modo gripe o vírico modo “he visto la luz divina y ahora tengo poderes”?
—Maya… —respiro, agotada—. Solo estoy rara.
—Eso ya lo sabíamos —dice, encantada—. Pero hoy estás… más. Magnética. Aura intensa. Mirada perdida. Un combo precioso.
—No tengo aura —respondo, esquivándola camino al vestuario.
Por dentro sí siento algo, como si mi cuerpo estuviera cargado de electricidad, vibrando sin permiso.
Cuando entro en la sala principal, el eco parece golpearme desde todas las direcciones. Nunca había notado tanto ruido dentro del museo. Hoy cada paso suena demasiado, como si el edificio respirara conmigo.
Me pongo la identificación, ajusto el walkie y empiezo la ronda. Un grupo escolar entra corriendo. Nada nuevo. Pero uno de los niños se planta frente al lobo disecado de fauna europea y yo… me quedo helada.
Algo en esos ojos de cristal me incomoda. No se mueven, claro, pero siento una atención que no debería estar ahí.
—No te acerques tanto —le digo. No por él. Por mí.
El niño me mira y pregunta:
—¿Este lobo aúlla?
La pregunta me cae encima como una piedra fría.
—No. Está muerto —respondo demasiado rápido.
El niño no parece convencido. Yo tampoco.
Intento seguir como si nada, aunque algo no termina de asentarse.
Me quedo en la sala del lobo más de lo necesario. El aire se vuelve extraño, denso de una forma difícil de explicar, como si el lugar hubiera retenido una sensación que ya no debería estar ahí.
—Liz —escucho detrás.
Doy un salto interno, pero me obligo a no demostrarlo. Es solo Tom, despeinado como siempre, cargando una caja de folletos.
—Te llamé dos veces —dice—. ¿Estás bien?
—Estaba distraída.
Tom frunce el ceño.
—Estás pálida.
—Estoy bien —respondo como un reflejo cansado.
—Tu cara dice: “ingrésenme” —bromea.
No tengo fuerzas para seguirle el juego.
—Son días raros —admito.
—¿Raros tipo qué?
Cómo explico que mi vida se ha convertido en un collage de aullidos invisibles, manos en llamas, sombras que se esconden y lobos disecados que parecen saber cosas de mí.
—Tipo cansancio —digo al final.
—Si necesitas irte antes, avisa al jefe —dice—. No tienes que aguantar el día entero.
—Puedo —contesto, aunque ni yo me lo creo.
Tom se marcha y, en el silencio que queda, doy un paso hacia la salida y entonces llega el olor.
No debería estar ahí.
No dentro de un museo cerrado.
No a estas horas.
Huele a invierno. A pino mojado. A bosque. A aire frío entre árboles.
Me quedo completamente quieta, con el corazón golpeando fuerte, como si buscara la respuesta antes que yo. Y lo sé. Lo reconozco. Ese olor nunca está solo.
—No puede ser… —murmuro.
No debería oler algo que no existe. Ni sentir una presencia que no está. Y aun así, ahí está: ese latido que no es mío, ese tirón que se instala debajo del esternón como si alguien, en algún lugar, hubiera tirado suavemente de un hilo invisible que me atraviesa.
Por un segundo siento a alguien justo detrás de mí. Me giro con un impulso que casi me corta la respiración.
Nada.
Solo vitrinas, huesos enormes… y un lobo prehistórico que hoy parece menos muerto que de costumbre.
Respiro hondo, intentando mantenerme en un punto medio entre no entrar en pánico y no desmayarme.
—Vale. Ya basta —me digo—. No voy a perder la cabeza en un museo lleno de niños.
Respiro, sigo mi ronda, hago como si nada. Se me pasará.
Sé que no es verdad.
Pero aún no puedo admitirlo.
Salgo al terminar el turno con la sensación de haber sobrevivido a un día extraño incluso para mí. Y eso ya es decir. Tengo que ver a mis amigos porque si cancelo otra vez me van a montar una intervención y, sinceramente, no tengo energía para dramas bienintencionados.
Camino hacia la cafetería con el frío en la cara y ese movimiento en el pecho otra vez.
—Dame una tarde normal —susurro.
Mi cuerpo no firma ese trato.
La cafetería está llena de olor a canela y café, una mezcla que normalmente me da paz, pero hoy me marea un poco, demasiado intensa. Aun así sonrío, porque fingir que estoy bien es un músculo que tengo bien entrenado.
#834 en Novela romántica
#151 en Fantasía
#92 en Personajes sobrenaturales
conflictointerno, relación sobrenatural, relación emocional intensa
Editado: 03.01.2026