Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 6. ABEL

El claro todavía está medio dormido cuando llego.O quizá soy yo el que no ha terminado de despertarse del todo.La tierra está húmeda, fría bajo las botas. Buena para anclarse, pienso. Siempre lo ha sido. Clavo los pies en el suelo y respiro hondo, buscando ese punto exacto donde el cuerpo recuerda quién manda. Una vez. Dos. Tres.

No funciona.

El pecho arde. No como un fuego abierto, sino como un tirón profundo, persistente, como si algo hubiera aprendido el camino hasta aquí y ahora reclamara espacio sin pedir permiso.

—No —murmuro, más cansado que furioso.

Me agacho y agarro un tronco caído. La madera cede con un crujido seco cuando aprieto los dedos, demasiado fácil. Lo lanzo lejos, contra un árbol. El impacto resuena en el claro como un aviso, como si el bosque tuviera que entender que sigo aquí.

Nada cambia.

El vínculo continúa tirando. No hacia ella exactamente. No todavía. Tira en otra dirección, más abstracta y más peligrosa: hacia la frontera. Hacia ese punto donde el bosque empieza a perder fuerza… y yo con él.

Clavo una rodilla en el suelo y hundo la mano en la tierra húmeda hasta sentir barro bajo las uñas.

—Aquí —gruño—. Quédate aquí.

El lobo no empuja. No discute.

Espera.

Y eso es peor.

Porque esperar significa que sabe que voy a ceder.

Tras el impacto del tronco, el claro guarda silencio. No uno natural, sino denso, incómodo, como si algo hubiera quedado suspendido en el aire. El bosque lo nota.

Yo también.

Mi respiración sigue fuera de ritmo. No es rápida; es arrastrada, como si cada inhalación tuviera que atravesar primero otro pecho antes de llegar al mío.

El tirón vuelve. Más claro. Más decidido.

No es ella todavía.

Es la dirección.

La frontera.

Doy medio paso sin darme cuenta. La tierra cede bajo la bota con una facilidad que no debería.

—No —gruño, clavándome de nuevo al suelo.

El lobo sigue sin empujar. Se prepara.

Y eso es lo que me pone en alerta de verdad.

Entonces lo huelo.

Antes de oírlo. Antes incluso de verlo.

Marcus.

Su olor viene cargado de prisa contenida, de cálculo… y de algo más raro. Algo que no debería estar ahí.

Temor.

No por él.

Por mí.

—Respira.

Su voz llega cuando ya está cerca. No irrumpe; se coloca, como siempre ha sabido hacerlo.

—Mírame.

No levanto la cabeza.

—Abel.

Hay algo distinto en su tono. No ironía. No desafío. No reproche. Solo miedo contenido.

—Vuelve —dice—. Ahora.

Alzo la vista despacio.

Marcus se ha detenido a unos metros. No invade el espacio. No se acerca más de lo necesario. Me observa como se observa a un animal que conoces demasiado bien… y que hoy no reconoces del todo.

—¿Desde cuándo das órdenes en mi claro? —pregunto, con una sonrisa que no llega a ningún sitio.

—Desde que hueles a frontera.

La sonrisa se me borra.

—No es asunto tuyo.

Marcus da un paso. Solo uno.

—Lo es cuando el alfa Umbrose está a medio latido de perder la forma.

Da otro paso.

Demasiado.

Mi cuerpo responde antes que yo.

No pienso.

No decido.

La sombra bajo mis pies se estira como si hubiera estado esperando permiso. El aire se vuelve denso a mi alrededor. El bosque baja el volumen, atento.

—Abel —dice Marcus, tenso—. No avances.

Pero ya estoy avanzando.

No rápido.

No agresivo.

Inevitable.

—No me toques —gruño.

Mi voz no es solo mía.

El lobo empuja contra la piel con una fuerza que me hace arquear la espalda. Siento los dedos clavarse en la tierra, algo dentro buscando espacio. Los colmillos rozan la encía. Aún no salen.

Marcus se detiene.

No retrocede.

Pero su pulso cambia. Lo huelo.

—Estás cruzando una línea —advierte.

—NO —respondo, pero la palabra sale rota, doblada—. Estoy intentando no romperla.

El tirón regresa, más fuerte.

Hacia la frontera.

Hacia ella.

Y por primera vez no lo freno del todo.

Doy otro paso.

La sombra se adelanta medio segundo a mi cuerpo.

Eso basta.

Marcus reacciona. No con miedo, sino con decisión. Se interpone.

Durante un latido entero, no sé si sigo siendo yo quien mide la distancia.

Me empuja con el hombro, seco, directo al pecho.

—VUELVE —ordena—. AHORA.

El impacto me hace retroceder… y algo dentro de mí responde como Umbrose.

No lo pienso.

Mi brazo se mueve.

Demasiado rápido.

No es un golpe limpio ni técnico. Es un empujón brutal, cargado de fuerza mal contenida, que lo lanza contra un tronco. El sonido es seco. Hueso contra madera.

El mundo se detiene.

Yo también.

—Marcus… —respiro, horrorizado.

Pero él ya se está incorporando.

Sangre en el labio.

Los ojos encendidos.

Y algo más.

Aceptación.

—Ya está —dice, con una voz de hierro—. Hasta aquí.

Da dos pasos. Me mira de frente.

Y me golpea.

Un solo puñetazo. Perfecto. Directo al pómulo. No para hacerme daño, sino para romper la inercia.

La cabeza me gira. El suelo sube. El aire se va.

Caigo de rodillas.

El lobo se repliega un instante, desconcertado.

Y el vínculo estalla.

No en mí.

En ella.

Un golpe emocional me atraviesa el pecho como una réplica: miedo, confusión, un ahogo que no es mío.

Eso me devuelve del todo.

Me llevo la mano a la cara, jadeando. Luego al pómulo. La piel arde. No es el golpe lo que duele.

Es lo que evitó.

Respiro hondo.

—¿Sabes lo que acabas de hacer? —pregunto sin alzar la voz.

Marcus no se mueve. No se justifica. No baja la mirada.

—Sí.

Aprieto los dedos contra la tierra.

—¿Sabes lo que implica tocar a un alfa Umbrose?

Da un paso más cerca. No desafía. Se queda a mi altura.

—Lo sé.

—¿Sabes que puedo destrozarte?




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