Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 7. LIZ

Me despierto antes de que suene la alarma. No es un despertar limpio. Es brusco, como si algo me hubiera empujado desde dentro antes de que el cuerpo estuviera preparado. Abro los ojos y el techo está ahí: demasiado cerca, demasiado blanco, demasiado despierto para la hora que es.

No me siento descansada. Tampoco agotada del todo. Me siento… en alerta. Como si durante la noche algo se hubiera movido y yo hubiera llegado tarde a entenderlo.

Hay una presión bajo el esternón. No duele. No arde. Pero ocupa espacio. Como si algo que no conozco hubiera decidido instalarse justo donde siempre he tenido hueco.

—Genial —murmuro—. Empezamos fuertes.

Me quedo un rato quieta, intentando decidir si he dormido o si solo he estado tumbada con la mente a medio gas. No recuerdo sueños. Ni imágenes. Nada que pueda señalar con el dedo y decir esto.

Y aun así tengo la sensación incómoda de que algo ha pasado sin mí.

Me levanto con torpeza. Tropiezo con la zapatilla en el pasillo. El golpe seco contra el suelo me devuelve al cuerpo.

Bien. Esto sí es mío.

En la cocina pongo el café con movimientos automáticos y me apoyo en la encimera. El silencio no es cómodo esta mañana. Está lleno. Como una habitación en la que alguien acaba de salir y todavía queda su calor en el aire.

—No empieces —me digo—. No hoy.

Busco explicaciones rápidas. Ansiedad. Falta de sueño. Hambre. Cualquier cosa que no implique escuchar demasiado.

El café hierve. Me sirvo con prisa, me quemo. Aprieto los labios. Respiro hondo.

Perfecto.

Reviso el móvil. Mensajes, notificaciones, el mundo funcionando con una naturalidad insultante. Me visto sin pensar. El cuerpo sabe hacerlo mejor que yo.

En el espejo veo a alguien que cumple: ropa cómoda, cara normal, nada fuera de lugar. Por dentro, en cambio, todo está ligeramente desplazado, como muebles movidos en una casa que no recuerdo haber ordenado así.

—Hoy vas a estar bien —me digo—. O al menos vas a parecerlo.

Salgo.

Con esa mentira amable me lanzo al día.

He quedado con mis amigos antes de que cada uno siga con su rutina. No sé por qué acepto estas cosas cuando lo que quiero es desaparecer un rato, pero si rechazo demasiados planes empiezan a buscar explicaciones que no tengo ganas de dar.

Los encuentro en una mesa redonda del bar. Sara agita las manos explicando algo, Dani ríe sin sonido, y Laura revisa el móvil con esa cara suya de multitarea emocional.

—¡Buenos días! —digo, intentando sonar viva.

—¡Liiiiiz! —canta Sara—. Apuesto a que hoy dudaste si venir.

—¿Por qué iba a cancelar? —respondo, sabiendo perfectamente que sí: hoy podría haber cancelado sin problema.

Dani me mira con esa expresión de te conozco más de lo que te gustaría.

—Porque estás en modo avión desde hace semanas. Tendríamos que reiniciarte.

—Estoy bien —respondo por reflejo.

—Claro —dice Laura, sin levantar la vista.

Me siento entre Sara y Dani y cojo la carta solo por tener algo que hacer con las manos.

—Solo estoy cansada —añado—. Pienso demasiado y duermo poco. Esa mezcla maravillosa.

—Pensar demasiado no cuenta como actividad física —dice Sara.

—Para mí sí.

Pedimos cafés, tostadas y conversaciones fáciles. Ellos hablan de trabajos, parejas, planes que cuestan dinero y organización.

Yo sonrío, asiento, improviso bromas para mantenerme dentro del flujo.

Y durante un rato… funciona.

Hablo. Sonrío. Respondo a tiempo.

Pero cada vez que hay un silencio breve —una pausa mínima entre frases, un segundo sin risas— la presión vuelve. No como ansiedad. No como miedo. Como una presencia que no empuja, pero tampoco se va.

No es mía.

O al menos no la reconozco como tal.

Sigo sonriendo. Sigo asintiendo. Sigo colocando respuestas donde toca, como quien ha aprendido una coreografía que ya no siente en el cuerpo pero recuerda de memoria.

Y entonces me doy cuenta de algo que me incomoda más que la presión en el pecho: estoy copiando gestos. El ritmo de las risas. El tono exacto que se espera de mí. No lo pienso. Me sale solo.

¿Desde cuándo hago esto tan bien?

—Liz —dice Dani, llamándome por mi nombre como si fuera una cuerda que tira de mí—. ¿Te has ido?

Parpadeo. Ajusto la expresión antes de hablar.

—No. Estoy aquí.

Y es verdad. Más o menos.

Vuelvo a entrar en la conversación sin dificultad. Aporto un comentario en el momento justo. Sara se ríe, Dani asiente. Todo funciona.

Funciona demasiado.

No me siento triste, ni ansiosa, ni especialmente mal. Me siento desplazada. Como si el mundo estuviera ocurriendo medio paso a la izquierda de donde yo estoy.




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