No debería estar despierto.No con el cuerpo entumecido como si hubiera pasado la noche peleando.
No con el pómulo aún sensible donde Marcus me golpeó ayer.
No con esta quemazón bajo el esternón que se despierta antes que yo.
Abro los ojos de golpe. El aire entra frío, demasiado rápido. Mis manos ya están en puños. Mi respiración no me obedece.
Intento incorporarme, pero el tirón en el pecho me dobla un segundo.
El mismo tirón que ayer casi me arrastra fuera del bosque.
El mismo que provocó que Marcus me enfrentara como si quisiera salvarme a la fuerza.
El lobo está despierto también.
Demasiado despierto.
Ya no puedes ignorarlo.
—Cállate —susurro, frotándome la cara.
Pero su voz no se va.
La siento en la nuca, en los dientes, en el pulso.
Salgo al exterior.
El aire del amanecer debería centrarme.
No lo hace.
Todo está afilado: el viento, los sonidos, la luz filtrándose entre hojas.
Y debajo de todo eso, ella.
Siempre ella.
Un latido ajeno intenta sincronizarse con el mío.
Mi pecho se aprieta.
Mi respiración falla.
—No vas a arrastrarme otra vez —murmuro, presionando mi esternón.
Pero el tirón sigue, obstinado.
Sabes de dónde viene.
Mi cuerpo tiembla. Yo, que nunca tiemblo. Yo, que controlé a mi lobo incluso cuando era más bestia que hombre. Hoy siento que voy a romperme por la mitad.
Escucho un crujido detrás de mí.
Marcus.
Lo huelo antes de girarme. Lo oigo antes de que pise la mitad de las ramas. Y mi cuerpo se tensa aún más.
Ayer me empujó. Ayer me golpeó. Ayer cruzó un límite que nadie cruza con su alfa.
Y aun así…
vino.
El lobo gruñe bajo mi piel, inquieto por el recuerdo del golpe.
Marcus baja la voz, sin dejar de avanzar.
—No vengo a provocarte, Abel. Ayer… —hace una pausa— ayer tenía miedo.
Eso detiene mi respiración.
—¿Miedo de qué? —pregunto, más áspero de lo que pretendo.
—De perderte —dice, sin rodeos.
Esas tres palabras me descolocan más que cualquier tirón del vínculo.
Mi pecho vibra. El lobo se estira, cómodo ante la verdad ajena.
Él te quiere vivo. No lo rechaces.
—No necesito tu… — empiezo a decir.
—Sí —me corta Marcus, acercándose hasta quedar frente a mí—. Sí lo haces. Porque estás al límite y no me estás dejando ayudarte. Y, Abel… —baja la voz, firme— no puedo mirarte romperte y quedarme quieto.
Mi garganta se cierra.
—No estoy roto.
—Entonces mírame a los ojos y dímelo —dice.
Lo intento.
De verdad que lo intento. Pero mi mirada se desvia, mi pecho se sacude, mis manos tiemblan. El tirón vuelve, más fuerte.
Ella.
Marcus lo nota. Lo siente. Lo huele.
— ¿Quien es ella? —pregunta, con una mezcla de rabia y compasión. Trago saliva. El lobo empuja.
Tú lo sabes. Él también.
—Marcus… —susurro, agotado.
—Dímelo —insiste, y esta vez no hay desafío, solo desesperación—. Confía en mí por una maldita vez. No te estoy pidiendo que seas débil. Te estoy pidiendo que no te mueras solo con esto.
Mis piernas ceden un centímetro. Solo un centímetro. Pero suficiente para que Marcus dé un paso adelante y me agarre del brazo antes de que caiga.
—Abel —dice en un susurro áspero—. No puedo ayudarte si no me dejas entrar. No puedo protegerte si sigues luchando contra tu sombra, contra tu lobo, contra ella, contra todo.
Mi cuello tiembla. Él sostiene mi peso sin esfuerzo. El lobo respira hondo dentro de mí.
Confía. Él no es enemigo.
Yo cierro los ojos. Porque ya no puedo fingir que estoy bien. Ni siquiera puedo fingir que sigo al mando.
Y finalmente… cedo. Solo un milímetro. Pero cedo.
Marcus siente el cambio y su agarre se vuelve más firme.
—Eso es —susurra—. Estoy aquí. No tienes que aguantarlo solo.
Y ese simple “no solo” me rompe más que cualquier puñetazo.
Marcus sigue mirándome como si el mundo entero dependiera de lo que diga a continuación. Su respiración es tensa, su postura firme, y aun así… hay un miedo en sus ojos que nunca había visto dirigido a mí.
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Editado: 03.01.2026