Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 9. LIZ

Voy al baño y me miro al espejo. La luz me hace parecer más humana de lo normal. Ni rastro de las ojeras que colecciono desde hace meses. Los ojos… brillan distinto, como si hubiera llorado antes de despertarme. Y no lo recuerdo.

Me acerco más. Mi cuerpo lo sabe antes que yo. Es una mezcla entre anhelo y tristeza contenida, como si alguien estuviera intentando no sentir demasiado y aun así se le escapara un poco.

La sensación se desliza por mi pecho y me obliga a quedarme quieta. Me froto la zona, despacio.

—¿Qué es esto…? —susurro.

Me quedo ahí sentada, con la mano en el corazón, esperando que pase… pero sabiendo que hoy, justo hoy, algo en mí se ha despertado con otro pulso que no es el mío. Pero no pasa.

Al contrario.

Una segunda oleada llega sin avisar: más cálida, más profunda, como una caricia que se desliza por dentro de mis costillas. Me eriza los brazos, me obliga a cerrar los ojos.

No sé qué me está pasando, pero no me siento sola. Eso es lo que me desconcierta de verdad. Yo siempre tengo ese hueco, ese silencio frío que parece parte de mi inventario emocional.

Hoy no. Hoy siento… compañía. Un “estoy”, suave, casi como un pensamiento que no es mío.

Y entonces me descubro sonriendo. Sonriendo como si el aire me hubiera contado un secreto. Me doy un golpecito en la mejilla.

—Vale, para. No te enamores de la gravedad —murmuro.

Pero el cuerpo no coopera. Hay un calor encendido justo en el esternón, algo nuevo y viejo al mismo tiempo, como si hubiera despertado un músculo que no recordaba tener.

Me levanto para distraerme. Recojo el plato, abro la ventana, dejo entrar el aire. Error. La brisa me trae otra sensación, más intensa, más clara, más… dirigida.

No es una emoción.

Es un mensaje.

Ven.

Mi respiración se corta.

—¿Perdón? —susurro.

El pecho late con fuerza, como si hubiera reconocido algo antes que yo. Me quedo quieta unos segundos más, como si el aire esperara que yo hiciera algo. No lo hago. Cojo las llaves y salgo.

Llego al museo con la esperanza de que la rutina me ancle, pero hoy no. Entro por la puerta de personal con la sensación de que mis emociones están conectadas a un servidor externo que manda señales en idiomas que no conozco.

Dejo la mochila en la taquilla. Respiro hondo. Mala idea: el pulso que llevo dentro responde como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible.

Maya me mira al pasar.

—Buenos días… ¿estás bien?

La pregunta del mes.

—Estoy… viva. De momento —respondo.

Ella me observa como si buscara un glitch en mi cara.

—Llevas una vibración rarísima.

—¿Qué soy, una lavadora? —intento bromear.

Pero antes de que pueda seguir andando, llega la primera oleada. Un calor que no quema desde fuera, sino desde dentro. Como si algo enorme se hubiese movido bajo mi esternón. Me agarro a una vitrina para no perder el equilibrio.

—¿Te mareas? —pregunta Maya.

—No. Sí. No sé. Estoy en modo montaña rusa emocional —respondo.

Ella ríe, pero la risa se le corta cuando veo la segunda oleada asomar. No es calor. No es caricia. Es un latido. Un golpe emocional que no proviene de mí. Me llega como una presión contenida: rabia, tensión, algo parecido a culpa, fuerza que no entiendo. Siento las rodillas aflojarse.

Maya frunce el ceño.

—Siéntate ya.

—Estoy bien —miento con más torpeza que nunca.

Camino hacia la siguiente sala intentando mantener una dignidad que ya no tengo, pero entonces llega la oleada más fuerte. No puedo moverme. Es un latido enorme, una emoción que me deja sin aire. Dolor. Anhelo. Protección. Furia sostenida. Todo junto. Todo a la vez. Todo desde un lugar que no es mío.

Me aferro a la barandilla del pasillo, con la mente gritando que estoy perdiendo la cabeza… y el cuerpo diciendo justo lo contrario: alguien me está sintiendo.

Un escalofrío me recorre entera.

Y por primera vez, lo digo en voz baja, sabiendo que suena absurdo:

—¿Quién eres?

El aire no responde.

Pero el pulso sí.

Cálido.

Profundo.

Inconfundible.

Una presencia que no puedo ver. Un eco que no puedo negar. Algo —alguien— me ha encontrado. Como si alguien, en algún lugar, hubiera levantado la cabeza justo cuando he preguntado en voz baja quién es.

Salgo del museo arrastrando esa sensación pegada a la piel, como si hubiera pasado el día entero negociando con emociones que no me pertenecen. Todo el mundo a mi alrededor parece tener su propio ritmo, su propio conjunto de problemas normales. Yo debería encajar ahí. Caminar, respirar, seguir. Pero no estoy alineada con nada.

Las luces parpadean.

Los coches pasan.

La vida sigue sin mí.

Las emociones ajenas siguen moviéndose dentro de mi pecho como si tuvieran permiso para tocarlo todo.

Camino hacia la parada del bus contando mis pasos para no venir abajo. Uno, dos, tres… Y entonces me atraviesa una vibración suave, cálida, desde la nuca hasta la planta de los pies. No es susto. No es frío. Es un susurro directo al oído sin usar aire.

Me quedo quieta.

Nada a mi alrededor cambia.No hay nadie mirándome.No hay señales raras. Pero siento algo dentro de mí como un “estoy aquí”. Una pulsación firme, reconocible, que no me pertenece.

Luego, el tirón.

No es un empujón ni un jalón literal. Es una llamada. Una invitación. Una mano invisible tendida hacia mí desde un lugar que no sabría señalar en un mapa. Doy un paso hacia adelante sin pensarlo.

—Ah, no. No voy a seguir señales paranormales —susurro, intentando fingir dignidad.

Mi cuerpo hace como que no me oye.

La calle lateral, la que nunca tomo, de repente pesa más, como si el aire se inclinara hacia allí. Inhalo para recuperarme… y el calor que entra con el aire me derrite la resistencia.

Ven.

No suena. Se siente.

Mi corazón late profundo, lento, como si intentara acompasarse con otro ritmo que no es suyo. Me apoyo en un poste. Cierro los ojos. Y ahí está: la presencia. No pegada a mi espalda, ni escondida en alguna esquina. Está más cerca. Como si viviera dentro del pecho, justo detrás del hueso.




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