Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 10. ABEL

Despierto antes de que el sol termine de levantar la cabeza sobre el bosque.

No sé si decir despierto es correcto.

Mi cuerpo lo está.

Mi mente… sigue en algún lugar donde no debería haber estado.

Sigo en forma de lobo.

La tierra bajo mi costado está fría, pero no me importa. El amanecer trae olor a pino, humedad, raíces… y algo más. Algo cálido que no pertenece a este lugar.

Ella.

No la pienso. Me respira dentro.

Me incorporo despacio. No hay temblor. No hay urgencia. No hay esa necesidad salvaje de romper el mundo para alcanzarla. Todo en mí está quieto.

No vacío.

Lleno.

Como si alguien hubiera estado apoyado contra mi pecho y se hubiera ido justo antes de que abriera los ojos.

Entonces el recuerdo me atraviesa.

Ese bosque que no era este.

La luz suave.

Su mano en mi lomo.

Su cabeza apoyada sobre mí con una confianza que no merezco.

Y después… yo.

El hombre.

El que nunca debería aparecer en sueños ajenos.

Su calor todavía me roza como si hubiera dormido pegada a mí. Su olor es más nítido que cualquier recuerdo. Y entonces pasa algo que jamás admití que podría pasarme.

Sonrío.

Una sonrisa leve, estúpida, suave. No la controlo.

El lobo se mueve dentro de mí, burlón.

Así te recuerdo yo, Abel.

Ella te hace sonreír.

Gruño bajo, solo para disimular.

—Cállate —mascullo.

Pero incluso a mí me suena sin fuerza.

Respiro hondo. El aire trae un eco dulce, no su aroma real, pero algo parecido. Como si el sueño hubiera dejado una huella en mi piel.

No fue solo un sueño.

— Lo sé

Lo sé con la misma claridad con la que reconozco mi territorio.

Estuvo contigo, dice el lobo sin violencia. Te tocó. Nos tocó.

—No fue real —susurro.

Sí lo fue.

No en el mundo que miras con estos ojos.

En el que sientes con el otro.

Mi respiración tropieza.

Porque tiene razón.

Y porque eso me asusta más que perder el control.

Me pongo en pie y camino hacia la cabaña mientras la transformación llega despacio. El bosque despierta, pero nada suena tan vivo como este hilo cálido colgando de mi pecho, como si ella hubiera dejado la mano ahí.

—No tiene sentido —digo—. No la conozco. No sabe quién soy. No sabe lo que soy.

El lobo se acerca dentro de mí, seguro.

Y aun así te encontró.

Eso me detiene.

En el sueño —si fue un sueño— no huyó.

No tembló.

No se escondió.

Me abrazó como si llevara esperándome toda su vida.

Y yo…

yo correspondí.

—No puedo con esto —admito en voz baja—. No puedo sostenerlo si no sé qué significa.

El vínculo ha despertado.

Aprieto la mandíbula.

No quiero ese destino.

No ahora.

No así.

—Lo peor —susurro— es que no estoy seguro de querer seguir resistiéndome.

El lobo no se burla.

Ella te calmó.

Te tocó el alma antes que el cuerpo.

Eso no se rompe, Abel. Se reconoce.

Cierro los ojos. Su respiración vuelve. Su mano. Su calor.

Y mi sonrisa regresa. Más pequeña. Más triste.

—Me da miedo —confieso—. Soy Abel Umbrose. Un alfa. Un Umbrose.

Ella me hace temblar sin saber quién soy.

Quizá por eso, responde él. Porque nunca te han visto. Ella sí.

El amanecer termina de romper entre los árboles, pero yo ya no estoy despierto por la luz. Estoy despierto por ella.

Llego a la cabaña con el pulso estable. No por control. Porque ella dejó esa calma en mí.

Entonces, un ruido seco rompe la quietud.

La puerta se abre sin permiso.

—¿Dónde coño estabas? —escupe.

No aparto la mirada.

—Me perdí.

Marcus frunce el ceño.

—¿Y ahora estás… calmado?

Asiento.

Calmado.

Sí.

Pero no gracias a mí.

Da un paso más, analizándome.

—La manada sintió tu caída —dice—. Todos.

La culpa me golpea, seca, conocida.

—Abel… —su voz baja— ¿qué te hizo?

Cierro los ojos un segundo. No tengo palabras. Solo ese aroma dulce clavado en el pecho.

—Nada —digo—. No me hizo nada.

Marcus niega, incrédulo.

—Hueles distinto. Tu aura está cambiando.

El lobo murmura dentro, firme:

Ella.

Marcus se queda inmóvil.

—No —susurra—. No puede ser.

—Estuvo conmigo —digo—. Dentro de un sueño.

El miedo cruza su rostro sin permiso.

—¿Qué ha pasado?

Me acerco despacio.

—Me sostuvo.

Marcus retrocede un paso.

—Eso es peligroso, Abel.

—Lo sé.

Su voz se quiebra.

—¿Cómo protejo a mi alfa de algo así?

No lo miro.

—No puedes.

El silencio cae pesado.

—Tengo miedo —dice—. Y no de ti. De ella.

Trago saliva.

—Yo también tengo miedo —respondo—. Pero no puedo dejar de sentirla.

Marcus me mira como a un hermano, no como a un alfa.

—¿Qué estás haciendo, Abel?

—No lo sé.

—Entonces dime qué pasó anoche. Todo.

Asiento.

—Me reconoció —confieso—. Sin saber quién soy. Sin ver mi rostro.

Marcus palidece.

—Se acercó —continúo—. Me tocó. No tuvo miedo.

—Eso no es real…

—Lo fue.

—¿Y qué sentiste?

La palabra sale sola.

—Hogar.

Marcus se quiebra.

—Eso no es bueno —susurra.

—Lo sé.

Me dejo caer en el banco, exhausto.

—Marcus… no tengo miedo del vínculo.

Ni de profecías.

Ni de ella.

Él frunce el ceño.

—¿Entonces de qué?

Levanto la mirada.

—De mí.

El silencio se espesa.

—No me fío de mi control —continúo—. No sé qué soy cuando siento demasiado. No sé si podría asustarla. O dañarla.




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