Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 11. LIZ

Salgo del museo con una calma que me sorprende. Una calma que me ha acompañado durante todo el día, tibia, como si todavía llevara pegado en la piel el calor del claro donde últimamente sueño cada noche. El lobo. Su respiración. Ese espacio donde todo en mí encaja, aunque no sepa por qué. Camino con esa sensación todavía viva en el pecho, como si algo me sostuviera desde dentro. Es extraña esta luz. No es mía… pero me gusta.

Y entonces escucho mi nombre:

—Liz.

La calma se quiebra como si alguien hubiese apagado una lámpara desde fuera. No necesito girarme. Mi cuerpo lo reconoce antes que mi cabeza. Ese pequeño tirón en la nuca, esa tensión automática…

Luca.

Me doy la vuelta despacio, casi a desgana, como si pudiera retrasar lo inevitable con medio segundo de aire.

Ahí está. Perfecto, impecable, como si la culpa nunca le hubiese rozado. Y yo, por dentro, siento cómo algo se encoge. La luz cálida del sueño se apaga justo debajo del esternón, como si no pudiera coexistir con él.

—Sigues aquí —dice, como quien señala una mancha. Hace un gesto con la cabeza refiriéndose al museo.

Su tono siempre fue así. Medido. Sutilmente hiriente. La clase de voz que me hacía dudar de mí incluso cuando tenía razón. Intento sonreír. No me sale.

—Acabo de salir —digo, aunque lo que realmente pienso es: “¿Por qué ahora? ¿Por qué hoy, cuando por fin respiraba?”

Él me mira de arriba abajo, lento, como si buscara algo roto en mí. Algo que confirme su versión de nuestra historia. Esa mirada siempre me desarmó. Ahora… me incomoda. Pero aún duele.

—Pensé que ya habrías hecho… no sé… otra cosa —dice.

Y esa pausa es otra vieja conocida. Esa pausa que rellena con mis inseguridades. Mi interior murmura una protesta pequeña. Una voz baja, casi infantil: “No me apagues”

—Estoy bien aquí —respondo, más suave de lo que quería.

Luca asiente, pero no es un gesto amable. Es cálculo.

—Tú siempre dices eso —murmura, y su frase me cae justo en el pecho, allí donde esta mañana sentía calma.

Me arde un poco. Como si me tocara una herida que estaba cicatrizando. Trago saliva y desvío la mirada un segundo. A veces basta oírlo para que todo vuelva: la confusión, la culpa, esa sensación de no haber sido suficiente.

“El claro no existe, Liz. El lobo no existe. Nadie te sostiene cuando él aparece.” La voz en mi cabeza es suya. O mía, entrenada por él.

—Te fuiste sin hablar —continúa—. Sin explicaciones. Después de todo lo que vivimos.

Mi estómago se cierra. El recuerdo entra sin permiso: la noche en que descubrí su mentira, la otra mujer, el silencio, la traición que me fracturó de una forma que aún no sé poner en palabras.

Me quedo quieta. La calma del sueño, esa que me había acompañado todo el día, intenta volver, como un eco suave. Pero Luca pisa justo encima.

Y aunque no dejo caer ninguna lágrima todavía… las siento temblar detrás de los ojos.

“Respira, Liz.

Aguanta.

No dejes que él apague lo que el lobo encendió.”

Pero me cuesta. Duele. Duele como siempre.

—Te fuiste Liz, sin explicaciones —insiste Luca, como si esa frase fuera una soga que quisiera volver a atarme—. Después de siete años, desapareciste. Huiste de mí como si nada.

Su voz entra en mí como una aguja fría. Y aun así, debajo del dolor, debajo del temblor… algo se enciende. Algo que no es mío. Empieza como un calor en la base del pecho. Una vibración áspera, sin paciencia. Una fuerza que empuja, que no busca consolar ni sostener: quiere salir.

Luca sigue hablando, sin darse cuenta de que algo en mí está cambiando.

—No huí —murmuro, pero mi voz ya no es la misma. Suena tensa. Aferrada a algo que no sé nombrar—. Me mentiste.

Luca hace un gesto leve, casi aburrido.

—Hablas como si lo nuestro se hubiera roto sólo por eso —dice—. Pero tú sabes que estabas… mal. Que yo tenía que cargar con todo. Que te aferrabas tanto que ahogabas. Yo tenía que mantener toda la relación, necesitaba un descanso, no puedes culpabilizarme a mí de todo eso, no fue mi culpa, fuiste tú y tus dramas.

El dolor me aprieta el corazón. Y justo ahí la rabia estalla. No hacia fuera. Hacia dentro. Un latido caliente me golpea el esternón. Otro más, más fuerte. Un ritmo que no es el mío. La rabia de alguien más.

No lo sé, no lo entiendo, pero lo siento. Una furia antigua, violenta, enorme, que se abre paso por mi pecho sin suavidad. No viene a sostenerme… viene a rugir dentro de mí, como si su alma hubiera encontrado una grieta para entrar y arder.

Mis hombros se tensan. El aire me sabe a metal caliente. La mirada de Luca se vuelve más clara.

Mi visión tiembla. Me duele. Me quema. Y entonces pasa. La rabia ajena se alza como un animal. Empuja mis palabras. Me obliga a hablar.

—Deja de hablarme así. — Apreto con furia los dientes. Mi expresión se endurece.

Luca parpadea, sorprendido por el cambio en mi tono.

—No sabes lo que dices —responde, ya molesto—. Aún no lo has superado. Y te conozco. Te vas a quedar sola. Siempre te quedas sola. Nadie puede soportarte, no encanjas en ningún lugar…

—CÁ-LLA-TE.— escupo lentamente.

Por primera vez lo veo dudar. Mi pecho arde. No de llanto. No de tristeza.

De fuego.

Un fuego que no sé manejar. Un fuego que no es humano. Un fuego que parece querer atravesarme para salir, una rabia que me llena, me sobresatura, me empuja hacia adelante. No me calma. No me protege. Me enciende.

—Me engañaste —digo, furiosa—. Y aun así, sigues aquí diciéndome que el problema soy yo. Sigues actuando como si tu traición fuera poca cosa. Como si yo tuviera que perdonarte para demostrar que soy adulta.

Él aprieta los labios, como listo para defenderse. Yo sigo, incapaz de detener la fuerza que me atraviesa:

—Tuviste una amante. Me mentiste durante meses. Me mirabas a los ojos mientras te ibas con ella. ¿Y ahora vienes a decirme que soy difícil de querer? ¿Que nadie se va a quedar conmigo? ¿Tú? No vuelvas a hablarme —susurro, con la voz temblando por la fuerza que contiene—. No vuelvas a tocar lo que no es tuyo. No vuelvas a decir mi nombre como si aún tuvieras derecho — Me voy déjandolo a mi espalda.




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