La puerta del bar se cierra detrás de ella. No da un portazo. No corre. No mira atrás. Simplemente… desaparece.
Y aun así, lo siento como si me arrancaran algo del pecho.
El olor de ella —ese aroma cálido, suave, imposible de clasificar en ningún registro humano— se aleja entre la multitud, difuminándose como un hilo que alguien corta sin avisar.
Y cuando desaparece del todo, mi pecho se vacía de golpe.
No de forma poética. Brutal. Quirúrgica.
Como si su ausencia fuera un hueco exacto, hecho a medida, que ahora no sabe llenarse con nada más.
El lobo ruge por dentro, un sonido grave, contenido, que se mete entre mis costillas como un puñal.
No debía irse. Aprieto la mandíbula. No puedo discutirle. No puedo discutir nada ahora mismo. Mi respiración está hecha pedazos. Mis manos también.
Y lo peor es que… lo entiendo. Entiendo por qué me ha echado. Yo fui el primero en acercarme. Yo me arriesgué.
Ella estaba en llamas, quebrada por dentro y por fuera. Y yo… yo ardía con ella. No debí mirarla así. No debí dejar que mi rabia la tocara. No debí permitirme sentirla tan cerca.
¿Acercarme más? ¿Para qué? ¿Para romperla sin querer?
No sé acercarme a un humano sin dañarlo. Nunca he sabido. Y ella… ella me ha reconocido sin saberlo. Eso es lo que más me aterra.
¿Quieres que vaya a buscarla? pregunta el lobo dentro de mí, con una calma que me revienta.
—No —respondo en voz baja. No puedo perseguirla. No puedo seguirla como si fuera mía. Aunque todo en mí lo esté gritando.
Doy un paso hacia la puerta. Solo uno. Y me detengo.
No. Así no. No puedo acercarme a ella sin saber cómo no destruirla. Y ahora mismo no sé nada.
Solo sé que verla marcharse duele como si me estuviera partiendo en dos. Y entonces escucho una carcajada a mis espaldas.
—Bueno, bueno, bueno… —dice al fin, cruzándose de brazos—. Ya sabía que había una ella. Pero no sabía que esa ella iba a dejarte plantado como a un novato.
Mi mandíbula se tensa. El lobo se revuelve. Yo intento no arrancarle la sonrisa de golpe. Marcus levanta las cejas, divertido. Demasiado divertido.
—Perdona, Umbrose, pero… ¿qué demonios ha pasado ahí? Te ha mirado como si fueras una silla rota.
Aprieto los dientes. Mi voz sale baja, tensa, peligrosa:
—No es asunto tuyo.
Marcus se ríe. De verdad. Sin vergüenza. Sin miedo.
—Venga ya, Abel. Has pasado semanas oliendo a destino, gruñendo por los rincones como si un dios antiguo te hubiera mordido el alma… y ahora resulta que tu predestinada te dice “no me hables” y tú… ¿te deshaces?
La palabra predestinada golpea más fuerte de lo que debería. Mi lobo gruñe por dentro: Cállalo.
Marcus lo siente, pero no retrocede.
—No me mires así —dice—.¿Quieres que finja que no lo he visto? Ese gesto tuyo cuando ella ha salido del bar… Abel, parecía que te habían arrancado los pulmones.
Mi pecho se contrae. Porque es verdad. Porque la sensación fue exactamente esa: como si algo que era mío desde antes de entenderlo se hubiera alejado sin saber que lo estaba haciendo.
—No la esperabas así, ¿eh? —continúa Marcus, inclinándose un poco hacia mí— Una humana. Pequeña. Harta. Mirándote como si fueras… un problema más en su día.
Me arde la nuca. El lobo se queja, molesto, herido. Yo no debería sentir esto. No por una humana. No por nadie. Marcus ladea la cabeza, ahora más serio.
—¿Y entonces? ¿Vas a decirme por qué la calma que te dejó anoche se convirtió hoy en furia pura? Porque cuando has entrado por esa puerta, Abel… tú ardías.
Trago saliva. Mi garganta está seca. Sí. Ardía. Por ella. Por su dolor. Por algo que desconozco pero que la rompió por dentro, lo sentí, sentí como se rompió y eso hizo que mi furia se despertará. Por una furia que no nació en mí… pero que yo amplifiqué.
Marcus se acerca un paso, bajando la voz.
—¿La sentiste, verdad?
Mi respiración falla. Solo un segundo. Suficiente. Marcus asiente, como si ese microgesto confirmara el peor de sus temores.
—Claro. Lo sabía. No sólo olías a ella… emanabas su emoción. Su rabia. Su dolor. Como si fuera tuyo.
Y lo era. Lo sentí así. Exactamente así. Mi voz sale más áspera de lo que quiero:
—No sé cómo acercarme a ella.
Marcus frunce el ceño, sorprendido.
—¿Tú? ¿El alfa que nunca ha respetado a los humanos? ¿El que siempre ha dicho que son frágiles, impredecibles, un peligro para nuestra especie?
Bajo la mirada.
—Sigo pensándolo —admito—.Pero ella… ella no es como pensaba. No sé acercarme sin asustarla. No sé… no sé cómo ser algo que no la rompa.
Marcus me mira largo rato. La burla se apaga. La risa también. Su voz cambia. Se vuelve más baja, más dura, más honesta.
—Entonces empieza por admitir lo obvio, Abel.
Levanto la vista.
— ¿Qué obvio?
Marcus da un paso más cerca. Sus ojos se clavan en los míos.
—Que estás jodidamente perdido. Por ella. Y te asusta más que cualquier enemigo que hayas tenido.
El silencio cae entre nosotros, espeso, inevitable. Y por primera vez en mucho tiempo… no puedo negarlo
Salgo del bar con la mirada baja. La caminata hasta la cabaña es un tormento silencioso.
Cierro la puerta de la cabaña sin esperar respuesta. El silencio que deja atrás es demasiado grande. Demasiado lleno. Demasiado ella
Me dejo caer en la cama sin quitarme ni las botas. No quiero pensar. No quiero sentir. Pero todo sigue ahí: el dolor que no es mío, la rabia que se me metió en los huesos, la humillación de verla apartarse como si yo fuera un desconocido molesto en un bar cualquiera.
Y lo era. Para ella lo era. El pecho me quema. La garganta también. El lobo no dice nada, pero respira conmigo. Resuena conmigo. Como si todavía llevara dentro la energía de su furia. La furia que yo… sin querer, sin poder evitarlo… le transmití. Cierro los ojos solo para descansar un segundo
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Editado: 03.01.2026