Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 13.LIZ

Me despierto antes de que suene la alarma.

Y eso ya es raro.

Lo primero que noto es el silencio. No el de la habitación sino el de mi cabeza.

No hay tormenta.

No hay pensamientos atropellados.

No hay esa urgencia en el pecho que llevo arrastrando desde hace… demasiado.

Solo… calma.

Y eso me inquieta más que cualquier pesadilla.

Después de la rabia de anoche, del llanto que me partió en dos, de sentir que algo dentro de mí se desbordaba sin control… estoy tranquila.

Cansada, sí.

Con el cuerpo blando, pesado, como si hubiera corrido un maratón emocional. Pero tranquila.

Parpadeo.

La luz de la mañana se cuela por la rendija de la cortina.

Mi almohada está húmeda. Los ojos me arden un poco.

Me llevo una mano a la cara y respiro despacio. Me giro de lado, abrazando la sábana sin pensar. Y entonces aparece el recuerdo.

El bosque.

La niebla.

El frío suave.

Y él.

El lobo.

Su pelaje oscuro.

Su respiración profunda.

El calor de su cuerpo sosteniéndome sin pedirme nada.

Sin juzgarme.

Sin decirme que exagero.

Sin pedirme que me calme.

Mi garganta se aprieta.

Por… añoranza.

—¿De verdad soñé otra vez con eso? —susurro, frotándome los ojos.

Sí.

Lo soñé.

Y fue tan real que todavía puedo recordar la textura de su pelaje en los dedos. Como si hubiera dormido abrazada a algo vivo. Como si el dolor que solté anoche no hubiera caído al vacío, sino en un sitio que supo sostenerlo.

Nunca había sentido algo así.

Esa sensación de encajar. De no tener que explicarme. De no estorbar.

Y eso me da un poco de miedo.

Me incorporo despacio y me abrazo las rodillas un momento, como si necesitara comprobar que sigo entera.

No estoy llorando. No me siento rota. Y eso es lo raro.

Estoy… bien.

O algo muy parecido.

Respiro hondo.

El pecho responde con una tibieza constante.

Me llevo la mano a la clavícula, al lugar exacto donde apoyé la cabeza en él.

La piel sigue caliente.

No como un recuerdo.

Como si algo se hubiera quedado ahí, negándose a desaparecer del todo.

Me río sola, bajito.

—Estoy fatal… —murmuro—. Ahora echo de menos a un lobo imaginario.

Genial.

Pero no es mentira.

Lo echo de menos. Echo de menos su presencia silenciosa. La forma en que me dejó romperme sin apartarse. La manera en que… me hizo sentir vista.

Me levanto.

Arrastro los pies hasta la cocina. Abro la ventana y dejo que entre aire frío. Me preparo un café en automático.

Normalmente, a esta hora, mi cabeza ya estaría haciendo inventario de defectos: que si soy un desastre, que si Luca tenía razón, que si nunca encajo, que si siempre acabo sola.

Hoy no.

Hoy mi cerebro está… callado... dormido... de vacaciones.

Y entre sorbo y sorbo, me sorprendo preguntándome en voz baja:

—¿Por qué siento que no dormí sola?

Y aun así, algo en mi cuerpo insiste. No estabas sola anoche. Me froto la frente.

—Liz, céntrate. Era un sueño. Solo un sueño.

Pero el pecho no opina igual.

Siente ese latido suave, constante, como si alguien hubiera dejado una mano invisible ahí… y no terminara de retirarla. Y lo peor es que… me gusta.

Me hace sentir algo que no sentía desde hace mucho... acompañada.

Termino el café.

Me visto.

Me recojo el pelo.

Me pongo la bufanda.

Antes de salir, me miro en el espejo.

Tengo los ojos hinchados, sí.

Pero no me veo derrotada.

Me veo… respirando.

Y eso, honestamente, ya es un milagro.

—Gracias —susurro, sin saber muy bien a quién.

Cierro la puerta detrás de mí.

La cafetería de la esquina huele igual que siempre:

espresso recién molido,

pan dulce,




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