Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 14.ABEL

Abro los ojos despacio. La habitación está en penumbra, como si el amanecer todavía no se hubiera decidido. Y, aun así, mi pecho está… tibio.

Como si alguien hubiera dormido apoyado contra mí toda la noche.

Y entonces lo recuerdo.

El claro.

La niebla.

El peso de un cuerpo humano contra el mío.

Su respiración… por fin tranquila.

Ella.

Su cabeza hundida en mi cuello. Sus dedos en mi pelaje, aferrándose como si ahí el mundo no pudiera romperse. Y una frase que se me quedó dentro como una marca invisible:

“Contigo no tengo miedo.”

Trago saliva, porque el simple hecho de recordarlo me afloja algo que ni sabía que estaba tenso.El lobo se mueve dentro de mí. No ruge. No pelea. Solo… respira. Satisfecho. Orgulloso.

—Lo sé —murmuro, casi sin voz.

Nos eligió, dice él sin decirlo.

Y eso es lo peor.

No que viniera.

No que me abrazara.

No que se calmara conmigo.

Aun así… Mi cuerpo la recuerda.

Me incorporo despacio, apoyando los pies en el suelo. La madera está fría. Mi piel también. Pero por dentro sigo con esa sensación ridícula y preciosa de haber sido… útil. De haber sostenido a alguien sin romperlo.

Respiro hondo.

Y en mitad de ese silencio, una idea se instala con una claridad incómoda, definitiva:

Hoy… voy a volver a acercarme siendo humano. La frase me da vértigo. Me tensa el estómago. Me da un miedo que no encaja con mi nombre ni con mi rango.

Porque como alfa sé qué hacer.

Como lobo sé qué hacer.

Pero como hombre…

No tengo ni idea.

Aun así, me levanto.

Me visto sin pensar demasiado, como si, si me detengo a analizarlo, mi cuerpo se arrepintiera. Me ajusto la chaqueta. Me miro un segundo en el espejo.

La misma cara.

La misma postura.

La misma mirada peligrosa.

Y, sin embargo, por dentro… no.

Por dentro hay algo nuevo. Algo absurdo.

Esperanza.

Me doy la vuelta, agarrando el pomo de la puerta.

Y justo antes de salir, el lobo roza mi mente con una certeza calmada, casi suave:

No la asustes.

Me quedo quieto un segundo.

—No lo haré —respondo en voz baja.

El golpe en la puerta llega antes de que pueda seguir dándole vueltas.

—Abre, imbécil —dice Marcus desde fuera—. Sé que estás despierto. Suspiras como si hubieras perdido una guerra… o ganado algo peor.

Perfecto.

Aprieto la mandíbula y abro. Marcus me mira apenas dos segundos. Dos. Los suficientes para que entienda que ya lo ha notado todo.

—Lo sabía.

—No sabes nada —gruño, dándome la vuelta para que pase.

—Sé que tienes cara de haber hecho algo que salió mal —responde—. Y que aun así repetirías.

No contesto. Camino hasta la mesa, apoyo las manos y respiro hondo. El lobo se remueve, inquieto.

Marcus se apoya en la pared, observándome con atención real por primera vez.

—La encontraste, ¿verdad?

Cierro los ojos un segundo.

—Sí.

Marcus levanta las cejas.

—¿En sueños?

—No —respondo—. En el mundo humano.

Silencio.

Marcus se endereza despacio.

—¿La viste… como hombre?

—Lo intenté —digo—. Y fue un desastre.

Marcus sonríe, expectante.

—Cuéntame.

Exhalo.

—Estaba allí. En un sitio lleno de humanos. Ruido, olores, miradas. Yo intenté… comportarme. No imponerme. No mirarla como si fuera mía.

—Ajá…

—Le hablé —añado—. O eso creo. Dije palabras. Frases sin sentido. Me quedé rígido. No sabía dónde poner las manos. Ni la mirada.

El lobo emite un sonido que se parece peligrosamente a una risa.

Fue patético.

—Cállate —le gruño por dentro.

Marcus ya se está riendo.

—Espera, espera —dice—. ¿El temible Abel Umbrose, alfa del clan de la sombra… reducido a un humano torpe?

—No te rías —gruño—. Fue horrible.

—Oh, me voy a reír —responde—. Mucho.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.