Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 15. LIZ

Tardo unos segundos en entenderlo. El cuarto está en silencio, con esa luz gris de los jueves que no es ni noche ni mañana. El techo es el de siempre. La ventana, la de siempre. Mi respiración también. Y, aun así, algo no encaja.

Llevo una semana soñando con el lobo.

No todos los sueños son iguales, pero siempre hay lo mismo: el claro, la luna, esa presencia inmensa que no da miedo. Nunca me persigue. Nunca se acerca de golpe. Está. Como si supiera que no hace falta más.

Al principio pensé que era una imagen suelta, algo que mi cabeza había decidido reutilizar. Luego dejó de parecerme casual. Y hoy… hoy ha sido distinto.

Porque en el sueño he dicho su nombre.

No lo pensé antes. No fue una decisión. Simplemente ocurrió, como cuando pronuncias algo en voz baja sin darte cuenta de que lo estabas pensando.

—Abel.

La palabra salió clara. Demasiado clara para un sueño.

El lobo se detuvo.

No dio un paso. No gruñó. No cambió de forma.

Pero levantó la cabeza.

Me miró.

Y en ese gesto —mínimo, contenido— sentí algo que me atravesó el pecho como un hilo tenso: la certeza absurda de haber sido escuchada.

No como se escucha un ruido.

Como se escucha a alguien.

Me incorporo en la cama de golpe, con el corazón acelerado y la boca seca.

—Vale… —murmuro—. Vale, Liz. Ya está.

Me paso una mano por la cara. El contacto frío de mis dedos me devuelve al cuarto, al presente, a lo lógico. Los sueños no escuchan. Los nombres en sueños no significan nada. Las coincidencias no son mensajes.

Eso me digo.

Pero el eco se queda.

No del nombre.

De la mirada.

No fue una mirada animal. No fue salvaje. Fue… atental… Y ahora, despierta, eso es lo que más me inquieta.Como si hubiera reconocido algo que no esperaba oír. Me dejo caer de nuevo sobre la almohada, mirando el techo.

—Es jueves —susurro, sin saber por qué.

No pienso en Abel conscientemente. No quiero hacerlo. Me limito a respirar, a dejar que el pulso vuelva a su sitio. Pero hay una sensación nueva, incómoda y curiosa a la vez, que no se va con el aire.

La dejo ahí, flotando, como se dejan las cosas que no tienen explicación todavía.

Y mientras cierro los ojos un segundo más, con el cuerpo ya despierto pero la cabeza aún a medio camino, me doy cuenta de algo inquietante:

no me ha asustado decir su nombre.

Al contrario.

Ha sido como comprobar que encajaba.

El parque está lleno de ruidos pequeños: risas, ruedas sobre grava, un perro que ladra sin convicción. Me siento en el banco de siempre, dejando que el cuerpo se acomode solo.

Entonces lo veo.

Un niño señala hacia arriba con los brazos tensos, a punto de llorar. Un avión rojo atrapado entre las ramas del árbol grande. Abel escucha en silencio, inclinado un poco hacia él, sin prisa.

—Se ha quedado ahí —dice el niño—. Y nadie llega.

Abel levanta la vista, calcula la altura sin exagerarla

—Puedo intentarlo —dice—. Pero no prometo nada.

El niño asiente como si eso fuera suficiente.

Abel se quita la chaqueta, la deja doblada en el banco más cercano y trepa con facilidad. No hay espectáculo. Solo movimiento seguro. Recupera el avión, baja con cuidado y se lo devuelve al niño, agachándose a su altura.

—Los árboles a veces se encariñan —dice, serio—. No les gusta soltar lo que les cae encima.

El niño ríe y sale corriendo.

Yo sonrío sin querer.

Abel se gira entonces y me ve. Se queda quieto un segundo de más, como si no supiera si interrumpir o acercarse. Al final, lo hace.

—Hola —dice.

No hay seguridad en su voz. Tampoco miedo. Es… prudente.

—Hola —respondo.

Se sienta en el banco, dejando un espacio respetuoso entre los dos.

Silencio.

—Es jueves —dice de pronto, como si necesitara comprobarlo.

—Sí —asiento—. Los jueves suelo venir al parque.

—Yo también —responde—. O eso parece.

Se rasca la nuca, incómodo, y no puedo evitar sonreír.

—Qué casualidad —añade—. Jueves. Parque.

—Demasiadas coincidencias para una ciudad tan grande —bromeo, suave.

Abel sonríe apenas. No dice nada más.

Miro hacia el árbol, luego vuelvo a él.

—He visto lo del niño —digo—. Eres amable, Abel.

Parpadea, sorprendido.

—¿Amable?




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