Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 16. ABEL

La noche no cae sobre Umbrose. Se asienta, como todo aquí.

Camino por el borde del claro principal sin prisa. No porque no tenga cosas que hacer, sino porque correr nunca ha sido una buena forma de mandar. El clan me siente antes de verme; ocurre sin esfuerzo, como un ajuste silencioso. Las conversaciones bajan. Algunos cuerpos se recolocan. No hay nervios, pero sí atención.

Umbrose funciona así. No por miedo inmediato, sino por memoria Los lobos se mueven entre las construcciones bajas de madera oscura y piedra volcánica con seguridad contenida. Aquí nadie presume de fuerza. El que lo hace dura poco. Somos el clan de las sombras, el que todos nombran cuando algo se descontrola y nadie más quiere intervenir. No porque seamos más salvajes, sino porque sabemos parar cuando otros solo saben avanzar.

Un lobo joven se cruza en mi camino. Se detiene. Inclina la cabeza. Espera.

—Sigue.

Obedece sin dudar. No hay alivio en su gesto. Tampoco tensión. Normalidad. Eso es lo que busco: que mi presencia no rompa nada, que solo mantenga el orden donde ya existe.

El símbolo del clan preside el centro del claro. La luna negra atravesada por el colmillo plateado. No es un estandarte de guerra. Es un aviso. Hasta aquí. Más allá, no.

Un golpe seco corta el murmullo del entrenamiento.

Demasiado fuerte.

Esta vez no es solo torpeza. Hay rabia detrás.

Giro la cabeza y los veo. Dos lobos jóvenes frente a frente, a medio transformar. Uno de ellos avanza un paso más de la cuenta, invadiendo el espacio del otro. Los hombros tensos. El hocico apenas contenido. El segundo gruñe, bajo, pero no retrocede.

—Te dije que no empujaras —escupe uno.

—No mandas sobre mí —responde el otro—. No aquí.

Algunos se detienen. No intervienen. Esperan.

No me acerco.

Espero.

El aire se espesa. Uno de ellos alza el mentón, retando. El otro aprieta los puños. Están a un segundo de cruzar un límite que no podrán desandar solos.

—Basta —digo desde donde estoy.

Mi voz no es alta. No lo necesita.

Uno de ellos baja la cabeza al instante. El otro tarda. Me mira. No desafiante del todo, pero sí orgulloso. Demasiado.

—¿Quién empezó? —pregunto.

—Yo —dice el que ha bajado la cabeza—. Pero él…

Levanto la mano.

—No importa.

Camino hacia ellos. El que dudó tensa el cuerpo un instante, como si fuera a decir algo más. No lo hace. Me coloco entre ambos sin tocarlos.

—Aquí no se gana imponiéndose —digo—. Aquí se gana sabiendo cuándo frenar.

El que dudó frunce el ceño.

—No estaba fuera de control —dice—. Solo estaba marcando—

—No —lo corto—. Estabas perdiéndolo.

El silencio cae pesado.

—Umbrose no existe para que descarguéis lo que no sabéis sostener —continúo—. Existimos para contener cuando otros ya han roto. Si no puedes controlar tu fuerza aquí, no la mereces fuera.

El lobo aprieta la mandíbula. Respira hondo. Baja la cabeza.

—Rotación doble esta noche —añado—. Juntos.

Alzan la vista, sorprendidos.

—Tenéis que aprender a ajustar el paso del otro. Si no sabéis hacerlo, no pertenecéis a este clan.

Asienten. Los dos. Esta vez sin resistencia.

Se recolocan y vuelven al círculo. El entrenamiento continúa. Las conversaciones regresan, más bajas. El aire se afloja.

Sigo caminando.

La tensión se disuelve porque Umbrose no se sostiene con gritos ni sangre. Se sostiene con límites claros. Con decisiones que no tiemblan.

Aquí no enseñamos a ganar.

Enseñamos a no perderse.

No doy dos pasos más cuando noto a Marcus acercarse desde el flanco derecho. No hace ruido al hacerlo, pero nunca lo ha necesitado. En Umbrose, los que saben moverse no anuncian su llegada.

Camina a mi lado sin mirarme.

—Iban a cruzar la línea —dice—. Los dos.

—Lo sé.

—El de la izquierda estaba buscando pelea.

—Y el de la derecha estaba dispuesto a dársela.

Marcus asiente. No hay juicio en su gesto, solo lectura correcta.

—Antes habrías entrado antes —añade—. Habrías cortado el movimiento en seco.

—Y habrían aprendido menos —respondo.

Eso lo hace mirarme.

No mucho. Lo justo.

Seguimos caminando bordeando el claro. El entrenamiento continúa detrás de nosotros sin alteraciones. Umbrose no se detiene porque el alfa pase; se ajusta. Siempre lo ha hecho.

—Has esperado —dice Marcus—. Les has dejado sentir el borde.

—Tenían que verlo —respondo—. No basta con saber dónde está el límite. Hay que reconocerlo cuando el cuerpo ya quiere cruzarlo.

Marcus no responde enseguida. Observa a los dos lobos reincorporarse al círculo, ahora con el paso más medido.

—No todos los clanes funcionarían así —dice al fin.

—Umbrose no es “todos los clanes”.

Eso sí le arranca una media sonrisa.

—Nunca lo ha sido.

Avanzamos unos metros más.

—El este sigue estable —retoma—. Los cambios de rotación han bajado la fricción.

—Bien.

—El norte está demasiado tranquilo.

Me detengo.

—Define “demasiado”.

Marcus se toma un segundo. Siempre lo hace cuando la información importa.

—No hay disputas. No hay tensión visible. Pero tampoco hay ajuste. Se están conteniendo sin entender por qué.

Asiento.

—Dobla turnos mañana —digo—. No por castigo. Por cansancio.

Marcus arquea una ceja.

—Eso va a generar fricción.

—La justa —respondo—. Prefiero fricción consciente a calma falsa.

Marcus sonríe un poco más esta vez.

—Sigues siendo tú.

Seguimos caminando.

—La manada responde —continúa—. No hay grietas abiertas.

—¿Y las que no se ven?

No necesito explicarme. Marcus tampoco necesita que lo haga.

—Empiezan por el alfa —dice.

Me detengo.

No me giro hacia él. No hace falta.

—Habla.

Marcus no baja la voz. Tampoco la sube.

—Estás aquí. Presente. Atento. Tomas decisiones claras. Pero ya no estás… blindado.




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