Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 17. LIZ

Llego al parque antes de la hora.

No porque sea puntual, sino porque no he sabido quedarme quieta. Me siento en el banco de siempre, dejo el bolso a mi lado y abro el libro sin mirar el título. Paso una página. Luego otra. No recuerdo nada de lo que leo.

Respiro.

—Es solo un paseo —me digo—. Un jueves normal.

Pero el pecho va a otro ritmo.

Lo veo llegar por el sendero de grava y algo dentro de mí se activa sin permiso. Abel camina despacio, con esa forma suya de no parecer apurado ni ausente. Lleva la chaqueta abierta y las manos sueltas, como si hubiera ensayado no esconderse en los bolsillos.

Cuando me ve, se detiene un segundo.

Solo uno.

Luego sigue.

—Hola —dice al llegar.

Su voz es baja. Cálida. Me recorre entera.

—Hola.

Me levanto demasiado rápido. Me mareo un poco. Abel lo nota enseguida.

—Eh —dice, acercándose apenas—. Tranquila.

No me toca, pero está más cerca. Demasiado cerca para no notarlo. Mi corazón se acelera de golpe.

—Estoy bien —miento.

Sus labios se curvan apenas.

—Eso haces muy bien —dice—. Decir que estás bien.

—¿Ah, sí?

—Sí —responde—. Pero el cuerpo va a otro ritmo.

Trago saliva.

Señala el sendero con un gesto leve.

—¿Caminamos?

Asiento. Empezamos a andar uno junto al otro. Al principio hay una distancia prudente, estudiada. Luego, sin decir nada, Abel se acerca un poco más. No invade. Ajusta. Como si midiera el espacio exacto donde puedo respirar sin tensarme.

Yo también ajusto sin darme cuenta.

Nuestros pasos se sincronizan.

—Pensé que no vendrías —dice.

—Pensé que tú te arrepentirías.

—Lo pensé —admite—. Pero duró poco.

—¿Y eso?

Me mira de reojo.

—Porque cuando no vengo… noto la falta.

El corazón me da un salto torpe. Siento calor en las mejillas. Aparto la mirada.

—Hablas raro —digo, intentando bromear.

—Me pasa cuando digo la verdad —responde.

Silencio.

Seguimos caminando. El parque murmura a nuestro alrededor. Abel baja un poco la voz, casi un susurro.

—¿Te pongo nerviosa?

—¿Por qué todo el mundo me pregunta eso últimamente?

—Porque te muerdes el labio cuando estás a punto de decir algo —dice—. Y porque tienes el cuerpo en alerta aunque intentes disimularlo.

Me detengo.

—¿Me estás midiendo?

Se detiene también. Se gira hacia mí.

—No —dice—. Te estoy mirando de verdad.

La forma en que lo dice me recorre la espalda. Me apoyo en la barandilla del estanque para no tambalearme. Abel se coloca a mi lado. Muy cerca ahora. Siento su brazo rozar el mío apenas.

No me aparto.

—Contigo no sé muy bien dónde ponerme —admito—. Me pasa algo raro.

—A mí también —responde—. Pero no me molesta.

Baja la mirada a nuestras manos apoyadas en la barandilla. Hay centímetros entre ellas. Nada más.

—Si me acerco —dice en voz muy baja— dime si es demasiado.

No me mira cuando lo dice.

Se acerca.

Un poco.

Mi respiración se corta. El corazón me late tan fuerte que me asusta que pueda oírlo. Su mano roza la mía. No la coge. Solo la roza, como preguntando.

No digo nada.

Él interpreta el silencio.

Sus dedos se apoyan en los míos. El contacto es tibio. Firme. Mi cuerpo responde de inmediato: un escalofrío, el pecho apretado, una calma extraña mezclada con vértigo.

—Así… —murmura—. ¿Está bien?

Asiento sin mirarlo.

—Sí.

Se inclina un poco más. Su voz queda cerca de mi oído.

—No suelo hacer esto —confiesa—. Acercarme sin saber cómo va a terminar.

—¿Y ahora?

—Ahora me importa más no asustarte que entenderlo.

Mi garganta se cierra.

—No me asustas —digo—. Me descolocas.

Sonríe. Lo noto sin verlo.

—Eso puedo asumirlo.

Nuestros dedos se entrelazan despacio. No como un gesto decidido. Como algo que sucede porque ya estaba pasando antes.

Siento el pulso en su mano. Firme. Controlado. Y, aun así, hay algo contenido ahí. Algo que me sostiene.




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