Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 18. ABEL

Subimos las escaleras despacio.

Liz va delante, pero no lidera el paso. Se mueve como si no supiera muy bien dónde colocar el cuerpo, como si cada escalón le pidiera un esfuerzo que no debería costar tanto. Yo no la toco. Camino cerca. Lo suficiente para que sepa que estoy ahí si se tambalea.

Cuando llega al rellano, se detiene un segundo.

—Perdona —dice—. Estoy un poco torpe hoy.

—No pasa nada —respondo—. No hay prisa.

Abre la puerta y entra primero. La casa está en silencio, con ese silencio real que solo existe cuando alguien vive solo y no espera a nadie. Deja las llaves en cualquier sitio, se quita los zapatos sin orden y se queda de pie, en mitad del salón, como si hubiera olvidado qué venía a hacer a continuación.

—Siéntate —le digo—. Un momento.

Me mira, dudando.

—Estoy bien, de verdad.

No le llevo la contraria. No sirve de nada.

—Siéntate igual —repito—. Solo un poco.

Obedece. Se deja caer en el sofá con un suspiro que intenta disimular. Se frota las manos, nerviosa. Tiene el cuerpo en tensión, como si todavía estuviera preparada para defenderse de algo que ya no está.

—No sé qué me pasa —dice al cabo de un momento—. Me da rabia, luego ganas de llorar… y luego vergüenza por todo junto.

No la miro de inmediato. Me quedo de pie frente a ella, apoyado en el respaldo del sillón, sin invadir.

—No tienes que saberlo ahora —digo—. Solo tienes que parar un poco.

Niega con la cabeza.

—No soy así normalmente.

—Todos somos así a veces —respondo—. Lo que pasa es que no siempre nos damos permiso.

Se muerde el labio. Baja la mirada.

—Siento haberte metido en esto —añade—. No quería montar un drama.

Me acerco un paso más. Me agacho frente a ella para quedar a su altura.

—Liz —digo, firme pero tranquilo—. No ha sido un drama. Ha sido una reacción.

Parpadea.

—¿A qué?

—A algo que todavía duele —respondo—. Y eso no te hace exagerada. Te hace humana.

Se le humedecen los ojos. No llora. Todavía no. Pero está cerca.

—No entiendo por qué me pasa tan fuerte —susurra—. Hace semanas que intento estar bien.

Asiento despacio.

—A veces el cuerpo va por delante —digo—. Y la cabeza llega tarde.

No sonríe. Pero respira un poco mejor.

—Voy a prepararte algo caliente —añado—. ¿Te parece?

—No quiero darte trabajo…

—No me lo estás dando.

Voy a la cocina. No es grande. Todo es sencillo. Busco una infusión, pongo agua a calentar. El gesto me calma a mí también. Me recuerda que estoy aquí haciendo algo concreto. Útil. Normal.

Cuando vuelvo, ella sigue en el mismo sitio, abrazándose las rodillas.

Le doy la taza con cuidado.

—Despacio —le digo—. Quema.

Sopla, da un sorbo pequeño. Sus hombros bajan apenas un centímetro.

—Gracias —murmura.

Me siento en el extremo del sofá, no demasiado cerca, pero lo suficiente para que note mi presencia sin sentirse rodeada.

—No tienes que disculparte por sentir —le digo—. Ni por necesitar compañía.

—¿Y si esto no se me pasa? —pregunta de pronto—. ¿Y si estoy rota?

La miro entonces.

—No estás rota —respondo sin dudar—. Estás cansada de aguantar cosas que no tendrías que haber aguantado sola.

Se le escapa una risa breve, triste.

—Hablas como si lo tuvieras muy claro.

—No lo tengo —admito—. Pero sé reconocer cuando alguien necesita que no la empujen a arreglarse rápido.

Apoya la espalda en el sofá. Cierra los ojos un segundo.

—¿Te puedes quedar un rato? —pregunta—. Solo hasta que se me pase este… ruido.

—Claro —respondo—. Me quedo.

No le prometo nada más.

No hace falta.

Ella asiente, como si eso fuera suficiente. Apoya la cabeza en el respaldo y deja que el cuerpo, por fin, afloje un poco.

Y mientras la observo respirar, lo tengo claro:

no quiero protegerla del mundo.

Quiero protegerla de la necesidad de fingir que ya está bien.

Liz termina la infusión despacio. No dice nada mientras lo hace. Tampoco yo. El silencio entre nosotros no pesa; se acomoda. Su respiración se va regulando sin que se dé cuenta.

Apoya el codo en el respaldo del sofá y, poco a poco, la cabeza se le vence hacia mi lado. No busca contacto de forma consciente. Simplemente… cae.

No me muevo.

Siento el peso leve de su sien apoyándose contra mi hombro. El calor de su cuerpo atraviesa la tela de mi chaqueta. Su respiración roza mi cuello. Está agotada. Y por primera vez desde que la conozco, no intenta disimularlo.

—Perdón… —murmura, medio dormida—. Me estoy quedando…

—Descansa —le digo—. No pasa nada.

No termina la frase. Su cuerpo se abandona del todo, con ese gesto honesto de quien ya no tiene fuerzas para sostenerse más tiempo. La taza queda olvidada en la mesa.

Levanto el brazo despacio y lo coloco detrás de su espalda. No la acerco. No la encierro. Solo marco presencia. Liz suspira, largo, como si ese gesto confirmara algo que necesitaba oír sin palabras.

Duerme.

La observo un momento. El ceño, por fin liso. Las manos abiertas, sin tensión. Hay algo profundamente vulnerable en verla así que me aprieta el pecho más que cualquier amenaza.

Tomo la manta del respaldo y se la coloco con cuidado. Ajusto apenas el borde para que no le tape la cara. Mis dedos rozan su muñeca un segundo de más. Está caliente. Tranquila.

Y entonces lo recuerdo.

El parque.

Luca.

El instante exacto en que todo en ella cambió.

La tensión súbita. La rabia que no pidió permiso. El sonido que salió de su garganta sin forma humana. El modo en que su cuerpo se adelantó a su cabeza.

Y, dentro de mí, el lobo.

Lo recuerdo con demasiada claridad.

Quería lanzarse.

Quería arrancarle la cabeza.

Quería borrar su presencia del aire.

Era un impulso limpio, brutal, inmediato.

Y aun así… no lo hizo.




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