Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 19. LIZ

Me muevo un poco y el recuerdo aparece a medias: brazos rodeándome, un peso firme a la altura de la espalda, una respiración que no era la mía marcando el ritmo. No veo imágenes. No oigo palabras. Solo ese encaje exacto, como si mi cuerpo hubiera encontrado su sitio sin pedir permiso.

Trago saliva.

—¿Soñé…? —murmuro, sin terminar la frase.

No sé la respuesta. Y, curiosamente, no me angustia no saberla.

Me giro de lado, enterrando la cara un momento en la almohada, como si buscara algo más concreto.

Entonces lo noto.

Hay un olor distinto, uno que no me pertenece. No sabría decir de dónde viene, solo que no es algo que suela quedarse en una habitación cerrada. Es frío, hondo… y, sin entender por qué, hace que el cuerpo se me afloje un poco.

El corazón me da un pequeño salto, no de miedo, sino de reconocimiento. El aroma no viene de mí. No es de anoche. Se cuela por debajo de la puerta, invade la habitación con una naturalidad desconcertante.

Parpadeo otra vez.

—No… —susurro—. No puede ser.

Me incorporo despacio, con cuidado de no romper esa burbuja frágil que me rodea. El cuerpo sigue tranquilo. Demasiado tranquilo para una mañana normal.

Salgo de la habitación descalza, avanzando despacio por el pasillo como si el suelo pudiera delatarme. No sé por qué siento la necesidad de moverme así, en silencio, pero algo en mí quiere observar antes de ser vista.

La cocina se abre al salón, separada solo por una barra estrecha con dos taburetes altos, y la luz de la mañana recorre el espacio sin encontrar paredes que la detengan. El sofá y la televisión quedan al fondo, en silencio.

Y allí está.

Abel.

De espaldas, con una camiseta sencilla y las mangas remangadas hasta los antebrazos. Se mueve con una calma que no es torpeza ni rigidez, sino costumbre. Como si ese espacio no le resultara ajeno. Como si hubiera aprendido la distancia exacta entre los muebles sin medirla. Abre un cajón. Saca una cuchara. Prueba algo con la punta de los dedos y frunce el ceño, concentrado.

El café humea en la cafetera.Hay tostadas en un plato. Fruta cortada con cuidado. Nada exagerado. Nada improvisado.

Me quedo quieta, apoyada en el marco de la puerta, observándolo sin interrumpir. Hay algo profundamente desarmante en verlo así. No como presencia intensa. No como refugio nocturno. Sino como un hombre preparando desayuno en mi cocina, como si esa fuera la cosa más natural del mundo.

¿Desde cuándo me importa tanto que esté aquí ?

Abel se gira entonces, como si me hubiera sentido sin oírme. No se sobresalta. Solo se detiene un segundo al verme, como si registrara algo importante.

—Buenos días —dice.

Su voz es baja. Cálida. Normal.

Y esa normalidad me atraviesa.

—Buenos… —respondo, pero la palabra se me queda corta.

Nuestros ojos se sostienen un instante más de lo necesario. No hay prisa, pero tampoco es un silencio neutro. Es uno de esos momentos en los que el tiempo parece aflojar, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo solo para nosotros.

Abel es el primero en moverse. No para alejarse. Para acercarse lo justo. Un paso pequeño, casi tímido, que reduce la distancia sin borrarla del todo. Lo hace despacio, dándome margen, como si quisiera comprobar que sigo ahí… y que quiero estarlo.

El corazón me da un salto traicionero. Siento el calor subir hasta las mejillas y aparto la mirada un segundo, demasiado consciente de mi propio cuerpo.

Abel sonríe apenas, como si lo hubiera notado. No con burla. Con algo mucho más peligroso: ternura. Inclina un poco la cabeza, buscándome de nuevo, y cuando nuestras miradas vuelven a encontrarse, hay una atención tan limpia en la suya que me deja sin defensas.

—Espero que no te importe —añade, señalando la encimera—. Pensé que te vendría bien comer algo.

Está ahí, apoyado de forma relajada contra la barra, como si esa cocina también pudiera ser su sitio sin pedir permiso. Como si cuidar no fuera una excepción, sino algo natural en él.

El gesto me descoloca más que cualquier explicación. Se me queda atrapado en el pecho, cálido y torpe.

—Huele… —empiezo, y me detengo un segundo—. Huele muy bien.

Abel me mira entonces. No directo, no intenso. De reojo. Como si no quisiera incomodarme, pero tampoco perderse mi reacción. Una sonrisa mínima se le escapa, casi sin querer, de esas que aparecen cuando algo importa más de lo que uno pensaba admitir.

—Eso es buena señal —dice.

Da un paso corto hacia la encimera y aparta una de las sillas altas con cuidado, dejándola a mi alcance antes incluso de que yo decida moverme. Al hacerlo, el dorso de sus dedos roza mi muñeca.

Es apenas un contacto. Un segundo.

Pero el cuerpo lo registra como si hubiera sido una frase entera.

Abel se detiene, consciente del gesto. No se disculpa. No se aparta del todo. Solo retira la mano despacio, como preguntando sin palabras si ha sido demasiado.

No lo ha sido.

Trago saliva y me siento. El corazón me late más rápido de lo razonable.

Él se mueve para servirme el café, y al pasarme la taza sus dedos vuelven a rozar los míos. Esta vez no por descuido. Esta vez con intención medida.

—No recordaba haberme dormido tan… —me quedo callada.

La frase se me rompe sola.

Abel no la completa. Está al otro lado de la barra, frente a mí, apoyado con naturalidad, mirándome como si supiera exactamente dónde no empujar.

—Te dormiste rápido —dice—. Parecías agotada.

Asiento despacio, rodeando la taza con las manos. El calor me ancla.

—¿Y tú…? —pregunto al cabo de un momento, levantando la vista—. ¿Te fuiste tarde?

Niega con suavidad.

—No me fui.

No lo dice como algo importante, y aun así algo dentro de mí se afloja de forma peligrosa.

—Dijiste que no te dejara sola —añade—. Solo lo cumplí.

Trago saliva. Bajo la mirada a mis manos. No tiemblan. No están tensas. Eso, ahora mismo, ya es mucho.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.