El Bosque Plateado no se encuentra.
Se permite.
No hay senderos que conduzcan hasta él ni marcas visibles que indiquen el punto exacto donde el mundo humano deja de sostenerse. Solo quienes han sido bendecidos por la luna saben reconocer el instante preciso en que el aire cambia sin cambiar, en que la realidad pierde su rigidez y admite otra forma de existir.
No hay error posible.
O lo ves… o no existe.
Los humanos no pueden llegar hasta aquí.
Nunca.
El bosque los rechaza antes incluso de que comprendan lo que están mirando. No por hostilidad, sino por coherencia. Este lugar no se defiende: selecciona.
Cruzo el umbral y el cambio es inmediato. El aire no se vuelve más denso ni más ligero. Se vuelve verdadero. El pulso bajo mis pies se ajusta al mío con una precisión antigua, como si el bosque confirmara quién soy antes de dejarme avanzar.
He estado fuera más de un día.
Una noche completa.
El Bosque Plateado lo sabe.
Aquí conviven los cinco clanes. No como aliados, no como enemigos. Como reinos que comparten raíz. Norte, sur, este, oeste… y sombra. Cada uno con su territorio, sus leyes internas, su forma de interpretar la luna. Aquí no se disputan fronteras. Aquí recuerdan por qué existen.
Camino sin prisa. No atravieso dominios ajenos. No hace falta. Umbrose ocupa su espacio como siempre lo ha hecho: en el límite donde la sombra aprende a no devorar.
Nada parece alterado.
Y, aun así, lo está.
No por fuera.
Por mí.
El bosque no me recibe con reproche. Tampoco con alivio. Registra. Ajusta. El equilibrio se recoloca con un retraso mínimo, casi imperceptible. Un segundo tarde.
Suficiente.
Apoyo la mano en una de las piedras marcadas por generaciones de alfas. Está fría. Estable. Inamovible. El tipo de firmeza que siempre he entendido como hogar.
Y, por primera vez, no me basta.
He pasado la noche fuera del clan.
No porque no pudiera volver.
Porque no quise hacerlo.
Alguien me pidió que no la dejara.
No como se pide protección.
No como se pide ayuda.
Como se pide presencia.
Y no fui capaz de negarme.
Eso es lo que el bosque percibe. No la ausencia física. La elección
Cierro los ojos.
¿Quién soy ahora?
¿Abel?.
¿Abel Umbrose?.
Alfa del clan sombra.
El que sostiene la frontera.
El que no se permite vínculos que desplacen el eje.
El que entiende que, para un alfa, incluso lo permitido se vuelve sospechoso.
Los vínculos con humanos no están prohibidos. Nunca lo han estado.
Pero para el alfa… siempre pesan distinto.
Marcus cree que es eso lo que me inquieta. Cree que he cruzado una línea emocional que el clan observará con cautela. Cree que he pasado una noche con una humana y que eso, aunque tolerable, tendrá consecuencias políticas.
Marcus no sabe.
Nadie lo sabe.
Porque Liz no es una humana normal.
No lo he dicho en voz alta.
No lo he formulado.
No le he puesto nombre.
Pero lo sé.
Lo supe cuando su rabia no nació del recuerdo, sino del límite.
Cuando su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Cuando mi lobo no quiso proteger… sino reconocer.
Eso no ocurre con los humanos.
Decirlo en voz alta activaría mecanismos que no se detienen. El Consejo escucharía. Los otros clanes observarían. El Bosque Plateado dejaría de ser refugio para convertirse en tribunal.
Y ella no ha elegido nada de eso.
El bosque no me exige que hable.
Tampoco me permite fingir ignorancia.
El lobo se mueve dentro de mí, inquieto, pero contenido. No agresivo. Atento. Como yo. Como si ambos supiéramos que algo ha despertado y que nombrarlo demasiado pronto sería un error irreversible.
He faltado una noche.
El clan lo notará.
Las miradas cambiarán.
Las preguntas llegarán.
Cada acto tiene su consecuencia.
Y esta vez, la consecuencia no es la ausencia.
Es que ya no puedo decir, con la misma certeza de antes, que todo lo que soy pertenece solo a Umbrose.
Abro los ojos.
El Bosque Plateado no me juzga.
No toma partido.
Solo me devuelve una verdad incómoda, clara como la luna que lo sostiene cuando un alfa empieza a callar lo que sabe casi con certeza, el equilibrio ya ha comenzado a cambiar.
Y yo…
ya no estoy exactamente donde estaba.
Marcus no me corta el paso.
Eso ya es una decisión.
Camina a mi lado durante varios metros, en silencio, dejando que el claro quede atrás y que las miradas no puedan alcanzarnos. Cuando habla, lo hace sin bajar la voz, pero lo justo para que nadie más escuche.
El claro queda atrás. Las hogueras también. Aquí no hay testigos. Aquí las palabras pesan más porque no se repiten.
—La ausencia se cubrió —dice al fin—.Pero no se borró.
No respondo.
Siento el lobo tensarse un instante, como si quisiera adelantarse, marcar, cerrar la conversación antes de que empiece. Lo contengo. No por disciplina. Por necesidad. Si reacciono ahora, confirmo lo que Marcus teme.
—No hubo alarma —continúa—Y eso tranquiliza al Consejo.
Ahí está.
Consejo.
No lo miro. Si lo hago, parecerá que busco medir hasta dónde llega.
—Cuando no hay alarma —añade—, lo que queda es el registro.
Registro.
Anotación.
Patrón.
Las palabras no son nuevas, pero hoy me suenan distintas. Más cerca. Como si ya no hablaran de Umbrose, sino de mí.
—Umbrose respondió —digo.
Mi voz suena firme. Demasiado. Como una armadura que me pongo tarde.
—Umbrose se contuvo —corrige— Y eso no es lo mismo.
Me detengo.
Marcus se detiene conmigo.
El clan siempre se contenía cuando yo estaba. Ahora se ha contenido sin mí.
—Redistribuí turnos —prosigue—.
Dos patrullas doblaron vigilancia. El este asumió un tramo que no le correspondía. Nadie protestó.
#834 en Novela romántica
#151 en Fantasía
#92 en Personajes sobrenaturales
conflictointerno, relación sobrenatural, relación emocional intensa
Editado: 03.01.2026