No recuerdo un momento exacto en el que aprendiera a no encajar.
No hubo una caída concreta, ni una frase que lo ordenara todo.
Fue más bien un entrenamiento silencioso.
Aprendí a observar antes de hablar.
A esperar medio segundo más que los demás.
A medir si mi risa se alargaba demasiado, si mi silencio duraba más de lo aceptable.
Encajar nunca fue algo que me pasara.
Era algo que hacía.
Como una coreografía ensayada a base de errores pequeños.
Mira aquí.
Asiente así.
No preguntes eso.
No ocupes tanto espacio.
Y funcionaba.
O al menos eso parecía desde fuera.
La gente no se iba.
Pero tampoco se quedaba del todo.
Yo estaba correcta.
Ajustada.
Colocada donde no molestara.
Por eso ahora hay algo que no sé explicar del todo y que me resulta inquietante en silencio:
no me siento descolocada.
No hay alerta.
No hay ese gesto interno de cuidado, aquí no.
No hay necesidad de corregirme sobre la marcha.
Es como si algo dentro de mí hubiera dejado de empujar para mantenerse en su sitio.
Como si, por primera vez, no tuviera que sostenerme a pulso.
No sé si es el mundo el que ha cambiado.
O si soy yo la que, sin darme cuenta, ha empezado a encajar de otra manera.
Y lo más raro no es sentirme así.
Lo raro es que no esté haciendo nada para lograrlo.
No me estoy esforzando.
No me estoy vigilando.
No estoy midiendo cada gesto antes de hacerlo.
Simplemente estoy.
Y eso debería inquietarme más de lo que lo hace.
Porque siempre pensé que cuando todo se calma es porque algo va a romperse después.
Que la tranquilidad era solo una pausa antes del golpe.
Pero ahora no hay golpe.
Solo una sensación extraña y nueva:
como si algo en mí hubiera encontrado su posición correcta.
Estoy en la cola del café cuando ocurre.
No hay ruido.
No hay aviso.
Es una sensación.
Como si el aire a mi espalda se volviera más espeso, más tibio. Como si algo se colocara detrás de mí sin tocarme, envolviéndome apenas. No un abrazo. No del todo. Más bien como cuando alguien te pone una manta sobre los hombros sin pedir permiso y el cuerpo decide aceptarla.
Siento calor.
Un calor lento, profundo, que no nace en la piel sino más adentro. Me recorre la espalda, baja por los brazos, se instala en el pecho. Mi respiración cambia sin que yo lo decida. Se hace más larga. Más tranquila.
No me giro.
No porque tenga miedo.
Porque no hace falta.
Mi cuerpo sabe quién está ahí antes de que mi cabeza lo formule.
—Si sigues mirando el menú así —dice una voz baja, muy cerca de mi oído —, va a acabar pidiéndote él el café.
No me sobresalto.
Sonrío.
La sensación no desaparece. Al contrario: se ajusta, como si la sombra hubiera encontrado su sitio exacto detrás de mí. No me invade. No me empuja. Está. Y eso es suficiente.
Cuando me giro, Abel está ahí.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
Exactamente donde mi cuerpo ya lo había colocado.
—Hola —digo.
—Hola —responde.
Nada más.
Pero el calor sigue.
La cola avanza y Abel da un paso al frente sin mirarme, como si el gesto fuera obvio. Pide los cafés con naturalidad, sin exhibir seguridad, sin duda.
—Dos cafés —dice—. Uno solo. Sin azúcar.
Hace una pausa mínima.
—Y otro con leche. Poca.
No pregunto cómo lo sabe.
No quiero romper nada.
Recoge las tazas con cuidado, como si sostuviera algo frágil. Cuando se gira hacia mí, inclina ligeramente la cabeza en dirección a una mesa junto a la ventana.
Sigo la dirección de su mirada.
La mesa está medio apartada, bañada por la luz suave de la mañana. Un sitio tranquilo. Protegido.
Asiento.
Abel avanza primero, marcando el paso justo para que no tenga que apurar ni quedarme atrás. Cuando me pasa la taza, sus dedos rozan los míos apenas. El contacto es breve, casi accidental, pero el efecto es inmediato: el calor que ya tenía dentro se intensifica, sube por el cuello, me hace parpadear despacio.
—Gracias —murmuro.
Abel asiente. No sonríe. Pero algo en su postura se relaja, como si hubiera confirmado algo que no necesitaba palabras.
Nos sentamos frente a frente. No demasiado cerca. No demasiado lejos. Exactamente en ese punto donde el cuerpo no necesita instrucciones.
El calor sigue ahí.
No como fuego.
Como hogar.
No es jueves.
Y, aun así, estamos aquí.
Sentados frente a frente, con el café enfriándose entre las manos y esa calma rara que no debería existir un martes cualquiera. Me doy cuenta de que no estoy vigilando el entorno. No estoy midiendo mis gestos. No estoy pensando qué versión de mí toca hoy.
Eso ya es una decisión.
Apoyo los antebrazos sobre la mesa. No por comodidad. Por cercanía. El gesto acorta la distancia sin pedir permiso.
Abel lo nota.
Siempre lo nota.
Levanta la mirada despacio, atento, como si midiera si ese movimiento cambia algo importante. No se aparta. No retrocede. Se queda.
—No es jueves —digo, y esta vez no lo digo como una constatación.Inclino un poco la cabeza.—Y aun así estamos juntos.
No lo pregunto.
Lo afirmo.
Algo se tensa en su expresión. No incomodidad. Contención. Como si mi frase hubiera cruzado una línea que él lleva rato bordeando sin tocar.
—Sí —responde—. Eso he notado.
No baja la voz. No dramatiza. Pero hay algo en su tono que me hace sonreír por dentro.
Doy otro sorbo al café. Lo dejo en el plato con cuidado y, sin pensarlo demasiado, deslizo la mano por la mesa hasta apoyar los dedos sobre la suya.
No un roce.
Mi mano sobre la suya.
Deliberado. Claro.
Abel se queda inmóvil.
No retira la mano. No la aprieta. Pero su pulso cambia. Lo siento bajo mis dedos. Un latido más fuerte. Más presente.
#834 en Novela romántica
#151 en Fantasía
#92 en Personajes sobrenaturales
conflictointerno, relación sobrenatural, relación emocional intensa
Editado: 03.01.2026