Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 22. ABEL

No me llaman por el nombre. Nunca lo hacen cuando es importante. No estoy en el claro. No estoy en el bosque. Y, aun así, el clan me alcanza.

—Alfa.

La voz no tiembla. Tampoco acusa. Es peor: constata.

—El Consejo solicita tu presencia.

No dicen exige. No dicen debes. No lo necesitan. Las palabras correctas no buscan obediencia; buscan medir hasta dónde llega.

—¿Ahora? —pregunto.

Un silencio breve. Medido.

—Ahora.

Cierro los ojos un segundo. No para pensar. Para escuchar lo que no dicen. He estado fuera más de lo permitido.

No del territorio. De mí.

—No es un juicio —añaden, como si pudieran leer el movimiento que no hago—. Son explicaciones.

Abro los ojos.

—Las explicaciones son opcionales —respondo.

Otro silencio. Este ya no es neutro.

—El consejo entiende —dicen al fin—. Pero necesita oírte.

No.

Necesitan medirme.

—Voy —contesto—. No porque lo pidan. Porque sostengo este límite.

El lobo se mueve dentro de mí, atento, pero no inquieto. Sabe lo que viene. No es una emboscada. Es una mesa larga, miradas afiladas y preguntas envueltas en cortesía.

Camino.

Cada paso devuelve peso al suelo. Umbrose me reconoce antes de que llegue. La noche se asienta como siempre, obediente. Nada está fuera de lugar.

Y, aun así, algo ha cambiado.

El claro del consejo no pertenece a ningún clan. Por eso pesa tanto.

Cinco presencias ocupan los puntos cardinales del círculo:

Norte.

Sur.

Este.

Oeste.

Sombra.

No hay jerarquía visible. Nunca la hay. La autoridad aquí se mide por lo que no se dice… y por quién se atreve a sostener el silencio.

Me detengo en el centro sin inclinar la cabeza.

Umbrose no se inclina.

—Alfa de la Sombra —dice la voz del Sur—. Has sido convocado por el consejo del Bosque Plateado.

Convocado. No llamado.

La diferencia importa.

—Estoy aquí —respondo—. Hablad.

El fuego no crepita. Las sombras se alargan hacia dentro, como si escucharan. El Norte me observa con distancia calculada. El Oeste, con cautela. El Sur, con neutralidad.

El Este… no disimula.

—Has alterado tus patrones —dice—. Has cruzado fronteras sin informar. Has desaparecido más tiempo del habitual.

No es una acusación formal. Es una provocación.

—Umbrose no ha perdido territorio —respondo—. Ni influencia. Ni equilibrio.

—El equilibrio no siempre se rompe de forma visible —replica el Este—. A veces empieza en el alfa.

Ahí está.

La herida vieja.

No nombrada, pero viva.

Lo miro por primera vez.

—Tú no hablas de equilibrio —digo—. Hablas de control.

Un murmullo bajo recorre el círculo. El Sur levanta una mano, conteniendo.

—Este consejo no juzga intenciones —dice—. Solo hechos.

—Entonces no hay juicio posible —respondo—. Porque no hay desequilibrio.

El Este sonríe. No es amable.

—¿Y quién decide eso? —pregunta—. ¿El propio implicado?

Doy un paso al frente. Uno solo. El aire se tensa.

—Sí —respondo—. Cuando se trata de Umbrose, decido yo.

El Oeste frunce el ceño.

—El consejo existe para prevenir grietas antes de que se abran.

—Y Umbrose existe para sostenerlas cuando aparecen —contesto—. Aquí no tenéis autoridad mientras el equilibrio se mantenga.

Silencio.

El Norte inclina la cabeza apenas, interesado.

—¿Estás imponiéndote al consejo, Abel Umbrose?

—Estoy recordando los límites —respondo—. El consejo actúa cuando hay ruptura. No antes. Y no por sospechas.

El Este da un paso hacia su hoguera.

—Siempre tan seguro de ti mismo —dice—. Igual que antes.

No entro ahí.

No todavía.

—Aceptadlo o no —añado—, Umbrose no ha caído. Mi clan responde. Mi sombra está firme. Y mientras eso sea así, mis decisiones no se discuten.

El Sur tarda un segundo en hablar.

—El consejo acepta tu postura —declara—. De momento.

Esa última palabra pesa más que todo lo anterior.

—Pero queda constancia —añade el Norte—. El silencio prolongado también crea grietas.

Asiento una sola vez.

—Las grietas no me asustan —digo—. Me asusta quién espera que aparezcan.

Miro al Este. Directo. Sin desafío. Sin concesión.

—Y quien confunde vigilancia con oportunidad… —añado— suele olvidar lo que la sombra protege.

Nadie responde.

Doy media vuelta y abandono el círculo.

No he perdido autoridad.

Pero algo ha cambiado.

No en Umbrose.

En la mirada de otro alfa que acaba de recordar heridas antiguas…

y ha decidido que quizá ya no sangran.

El lobo se tensa dentro de mí.

El lobo dentro de mí no se relaja.

Se queda atento.

No por el consejo.

Por lo que vendrá después.

Los cuatro alfas abandonan el claro uno a uno. El del Norte sin mirarme. El del Sur con cautela. El del Oeste midiendo consecuencias. El del Este… con esa quietud tensa que anuncia cuentas pendientes, no saldadas, solo aplazadas.

Las sombras recuperan su sitio, aunque algo en su borde vibra distinto. No es desequilibrio. Todavía no. Es expectativa. El tipo de silencio que aparece cuando alguien ha desafiado sin caer… y otros empiezan a preguntarse cuánto durará.

No me muevo de inmediato.

No he perdido autoridad.

Eso es lo que dirían si alguien me preguntara.

Eso es lo que Umbrose necesita creer.

Pero sostenerse no es gratis.

El equilibrio no se rompe cuando alguien te desafía.

Se tensa cuando decides no ceder… y el mundo toma nota.

El consejo no ha cedido.

Ha archivado.

Y los archivos no olvidan.

Siento al clan ajustarse a mi presencia, reafirmarse por costumbre, por lealtad antigua. Umbrose sigue conmigo. Lo sé. Pero también sé reconocer cuándo una lealtad empieza a observar en lugar de obedecer.

Ahí es donde nacen las grietas.

No en los gritos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.