Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 23. LIZ

Me despierto con un nombre en la boca.

No lo digo en voz alta.

Pero lo siento igual.

Abel.

La sílaba todavía me vibra en el pecho cuando abro los ojos. Tardo unos segundos en entender dónde estoy. Mi habitación. El techo blanco. La luz de la mañana entrando torcida por la ventana. Todo es reconocible… y aun así, algo no encaja del todo.

O quizá encaja demasiado.

No tengo esa presión en el estómago que suele acompañarme al despertar. No hay urgencia. No hay alerta. No repaso mentalmente el día ni busco excusas para no empezarlo. Estoy… tranquila. Demasiado.

Cierro los ojos un instante más.

El sueño se me escapa como agua entre los dedos. No recuerdo imágenes claras. No hay escenas. No hay palabras. Solo una sensación persistente, envolvente, como si alguien hubiera estado muy cerca de mí durante la noche.

No tocándome.

Sosteniéndome.

Respiro hondo y algo en mi cuerpo responde antes que mi cabeza. El pecho se me afloja. Los hombros bajan. Como si hubiera dormido abrazada a una certeza que ahora no sé nombrar.

Abel.

Otra vez su nombre, esta vez como un eco suave. Me incorporo despacio, sentándome en la cama. El movimiento no rompe nada. No hay mareo. No hay desorientación. Solo esa calma rara que no sé si me pertenece.

Me llevo una mano a la garganta, casi esperando encontrar algo distinto. Nada. Todo normal. Demasiado normal para cómo me siento por dentro.

¿He soñado con él?

¿O he estado con él?

La pregunta aparece sin dramatismo, sin miedo. Como si ambas opciones fueran igual de posibles. Me observo las manos. Están quietas. No tiemblan. No buscan.

Eso es nuevo.

Me levanto y camino hacia el espejo del armario. No deprisa. No con cautela. Simplemente voy. El suelo está frío bajo mis pies y esa sensación me ancla un poco, pero no del todo. Es como si una parte de mí siguiera en otro lugar, uno donde el tiempo no funciona igual.

Me detengo frente al espejo.

Antes de mirarme, pasa algo extraño: no me preparo.

No ensayo la expresión.

No coloco la cara que suelo usar para verme.

Levanto la vista… y ahí estoy.

Soy yo.

La misma cara. El mismo pelo revuelto. Las mismas ojeras suaves que nunca se van del todo.

Y, sin embargo…

No me reconozco del todo.

No porque haya cambiado algo visible.

Sino porque falta algo.

Falta la tensión.

Falta ese gesto interno de “ajústate”.

Falta la necesidad de corregirme antes de existir.

Frunzo el ceño, confundida.

—¿Desde cuándo…? —murmuro, pero no termino la frase.

El reflejo me devuelve la mirada sin juicio. No me observa como un examen. No me evalúa. Está ahí, presente, ocupando su espacio sin pedir permiso.

Trago saliva.

Una imagen cruza mi mente sin aviso: yo, más pequeña, sentada a la mesa con mis padres. Riendo cuando toca. Callando cuando conviene. Querida, sí. Pero siempre con la sensación de estar interpretando una versión aceptable de mí misma.

Otra imagen. Un aula. Un grupo. Yo escuchando más de lo que hablo, midiendo cuándo intervenir, cuándo desaparecer un poco.

Siempre así.

Siempre ajustándome.

Y ahora…

Ahora estoy aquí, recién despertada, con el nombre de Abel todavía latiendo en algún rincón del cuerpo, y no siento que tenga que mover ni una pieza para encajar en esta escena.

Eso debería tranquilizarme.

Pero no lo hace.

Porque no recuerdo haber elegido este cambio.

No recuerdo el momento exacto en que dejé de sostenerme a pulso.

Apoyo la mano en el espejo. El cristal está frío. Real. La sensación me recorre la piel con una intensidad que me hace cerrar los ojos un segundo.

Abel.

No sé si lo digo.

No sé si lo pienso.

No sé si lo sueño todavía.

Lo único que sé es esto: algo se ha colocado dentro de mí durante la noche

y no estoy segura de haber despertado sola.

El espejo del baño me devuelve una versión mía que reconozco… pero no del todo.

No hay nada raro en mi cara. Ni marcas nuevas, ni ojeras distintas, ni un brillo sobrenatural que delate nada extraordinario. Y, aun así, algo no encaja. O quizá encaja demasiado bien y eso es lo inquietante.

Me inclino hacia el lavabo y apoyo las manos en la cerámica fría. El contacto me ancla, pero solo a medias. Me miro a los ojos con más atención de la habitual, buscando ese punto exacto donde siempre he sabido que algo fallaba.

Durante años fue así.

Una sensación mínima, constante.

Como llevar una prenda ligeramente torcida y no saber nunca cómo recolocarla.

Recuerdo mirarme de niña, intentando parecer normal.

No triste. No enfadada.

Normal.

Recuerdo a mis padres, su cariño sincero, y esa culpa silenciosa por sentir que aun queriéndolos había algo en mí que no terminaba de estar donde debía. Como si yo viniera con una frecuencia distinta y el mundo estuviera siempre un poco desajustado para recibirme.

Nunca fue rechazo.

Fue descoloque.

—No pasa nada —me decía entonces—. Solo eres así.

Y aprendí a vivir siendo “así”.

Ahora, en cambio, el espejo no me devuelve descoloque.

Me devuelve… quietud.

Eso debería tranquilizarme.

Pero me inquieta.

Porque no me he esforzado para llegar hasta aquí. No he cambiado nada de forma consciente. No he decidido encajar mejor, ni ser distinta, ni adaptarme de otra manera.

Simplemente… ha ocurrido.

Parpadeo despacio.

Por un segundo —solo uno— el reflejo parece observarme a mí. No como una imagen, sino como si algo detrás de mis propios ojos reconociera algo antiguo.

Se me eriza la piel.

—Vale —susurro—. Esto ya es raro.

Aparto la mirada y salgo del baño con el corazón un poco más rápido. El pasillo sigue siendo el de siempre. Mi casa, mi espacio, mis cosas. Todo familiar. Todo correcto.

Y, sin embargo, camino como si no estuviera del todo despierta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.