No debería estar aquí.
Eso es lo primero que pienso cuando la siento.
No hay llamada. No hay ruptura del velo. No hay esa presión antigua que anuncia al lobo cuando alguien cruza donde no debe. Lo que hay es… otra cosa. Un peso suave. Una presencia que no empuja, no reclama, no exige.
Solo está.
Y eso es lo que la delata.
Liz.
No al lobo.
A mí.
Abro los ojos dentro del sueño —porque esto es un sueño, tiene que serlo— y el claro aparece incompleto, como si alguien hubiera olvidado terminarlo. La luna está, pero no domina. La sombra existe, pero no manda. El aire no huele a territorio ni a frontera.
Huele a ella.
—No —murmuro, más como advertencia que como negativa.
No responde.
Liz está a unos pasos de distancia. No me mira directamente. Sus manos cuelgan a los lados del cuerpo, relajadas, como si no hubiera llegado aquí haciendo nada especial. Como si este lugar también le perteneciera.
Eso es lo que me inquieta.
No debería poder estar aquí.
No así.
—No me busques —le digo, sabiendo que no me oye como deberían oírme—. No todavía.
Da un paso.
No invade.
No desafía.
Se acerca como se acerca alguien que confía en que no va a ser rechazado.
El lobo dentro de mí se levanta, alerta, pero no toma el control. No hay amenaza. No hay peligro inmediato. Solo una sensación conocida que no debería sentirse aquí: calma.
Demasiada calma.
—Esto no es justo para ti —digo, y ahora sí hay algo que se parece a culpa en mi voz—. No sabes lo que estás tocando.
Liz levanta la mirada.
Y ahí está el golpe.
No hay confusión en sus ojos. No hay miedo. No hay esa distancia humana que separa lo real de lo imposible. Me mira como me mira despierta. Como si siempre hubiera sabido que soy yo.
Abel.
No el lobo.
No la sombra.
No el alfa.
Yo.
El claro tiembla un segundo. Apenas. Como si el sueño dudara.
—No —repito, esta vez con más firmeza.
Retrocedo un paso.
Es un gesto mínimo, pero el efecto es brutal. Algo en el aire se resiente. Liz se detiene, no herida, pero sí sorprendida. No entiende por qué no la dejo acercarse si siempre lo hago.
Y eso es lo que más duele.
—No porque no quiera —añado—. Porque quiero demasiado.
El lobo gruñe bajo, incómodo. No está de acuerdo. No entiende de tiempos ni de consecuencias. Entiende de llamados, de respuestas, de vínculos que se reconocen.
Pero yo sí.
Sé lo que el consejo espera.
Sé lo que Ferh está buscando.
Sé lo que pasará cuando vean lo que despierta en ella.
Liz da otro paso.
No hacia mí.
Hacia el centro del claro.
Y por un instante —solo uno— la veo distinta. No transformada. No cambiada. Pero… alineada. Como si algo dentro de ella estuviera encontrando su lugar sin pedir permiso.
Eso no debería pasar tan pronto.
—Para —le digo, y ahora sí suena a súplica.
Se detiene.
No porque se lo ordene.
Porque me siente.
Y en ese segundo de quietud compartida entiendo lo peor:
No me está reclamando.
No me está llamando.
Me está soñando.
Y eso es mucho más peligroso.
La frontera empieza a cerrarse. No por mi voluntad, sino porque me obligo a despertar. Arranco mi conciencia de ese lugar con un esfuerzo que me deja el pecho ardiendo.
—Perdóname —susurro, sabiendo que no me oirá—. No es rechazo. Es espera.
El claro se disuelve.
Despierto con el pulso desbocado, el cuerpo tenso, la sensación de haber fallado en algo que todavía no ha ocurrido.
La cabaña está en silencio. Umbrose me reconoce. El lobo se remueve, inquieto, frustrado.
He resistido.
Solo a medias.
Y eso es lo que me condena.
Porque ahora lo sé con una certeza incómoda, irreversible:
Liz no va a dejar de buscarme.
Y yo no voy a poder seguir negándola mucho más.
Es jueves. No quiero lavantarme.
La idea no llega como un pensamiento completo, sino como una presión en el pecho. Una certeza que no necesita razonarse. El tipo de verdad que no pregunta si estás preparado.
No debería ir.
Eso es lo primero que me digo mientras me visto, mientras ajusto la chaqueta, mientras dejo que Umbrose respire sin mí unos minutos más de lo permitido. No porque no quiera verla. Precisamente por eso.
No es justo para ella.
No ahora.
El consejo observa.
Las grietas ya existen.
Y Liz… Liz no sabe en qué lugar está poniendo los pies.
Debería mantener la distancia. Debería dejar que este jueves pase como pasan los días que no se tocan. Debería protegerla incluso de mí.
Eso es lo correcto.
Pero lo correcto no pesa lo mismo que lo inevitable.
Camino hacia el parque con la intención clara de no entrar. De rodearlo. De sentir el borde y marcharme. El lobo lo sabe. Está inquieto, contenido a la fuerza, como si camináramos hacia algo que ya ha decidido ocurrir.
No pienso en ella.
No conscientemente.
Aun así, cuando cruzo la entrada del parque, la siento.
No la busco con la mirada. No hace falta. Su presencia tiene un pulso propio, uno que reconoce el mío antes de que yo lo permita. Mi cuerpo se tensa y se relaja al mismo tiempo, traicionándome.
Y entonces la veo.
Liz está sentada en el banco de siempre. No mira alrededor. No revisa el móvil. No parece esperar… y sin embargo todo en ella lo hace. Como si supiera que llegaré sin necesidad de comprobarlo.
Ahí se rompen todas las murallas.
No una a una.
Todas a la vez.
El aire cambia. El parque se vuelve demasiado pequeño. Cada sonido se afina, cada olor se intensifica. Mi pulso se acelera, el lobo despierta del todo, y por primera vez no intenta imponerse: intenta acercarse.
Esto es demasiado pronto.
Lo sé incluso mientras avanzo hacia ella, incapaz de detenerme.
—Abel —dice, levantando la vista.
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Editado: 03.01.2026