Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 25.LIZ

No recuerdo bien el camino de vuelta a casa.

Sé que caminé.

Sé que crucé calles.

Sé que abrí la puerta.

Pero todo eso ocurrió sin mí.

Mi cuerpo avanzó solo, obediente, automático, como si alguien hubiera dicho vuelve y yo me hubiera quedado atrás, todavía en el parque, todavía con su frente apoyada en la mía, todavía con ese beso que no fue una pregunta.

Cierro la puerta.

El sonido es demasiado fuerte.

Seco.

Definitivo.

Estoy sola.

La palabra no llega como una idea.

Llega como un golpe.

Sola.

El piso está igual que siempre.

Las mismas paredes.

La misma luz.

El mismo silencio doméstico que nunca había pesado tanto.

Demasiado igual para alguien a quien acaban de descolocar el mundo.

Dejo las llaves donde no van. Me quedo de pie en medio del salón, sin moverme, con el cuerpo aún inclinado hacia delante, como si esperara sentir unos pasos detrás.

No llegan.

Abel no está.

Y la ausencia no entra poco a poco.

Entra de golpe.

Llena el espacio donde él estuvo hace apenas unos minutos.

Me giro una vez.

Solo una.

Una estupidez.

Una reacción sin dignidad.

Nada.

El aire no se ha cerrado tras él.

No ha dejado rastro visible.

No hay señal de que ese momento haya existido más allá de mi cuerpo.

Y eso es lo que duele.

Porque no se besa así a alguien

y luego se va.

No se toca así una cara

y después se desaparece.

No se despierta algo

y se deja solo.

Me llevo una mano al pecho, sin pensar, como si pudiera sujetar lo que se ha quedado abierto. El corazón me late rápido, torpe, desacompasado. No de miedo. De impacto.

Estoy en shock.

No llorando.

No gritando.

Vacía por dentro y demasiado llena a la vez.

Me siento en el sofá sin decidirlo. Me quedo con los brazos colgando, la espalda recta, los ojos fijos en un punto que no existe. La escena no se repite en imágenes. No necesito verla. Está incrustada.

Su cercanía.

Su boca.

Y luego… nada.

El abandono no ha sido violento.

Ha sido limpio.

Y eso lo hace peor.

Trago saliva.

No pienso por qué se ha ido.

No pienso qué significa.

Solo pienso una cosa, clara, brutal, imposible de suavizar:

me ha dejado sola en el parque.

Y algo dentro de mí —todavía sin nombre, todavía sin forma—

no entiende cómo se sobrevive a eso.

No me quito el abrigo.

Me olvido de que lo llevo puesto hasta que el calor empieza a molestarme, hasta que la tela me roza la piel y todo se vuelve demasiado. Me lo arranco de encima con un gesto brusco y lo lanzo a cualquier parte.

El cuerpo sigue reaccionando tarde.

O pronto.

No lo sé.

Estoy temblando.

No como cuando tienes frío.

Como cuando algo dentro no sabe dónde colocarse.

La piel me arde.

No quema.

Late.

Los labios me hormiguean como si aún los estuviera usando. La mejilla donde apoyó su mano sigue caliente, constante, insistente. Me la toco sin darme cuenta. Cierro los dedos contra la cara como si pudiera borrar el recuerdo por fricción.

No funciona.

—No… —murmuro, y mi voz suena rara, ajena.

No debería sentir esto.

No después de que se haya ido así.

No después de no decir nada.

No después de dejarme sola con todo abierto.

Camino por el piso sin rumbo. Dos pasos. Me detengo. Giro. Abro una ventana. El aire frío entra y me atraviesa el pecho, pero no alivia. La cierro de golpe.

Demasiado.

Todo es demasiado pequeño para lo que me está pasando dentro.

Mi cuerpo no entiende por qué estoy aquí.

No reconoce estas paredes.

No reconoce esta quietud.

Algo en mí esperaba que él estuviera detrás.

Que hubiera vuelto.

Que ese abandono no fuera real.

La cocina. El salón. El pasillo. Recorro los espacios como si buscara una grieta por la que escapar. Me apoyo en la encimera y cierro los ojos con fuerza.

El beso vuelve.

Entero.

No confuso.

No borroso.

Claro.

Calmo.

Peligrosamente real.

El primero fue contención.

Una pregunta hecha con cuidado.

El segundo…

El segundo fue hambre.

Reconocimiento.

Algo que llevaba tiempo empujando desde dentro y, de pronto, encontró salida sin pedir permiso.

El estómago se me contrae. Trago saliva. Siento un nudo subir por la garganta, pesado, animal.

—No debería doler así… —susurro.

Pero duele.

No como tristeza.

Como desgarro.

Como si algo se hubiera abierto de golpe y nadie hubiera explicado cómo se cierra.

Me dejo caer en el sofá y me abrazo las rodillas. El corazón me late rápido, desordenado, como si estuviera esperando una señal que no llega. Cada latido repite lo mismo, insistente: se fue.

Abel no ha vuelto.

No ha mirado atrás.

No ha explicado.

Y, aun así, lo siento.

No como recuerdo.

Como ausencia viva.

Algo se mueve dentro de mí, incómodo, profundo. No es solo deseo. No es solo rabia. Es una presión nueva, una necesidad que no reconoce este lugar, esta versión de mí sentada fingiendo normalidad.

Clavo los dedos en la tela del cojín.

Me duele el cuerpo de no usarlo.

De no correr.

De no gritar.

No estoy bien.

Y lo peor es que no quiero estarlo.

Quiero entender.

Quiero verlo.

Quiero que esto deje de empujar desde dentro como si fuera a romperme.

El piso está en silencio.

Pero ya no es un silencio tranquilo.

Es contención.

Como si algo —yo— estuviera aguantando la respiración antes de hacer algo que no sabe si podrá deshacer.

Me quedo tumbada, rígida, con los ojos abiertos en la oscuridad. El cuerpo no obedece. No sabe cómo volver a un sitio que ya no existe. El pecho me duele como si hubiera corrido sin parar y ahora no encontrara aire suficiente para llenarlo.




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