Umbrose huele a noche cerrada, a madera húmeda, a piedra antigua. A control. A contención. A límites sostenidos a fuerza de costumbre y sangre vieja. Aquí dentro todo responde a mí. Siempre lo ha hecho.
Pero ahora no.
Ahora hay otra cosa.
Liz.
No su olor humano.
No el recuerdo tenue que deja alguien cuando pasa.
El rastro.
Está suspendido en el aire como una herida que no termina de cerrarse. Pegado a las sombras. Enroscado en las vigas. Como si el claro —mi claro— se negara a fingir que ella no estuvo.
Aprieto los dientes.
El cuerpo reacciona antes de que pueda ordenarle nada. Un tirón seco en el pecho. No ansiedad. No sobresalto. Reconocimiento. Como si algo dentro de mí hubiera dado un paso al frente sin pedirme permiso.
—No —gruño.
La palabra sale baja. Contenida. No es negación. Es resistencia.
Me apoyo con una mano en la mesa. La madera cruje bajo la presión. El pulso me golpea en la sien con una cadencia irregular, violenta. No es miedo.
Es consecuencia.
El lobo se agita dentro de mí. No ruge. No ataca. Empuja. Insiste. Como si no entendiera por qué sigo negándole algo que reconoce como propio. Como si, en el fondo, yo tampoco pudiera explicarlo ya.
Porque él lo sabe.
Y yo también.
El dolor llega después.
No de golpe.
No como castigo.
Lento.
Físico.
Inevitable.
La sangre me brota de la nariz sin aviso. Tibia. Espesa. Resbala por el labio y cae al suelo de madera en una gota oscura que no debería estar ahí. No hay herida. No hay golpe.
Es el cuerpo fallando a propósito.
Respiro hondo, obligando al aire a entrar. Cada inhalación es un acto consciente. Cada exhalación arrastra su nombre, aunque no lo diga en voz alta.
Liz.
No fui.
No respondí.
No acudí.
Y aun así… mi cuerpo sabe que la dejé sola.
El dolor se extiende por la espalda, tensa músculos que nunca fallan. Me doblo un poco, apoyando el antebrazo en la pared. La sombra se agita bajo mis pies, sensible, alerta, ofreciéndome la salida que siempre ha funcionado: fundirme con ella, desaparecer, dejar de sentir.
—No —repito.
Esta vez hay rabia.
No puedo permitírmelo.
No ahora.
No cuando el Consejo observa.
No cuando ella está despertando sin saber qué es.
No cuando sé exactamente quién es… y qué harían con eso si me ven a su lado.
El suelo se inclina un segundo. Parpadeo despacio. Mantengo el equilibrio por pura costumbre. He sangrado antes. He resistido antes. Pero esto es distinto.
Esto duele porque sé por qué duele.
Porque resistirme no es neutral.
Es violencia.
Pero es la única que todavía puedo elegir.
Cierro los ojos.
Y la siento.
No como imagen.
No como recuerdo.
Como presión constante en el pecho.
Como un tirón obstinado que no se cansa.
Como algo que no reclama con palabras, sino con existencia.
Liz no me llama.
Liz está.
—Te estoy protegiendo —murmuro.
No sé si se lo digo a ella o a mí.
La frase no me sostiene.
Porque la verdad pesa más:
alejarme no la ha protegido del despertar.
Solo la ha dejado despertarse sola.
La sangre vuelve a brotar. Esta vez no la limpio. Dejo que caiga. Que marque el suelo. Que me recuerde el precio exacto de esta decisión.
No fui porque sabía que, si iba, el Bosque la vería conmigo.
No fui porque sabía que el Consejo pondría los ojos en ella.
No fui porque sé lo que hacen con lo que no entienden.
Y aun así…
La dejé sola.
El dolor no pide permiso. Baja por el cuello. Se clava detrás de los ojos. El lobo se tensa, confundido, frustrado. No quiere pelear conmigo. Quiere correr hacia ella.
Y yo lo detengo.
No porque no la quiera.
Porque la quiero demasiado como para arrastrarla a lo que soy.
Me deslizo hasta sentarme en el banco junto a la pared. El cuerpo tiembla, pero no cedo. No todavía. La sombra late, desacompasada. Incluso ella empieza a fallar.
Eso es nuevo.
Eso es peligroso.
Respiro despacio. Muy despacio. Como si pudiera convencer al mundo de quedarse quieto un segundo más.
—Lo siento —susurro al vacío—. No era así como debía empezar.
La culpa no se disuelve.
No pide perdón.
Se instala.
Y aun así, con la sangre en la boca, el pecho ardiendo y el lobo empujando desde dentro, sostengo la decisión con los dientes apretados:
no fui porque sabía quién eras y supe que, si iba, te perdería de verdad.
Que el dolor sea el precio.
Pero que siga viva.
El aullido llega como un golpe seco.
No entra por los oídos.
Entra por los huesos.
La cabaña vibra apenas un segundo, pero es suficiente. La sombra se recoge bajo mis pies como si alguien hubiera tensado un hilo invisible. El lobo dentro de mí se yergue sin transición, sin permiso.
No como defensa.
Como respuesta.
Me incorporo de golpe. La sangre vuelve a brotar con más fuerza, caliente, insistente. No me limpio. No ahora. No cuando lo reconozco.
No es un aullido cualquiera.
No es llamada de clan.
No es desafío territorial.
Es rabia.
Es abandono.
Es un reclamo que no pide permiso.
El lobo empuja con violencia, exigiendo movimiento, exigiendo dirección.
Ve.
Ahora.
—No —gruño, doblándome sobre una rodilla.
Clavo la mano en el suelo para no caer. El cuerpo tiembla. La sombra intenta envolverme… y llega tarde. Ese desfase mínimo vuelve a atravesarme como una alarma.
No estoy sosteniendo bien.
La dejaste sola, insiste el lobo.
La oíste.
—Lo hice para protegerla —respondo en voz baja, con rabia rota—. Para que no la vieran.
Y aun así la oyeron.
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Editado: 03.01.2026