No pensaba encontrarlo así.
No buscándolo.
No llamándolo.
No soñándolo.
Simplemente… allí.
Abel está de pie, a unos metros, como si hubiera salido del mismo lugar donde yo llevo días atrapada. El parque —o lo que queda de él a esta hora— se encoge a su alrededor. La noche parece sostener la respiración.
Mi cuerpo se detiene antes que yo.
El aire cambia.
Siempre lo hace cuando él está cerca.
—¿Vas a decir algo? —pregunto.
Mi voz no suena como esperaba. No tiembla. No acusa. Está afilada. Contenida. Como si llevara demasiado tiempo esperando este momento.
Abel me mira como si ya supiera que esto iba a pasar.
Como si lo hubiera intentado evitar… y hubiera perdido.
—Liz… —empieza.
—No. —Doy un paso hacia él—. No empieces así.
Mis manos se cierran solas. Siento el pulso en los dedos, demasiado fuerte, demasiado presente. No sé si estoy enfadada, herida o simplemente cansada de no entender nada.
—Me besas —continúo—. Me miras como si supieras cosas que yo no. Y luego desapareces.
Abel baja la mirada un segundo. Solo uno.
Ese gesto me duele más que cualquier explicación.
—No desaparecí —dice—. Me aparté.
—¿Y eso qué cambia?
Levanta los ojos. Hay algo en ellos que no había visto antes. No distancia. No frialdad.
Culpa.
—Cambia todo —responde—. Porque si no me aparto… esto no se puede deshacer.
El corazón me golpea el pecho con violencia.
—¿Deshacer qué? —pregunto—. ¿Lo que pasó? ¿O lo que está pasando ahora mismo?
No responde enseguida. Y ese silencio es lo que me rompe.
—Siempre haces lo mismo —digo, y ahora sí noto cómo la voz se me quiebra—. Hablas como si yo llegara tarde a algo. Como si hubiera reglas que no conozco.
Doy otro paso. Ya estoy demasiado cerca.
—Mírame —le exijo—. Dime que no sentiste lo mismo.
Abel traga saliva. Su mandíbula se tensa.
—Eso no es justo.
—¿Y dejarme así sí lo es?
El aire entre nosotros vibra. No por palabras. Por lo que no estamos diciendo.
—Esto va demasiado deprisa —dice al fin—. Y no es justo para ti.
Algo en mí se rompe con un sonido seco, interno.
—No decidas eso por mí —susurro—. No vuelvas a protegerme de algo que ni siquiera me explicas.
Las lágrimas llegan sin permiso. No caen. Se quedan ahí, ardiendo.
—No soy de cristal, Abel.
Él da un paso hacia mí. Se detiene antes de tocarme.
—Eso es lo que me da miedo —dice en voz baja—. Que no lo seas.
Levanto la cabeza. Lo miro con todo lo que tengo dentro.
—Entonces deja de huir —le digo—. Porque si sigues así…
Mi voz falla.
—…me vas a perder de todas formas.
El silencio que sigue no es vacío.
Es expectante.
Como si algo estuviera a punto de moverse bajo la piel.
Y yo todavía no sé
que este es el último segundo
en el que sigo teniendo el control.
No sé en qué momento dejo de pensar.
No hay un corte limpio entre la emoción y el impulso. Solo una presión creciente, una ola que empuja desde dentro y ya no pregunta si puede pasar.
Abel sigue frente a mí.
Quieto.
Tenso.
Y eso me enfurece más de lo que debería.
—No me mires así —le digo.
Mi voz suena más grave. No rota. Distinta.
—¿Así cómo? —pregunta.
—Como si ya supieras cómo va a acabar esto.
Doy otro paso.
Invado su espacio.
No retrocede.
Algo se expande en mi pecho, caliente, salvaje. No es solo deseo. Es reconocimiento. Es territorio. Es una certeza brutal que no admite discusión.
—Has venido —susurro—. Aunque sabías que no debías.
Sus ojos se oscurecen.
—Sí —admite—. Y eso ya dice demasiado.
La cercanía me marea. El aroma de Abel me golpea de lleno y el mundo se estrecha hasta reducirse a este punto exacto entre su cuerpo y el mío. Mi piel reacciona antes que mi cabeza. Cada sentido se afila.
—Deja de contenerte —le digo.
No suena a petición.
Abel cierra los ojos un segundo, como si ese gesto fuera una frontera frágil. Cuando los abre, algo ha cambiado. No ha cedido del todo. Pero tampoco está intacto.
—Liz… —dice con voz baja, cargada—. He intentado hacerlo bien. He intentado mantenerte fuera de todo esto.
—¿Y qué ha cambiado? —pregunto.
Me mira entonces de verdad. No como quien observa un peligro, sino como quien ya ha tomado una decisión que no puede deshacer.
—Que no voy a volver a dejarte sola —dice.
No lo anuncia.
Lo promete en voz alta.
Lo afirma como si fuera una verdad que acaba de descubrir.
Algo dentro de mí se sacude.
—Has venido —repito—. Aunque sabías que dolería.
—He venido —responde— porque cuando me fui… —traga saliva— entendí que alejarme no te protegía. Solo te dejaba sola.
Mis manos se mueven solas. No tiemblan. Suben por su pecho y se aferran a su abrigo con fuerza, como si mi cuerpo hubiera reconocido esa frase antes que yo.
Abel inspira hondo. Siento cómo su control empieza a resquebrajarse, no por debilidad, sino por elección.
—No sabes lo que estás reclamando —dice.
Alzo la cara.
Nuestros labios están a un aliento de distancia.
—Entonces explícame —susurro— por qué mi cuerpo sí lo sabe.
Algo se desplaza dentro de mí.
No es una voz.
No es un pensamiento.
Es una presencia que se adelanta.
Mi respiración cambia. Más lenta. Más profunda. Mis manos aprietan sin darme cuenta y un sonido bajo se escapa de mi garganta.
Un gruñido.
Abel se queda completamente inmóvil.
No asustado.
Alerta.
—Liz… —dice ahora—. Eso que estás sintiendo…
—Es mío —respondo.
Y en ese instante sé que no soy solo yo quien habla.
El mundo se vuelve estrecho. Demasiado cercano. Demasiado vivo. Siento los latidos de Abel bajo mis palmas, fuertes, acompasados… respondiendo.
—Mírame —le ordeno.
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Editado: 03.01.2026