Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 28. ABEL

No puedo moverme.

No es cansancio. No es solo dolor, aunque lo hay. Es algo más exacto, más cruel: mi cuerpo sabe qué hacer… y aun así no responde.

Sigue obedeciendo.

Trago saliva y la herida de mi cuello responde con un pulso caliente, como un segundo corazón mal colocado. La sangre cae despacio, constante, sin prisa. Resbala por la clavícula, empapa la tela, marca el suelo del parque humano con gotas oscuras que no deberían existir aquí. Este lugar no conoce pactos. No conoce marcas. No conoce errores irreversibles.

Y aun así, me está viendo sangrar.

Respiro hondo.

No sirve.

El aire entra, pero no calma. No cierra. No repara. Se queda atascado en el pecho como si incluso mi respiración dudara de mí.

Cierro los ojos un instante.

Nunca imaginé que ella…

que ella…

La imagen vuelve sin pedir permiso.

No como sueño.

Como impacto.

Liz pegada a mí, demasiado cerca, demasiado real, con una fuerza que no era suya y, al mismo tiempo, lo era por completo. Sus ojos brillantes, desbordados. Su respiración rota. Su boca buscando la mía como si la distancia fuera una ofensa.

Y yo…

Yo no fui inocente en esto.

Me digo que la aparté.

Que intenté contenerla.

Que era el deber.

Pero el cuerpo no sabe mentir.

Lo que recuerdo no es solo miedo.

Es el placer.

La forma en que me atravesó cuando ella me reclamó sin palabras. La sacudida primaria, brutal, de sentir que alguien me reconocía sin pedir permiso al consejo, al clan, a la sombra, a las reglas.

La forma en que el lobo se levantó dentro de mí… y no para proteger.

Para responder.Se me tensan los dedos contra el suelo.

No fue “me atrapó”.

Fue: me encontró.

Y eso es lo que no debería haber pasado.

Porque durante un segundo —solo uno, pero fue suficiente— no fui Abel Umbrose. No fui alfa. No fui equilibrio. Fui cuerpo. Fui hambre. Fui algo que llevaba demasiado tiempo dormido y, al sentirla, decidió despertar sin preguntar.

Trago otra vez.

La garganta me quema.

Yo me mordí.

Lo hice para frenar.

Para no sellar.

Para no reclamarla cuando no estaba en sí.

Pero esa no es toda la verdad.

La verdad completa es esta: me mordí a mí mismo porque lo que quería morder… era a ella.

La culpa llega como un golpe seco en el estómago.

No es elegante.

No es noble.

No es de esas que te convierten en mártir.

Es sucia.

Es la culpa de reconocer que una parte de mí disfrutó de ese instante en que todo se rompía. De ese momento en que dejar de contenerme se sintió… como respirar por primera vez en años.

Y eso me repugna.

Porque yo sé lo que soy cuando dejo de contenerme.

Sé lo que puede hacer el lobo cuando el deseo se confunde con derecho.

Sé lo que pasa cuando el alfa confunde protección con posesión.

Por eso la aparté.

Por eso intenté irme.

Por eso…

Pero no me dio tiempo.

La marca en mi cuello late como si tuviera memoria propia. No cierra. No quiere cerrar. Como si el bosque —o algo más antiguo— estuviera dejando la herida abierta para que yo no olvide.

Que esto pasó.

Que esto existe.

Que yo dejé que pasara.

La sangre cae otra vez, caliente, y noto cómo mi cuerpo tiembla. No de frío. De contradicción.

El alfa que soy sabe que esto es un desastre.

El lobo que llevo dentro cree que es destino.

Y Abel…

Abel está aquí, en medio, sangrando en un parque humano, inmovilizado por una orden que todavía vibra en mis huesos.

No me sigas.

La escucho sin oírla. La siento como un peso en la columna. No es solo una frase. Es autoridad vieja. Primordial. Y lo peor es que no vino de Liz.

Vino de algo que habló a través de ella.

Me obligo a levantar la cabeza.

Las farolas iluminan el suelo manchado. El árbol contra el que me apoyé sigue ahí, quieto, indiferente. La ciudad respira normalidad alrededor como una burla.

Y yo no debería estar aquí.

Debería estar persiguiéndola.

Debería estar sellando el daño.

Debería estar arreglando lo imposible.

Pero no puedo.

Aprieto la mandíbula hasta que me duele.

—Lo siento… —murmuro, sin saber a quién.

No es una disculpa bonita.

Es una confesión rota.

Lo siento porque la dejé huir.

Lo siento porque la deseé.

Lo siento porque me gustó.

Lo siento porque una parte de mí, si pudiera, la buscaría ahora mismo solo para volver a sentir ese segundo exacto en el que dejó de existir el mundo.

Y eso es lo que me condena.

Porque no estoy sangrando solo por la herida.

Estoy sangrando porque, por primera vez en mucho tiempo, no sé si temo más perderla…

o encontrarla y no poder volver a ser el que era.

Y el cuerpo, obediente, inmóvil, lo entiende antes que yo: el no retorno no fue la marca.

Fue el placer de reconocerla.

Y saber que, aun así, la dejé sola.

El aire cambia antes de que lo oiga.

El mundo se recoloca con esa precisión incómoda que solo tiene Marcus, como si incluso el caos supiera abrirle un pasillo estrecho para pasar.

—Abel.

No es una pregunta.

Abro los ojos. Su figura se recorta a pocos metros, quieta, leyendo la escena como quien entra en un campo de batalla cuando la peor parte ya ha ocurrido. No corre. Nunca lo hace. Observa primero.

El parque equivocado.

La sangre en el suelo.

Yo, de rodillas, obediente a algo que no debería existir aquí.

Sus ojos bajan a mi cuello. Luego al antebrazo. Se detiene ahí un segundo de más.

La mordida es clara.

Profunda.

Demasiado consciente.

—No… —murmura Marcus—. No lo hiciste.

Cierro los ojos.

—No

El sonido que se le escapa del pecho no es enfado todavía. Es incredulidad. De esa que duele más que un golpe.

—Eres idiota —dice—. ¿Me escuchas?




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