Camino.
No porque quiera.
Porque si me detengo, me rompo.
Las piernas avanzan a trompicones, demasiado rápido, demasiado fuerte. El cuerpo va por delante y yo voy detrás, arrastrada, intentando alcanzarme a mí misma sin conseguirlo. No pienso. No ordeno. Me muevo como se mueven los animales heridos: sin dirección clara, con urgencia.
La ciudad sigue ahí.
Y eso me da rabia.
Semáforos. Coches. Voces. Gente que no sabe que tengo la boca manchada de sangre que no debería haber probado nunca. Gente que no sabe que mis dientes hicieron algo para lo que no estaban hechos.
Trago saliva.
El sabor sigue ahí.
Metálico. Espeso. Pegajoso.
Se me queda en la lengua como si el cuerpo se negara a soltarlo, como si quisiera recordarme exactamente cómo fue.
Me froto la boca con el dorso de la mano, con fuerza. Demasiada. Me hago daño y aun así no se va.
—No —gruño—. No.
Pero mi mandíbula duele.
Duele como si aún estuviera apretando.
Como si algo dentro siguiera empujando, reclamando espacio donde no debería haber colmillos.
El hilo aparece de golpe.
Un tirón seco en el pecho, brutal, que me arranca un jadeo. Nace en el esternón y se clava hacia la noche como una orden física, no como una idea.
—¡No! —escupo—. No me lleves ahí.
Mis pies aceleran.
No los controlo.
Aprieto los puños hasta que las uñas me abren la piel. Necesito anclarme, sentir dolor humano, algo que me recuerde que todavía soy yo.
—Para —digo, con la voz rota—. Para ya.
El cuerpo no escucha.
Se endereza. Se afina. Se prepara.
El equilibrio cambia sin pedirme permiso. Los sonidos se multiplican, se superponen: pasos lejanos, respiraciones ajenas, un motor al ralentí. Todo entra demasiado fuerte, demasiado claro.
Me mareo.
—Esto no soy yo —digo, casi gritando.
También lo eres.
La frase me atraviesa como un golpe.
El aire cambia de golpe ahora. Ya no poco a poco. De repente. El asfalto huele a humedad, a óxido, a algo vivo que no debería estar aquí. La piel se me eriza. El corazón me late como si estuviera a punto de saltarme del pecho.
Es hambre.
Me detengo en seco, doblada sobre mí misma, respirando mal.
—No —jadeo—. No quiero esto.
El hilo tira más fuerte.
Y entonces me golpea el recuerdo con violencia.
Su cuello.
La piel cediendo.
El sonido ahogado.
La sangre caliente llenándome la boca.
El cuerpo reacciona antes que yo.
Un escalofrío brutal me recorre entera. Las piernas me flaquean. No de culpa.
De placer.
—No… —susurro, horrorizada—. No me gustó.
Mentira.
El estómago se me revuelve, pero no de asco. De rabia. De una rabia espesa, animal, dirigida contra mí misma.
Porque encajó.
Porque fue fácil.
Porque durante un segundo exacto, cuando lo mordí, todo tuvo sentido.
Me llevo las manos al pecho, arañando la ropa como si pudiera arrancarme algo de dentro.
—No soy así —gruño—. No soy esto.
Pero el cuerpo tiembla, cargado, preparado, como si hubiera pasado demasiado tiempo esperando permiso.
Y entonces lo entiendo con una claridad cruel que me deja sin aire: no fue un accidente. No fue perder el control.
Fue despertar.
Y el caos no acaba de empezar.
El caos soy yo, caminando por una ciudad que todavía no sabe que algo dentro de mí ya ha cruzado un límite del que no se vuelve.
El mundo se vuelve demasiado estrecho para contenerme.
Los sonidos ya no llegan ordenados: chocan. Se pisan. Cada respiración ajena es un roce insoportable. Cada paso detrás de mí suena como una amenaza. Puedo oler a la gente antes de verla: sudor, miedo, detergente barato, piel viva. Demasiado viva.
Aprieto los dientes.
Siento presión en la mandíbula.
Un dolor sordo, nuevo.
Como si los huesos estuvieran reajustándose por dentro.
—Para… —jadeo—. Para ya.
El cuerpo no se detiene.
Acelera.
Mis zapatillas golpean el suelo con más fuerza de la necesaria. Cada zancada es larga, torpe, violenta. Me llevo por delante a alguien sin querer. Un hombro choca contra el mío. Escucho una exclamación, una queja.
No me giro.
No porque no quiera disculparme.
Porque si me giro… no sé qué haría.
El hilo tira otra vez, más abajo ahora, como si hubiera descendido de lugar. Ya no nace solo en el pecho. Me atraviesa el vientre, la columna, los muslos. Todo mi cuerpo apunta en la misma dirección.
—No —gruño—. No me empujes.
La respuesta no llega en palabras.
Llega en impulso.
Una papelera aparece en mi camino. No la esquivo. El cuerpo se mueve solo: giro, apoyo el pie, empujo.
Demasiado fuerte.
La papelera sale despedida y choca contra una pared con un estruendo metálico. El sonido me sacude el cráneo como un disparo. La tapa sale volando. Algo se rompe.
Me quedo quieta un segundo, respirando como si acabara de correr kilómetros.
—No… —susurro—. No he sido yo.
La piel me arde.
Los músculos vibran.
Has sido tú.
Retiro las manos del aire como si acabara de tocar fuego. El pulso no baja. Sube. El pecho se me expande de una forma que no reconozco, como si necesitara más espacio del que mi cuerpo humano puede ofrecer.
Alguien grita más atrás.
Una voz. Aguda. Humana.
El sonido entra en mí como una descarga.
Todo se afila.
Me giro de golpe, sin pensar. Los sentidos se abren de par en par y por un segundo veo demasiado: luces parpadeando, sombras moviéndose, una silueta que se detiene al verme.
El miedo ajeno me golpea.
Y algo dentro responde.
No con huida.
Con defensa.
Un sonido sale de mi garganta antes de que pueda cerrarla.
Es un rugido bajo, quebrado, que me rasga por dentro y hace que la persona retroceda un paso.
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Editado: 03.01.2026