Cuando el lobo aúlla, la loba se despierta

Capítulo 30. ABEL

—Para. Abel, para ya… maldito cabezota.

Marcus no me lo pide. Me lo lanza, como si la voz pudiera empujarme hacia atrás. Como si decirlo bastara para clavarme al suelo.

No funciona.

Ojalá fuera tan simple.

El intento de moverme no llega a ser un paso. Es un espasmo. Un tirón seco en la espalda, una presión brutal en la nuca, como si algo antiguo se reajustara dentro de mis huesos para recordarme cuál es mi sitio.

NO ME SIGAS.

No es un pensamiento. No es una frase.

Es ley.

La orden se me mete por dentro con una precisión quirúrgica: se engancha a la columna, se aprieta alrededor del pecho, me corta el aire y me deja el cuerpo entero convertido en un límite. Como si cada músculo supiera que desobedecer no es desobedecer.

Es pagar.

La sangre me sube a la boca antes de que pueda respirar bien. Me cae por la nariz, caliente, espesa, y resbala por el labio inferior. No es una herida limpia. No es noble. Es humillación: el cuerpo recordándome que la obediencia en Umbrose no se discute sin consecuencias.

Marcus lo ve y le cambia la cara.

—¿Lo notas? —escupe, ya sin paciencia—. ¿Lo notas o prefieres fingir que esto es fuerza?

Me apoyo con una mano en el suelo. La tierra húmeda se me mete bajo las uñas. Los brazos me tiemblan, pero no de debilidad. De contención. De rabia comprimida hasta el límite.

Y de dos heridas que no cuentan la misma historia.

La del antebrazo… la que me hice yo. Ya no sangra. La del cuello no.

La del cuello es otra cosa.

Cada latido empuja sangre nueva, como si la marca tuviera voluntad propia. No cierra porque no debe cerrar. Porque fue ella. Porque es un vínculo abierto en carne, y el cuerpo lo sabe aunque yo me empeñe en llamarlo “herida”.

No se cerrará hasta que yo acepte lo que significa.

Hasta que la marque.

Y todavía no lo he hecho.

—No… —consigo decir, pero la palabra se rompe en la garganta—. No estoy… cediendo.

Marcus suelta una risa breve, seca, sin humor.

—Claro que no. Estás “sosteniéndolo”. Como siempre. Maldita sea, Abel.

Se coloca a mi lado, no delante. No intenta imponerse. Nunca lo hace. Se pone donde puede sostenerme si caigo… sin convertirse en otra orden.

—No es fuerza lo que te falta —dice, con esa ironía peligrosa que usa cuando está asustado—. Es sentido común. Y tú con eso siempre has sido tacaño.

Trago saliva.

Y entonces la siento.

No como imagen.

Como golpe.

Un vacío súbito, silencioso. Como si Liz hubiera dejado de sostenerse por dentro. Como si se hubiera sentado en el suelo de sí misma y hubiera decidido no levantarse todavía.

Se me escapa el aire con un sonido feo, animal.

—No… —jadeo.

Marcus gira la cabeza hacia mí al instante. Lo nota. Siempre lo nota.

—¿Qué? —pregunta, tenso—. ¿Qué has sentido?

Me sabe a hierro.

—Se está… apagando —digo, y decirlo me rompe algo por dentro—. No corre ya. No lucha. Está… vacía.

La orden reacciona al nombre como si la hubiera provocado.

Se tensa.

Me aprieta el pecho. Me roba el aire. El dolor sube por la columna, frío, absoluto… no para doblarme por fuera, sino para romperme por dentro, milímetro a milímetro, por atreverme a ir en contra de lo que ella me dijo.

Porque una orden así no se incumple gratis.

Y menos cuando viene de alguien como Liz.

Marcus me agarra del hombro.

—No empujes —gruñe—. No ahora. No así. Un alfa puede sobrevivir a desobedecer… pero una orden primordial te revienta por dentro.

Lo miro con los ojos ardiendo, la sangre cayéndome por la cara, el cuello latiendo como una boca abierta, y la garganta hecha una cuerda.

—Si no empujo… —susurro— la pierdo.

Marcus cierra los ojos un segundo. Cuando los abre, ya no hay ironía.

Solo decisión.

—Entonces deja de fingir que puedes quedarte quieto —dice—. Pero si vas a moverte… hazlo sabiendo que esto no te va a perdonar.

El silencio que cae no es tregua.

Es advertencia.

Y mi cuerpo, aún clavado al suelo, ya entiende que quedarse aquí no es aguantar.

Es rendirse.

El primer paso no debería existir.

Lo doy igual.

No hay épica en ello. No hay decisión limpia. Es torpeza pura: el pie arrastrándose, la rodilla cediendo, el cuerpo avanzando a pesar de que algo dentro de mí insiste en que no tengo derecho a hacerlo.

La orden reacciona al instante.

No con un golpe.

Con corrección.

El mundo se me va hacia un lado, como si alguien hubiera movido el eje sin avisar. Y el dolor… el dolor no viene de la herida.

Viene de la desobediencia.

Marcus me sujeta antes de que caiga de bruces. No me levanta. Me sostiene.

La diferencia importa más de lo que parece.

—Joder, Abel… —gruñe—. Te estás desangrando.

—Lo sé.

La sangre baja caliente por el cuello, por la clavícula, empapa la camiseta y se pierde bajo la tela como si buscara quedarse conmigo. La herida late con un pulso propio, irregular, furioso. No cicatriza. No lo intenta.

—No puedo cerrarla —añade—. Y tú lo sabes.

Asiento una vez, corto.

—No quiero que la cierres.

Marcus me mira como si quisiera insultarme otra vez… y no encontrara una palabra lo bastante grande.

—Claro que no —dice—. Porque sufrir es tu manera favorita de creer que sigues teniendo el control.

El lobo dentro de mí se tensa. No hacia fuera. Hacia dentro. Como si me sujetara la columna para que no me parta.

Liz.

La siento de nuevo.

No como caída ahora.

Como agotamiento.

Un cansancio que no es físico. Es alguien que ha dejado de pelear contra sí misma porque ya no le quedan fuerzas. No veo la imagen entera, pero el estado es claro: espalda apoyada en algo frío, respiración rota, el cuerpo encogido como si hacerse pequeño pudiera protegerla.

El aire se me queda atrapado en el pecho.

—Marcus… —murmuro—. Está en el borde.




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