Despierto despacio.
No como otras veces, arrancada del sueño con el corazón golpeando por dentro y la cabeza llena de imágenes rotas. Antes de dormirme todo fue ruido: el cuerpo en alerta, pensamientos superpuestos, el impulso ciego de venir hasta aquí sin saber por qué. Caminé, crucé el bosque, abrí la puerta de la cabaña como si alguien me estuviera esperando aunque no supiera ponerle nombre. Me acosté sin desvestirme del todo, con el pulso todavía alto, sin entender nada. Solo necesitaba parar.
Y ahora…
Ahora estoy despierta, pero el caos se ha ido.
Los sentidos, en cambio, no. Están demasiado despiertos. Todo se siente con una nitidez incómoda, como si el mundo hubiera subido el volumen mientras yo dormía. El aire en los pulmones. El roce de la sábana en la piel. El peso exacto del cuerpo contra el colchón.
Y entonces aparece la pregunta.
Sencilla. Desnuda.
¿Quién soy?
No me asusta. Cruza la mente y se queda ahí, suspendida, como una hoja que cae lento.
No abro los ojos todavía.
Despierto envuelta en un olor que reconozco antes de pensar.
Abel.
No su nombre. Su presencia.
Bosque húmedo, madera vieja, piel caliente y ese matiz tibio que siempre me afloja el pecho por dentro. La cama es suya. Lo sé sin verlo. Lo sé por cómo el cuerpo baja la guardia sin pedírselo, como si al reconocer el lugar entendiera que ya no hace falta sostenerse.
Respiro más hondo.
La calma me recorre despacio, desde la nuca hasta el estómago. No es un golpe. Es una caricia que no toca. Todo se vuelve más lento. Más blando. El cansancio sigue ahí, pesado, pero ya no duele. Ya no amenaza.
Me dejo estar.
Me dejo caer dentro de ese olor que dice: aquí no pasa nada.
El cuerpo lo entiende antes que yo.
Las sábanas están calientes, hundidas en el punto exacto donde él duerme. El colchón cede bajo mi espalda como si aún guardara su forma. Trago saliva. La boca sigue seca, la garganta algo áspera, pero ya no importa tanto.
Por un instante, casi sonrío.
Y entonces algo se mueve.
No afuera.
Dentro.
Un matiz que no encaja del todo. Un hilo áspero que raspa la suavidad del aire. Vuelvo a inspirar, más despacio. Más atenta.
Ahí está.
No es nuevo. Es… conocido.
El estómago se tensa antes de que pueda ponerle nombre. No debería oler eso aquí. No en su cama. No mezclado con él. La calma no se rompe de golpe, pero se resquebraja, como un cristal fino al que alguien acaba de rozar sin querer.
Sigo quieta.
El cuerpo ya no descansa del todo.
Escucha.
Lo recuerdo con claridad ahora, como si el cuerpo lo hubiera guardado mejor que la memoria.Estaba enfadada. Con él, con todo, conmigo. Necesitaba silencio. Espacio. Aire.
Y aun así, mientras cerraba la puerta de esta cabaña, supe algo con una certeza extraña: me encontraría.
No porque lo hubiera prometido.
Porque siempre lo hace.
Ese pensamiento debería haberme tranquilizado entonces. No lo hizo. Me enfadó más. Y, sin embargo, ahora, al verlo aquí, entiendo algo que no sé explicar del todo: hay una calma que me atraviesa solo con saber que fue él quien llegó primero.
Abro los ojos del todo.
Y lo que veo no es el Abel que conozco.
No está fuerte.
No está seguro.
No ocupa el espacio como suele hacerlo.
Su aura —esa sensación invisible que siempre me hace sentir sostenida cuando está cerca— está apagada, retraída, como si se hubiera encogido sobre sí misma. Hay algo roto en la forma en que descansa. Algo que no debería estar ahí.
Me incorporo despacio, con cuidado de no despertarlo.
Su respiración es irregular. No errática, pero sí frágil. Como si cada inhalación tuviera que decidir si vale la pena continuar. Me acerco sin pensar, guiada por un impulso más antiguo que cualquier razonamiento.
Mi mano encuentra su pecho.
El latido está.
Firme.
Terco.
Vivo.
El alivio me atraviesa, breve, intenso. Dura poco.
La imagen del parque me golpea, yo no siendo yo y mordiéndole. Entonces la huelo.
La sangre no entra de golpe. Está ahí desde el principio, mezclada con él, pero ahora sé reconocerla. Mi nariz sigue el rastro sin que yo lo decida. Bajo la mirada.
El cuello.
La venda está mal cerrada. Oscura en los bordes. La sangre no corre, pero tampoco ha terminado de secarse. Es una herida abierta. Se me tensa el estómago.
Subo la vista al brazo, casi por instinto.
La cicatriz está ahí. La marca que se hizo a sí mismo. Cerrada. Limpia. Antigua en comparación. No sangra. No duele ya. Es memoria, no peligro.
Trago saliva. El enfado que traía conmigo se deshace en algo más denso. Más incómodo. Culpa, quizá. O miedo. O las dos cosas juntas.
No parece el Abel que siempre parece tenerlo todo bajo control.
Parece alguien que ha pagado un precio.
Y, sin saber todavía cuánto ni por qué, una certeza silenciosa se instala en mi pecho: esto tiene que ver conmigo.
Me quedo ahí, inclinada sobre él, escuchando su respiración, leyendo su cuerpo como si fuera un mapa que todavía no sé interpretar del todo.
Y, por debajo de todo, persistente, imposible de ignorar...
Vuelvo a respirar hondo.
Una vez más.
Y luego otra.
La sangre sigue ahí.
Al principio intento convencerme de que es solo suya. Que es normal. Que tiene sentido. Está herido. He visto el cuello. He visto la venda. Todo encaja… en teoría.
Pero el cuerpo no está de acuerdo
La nariz lo capta antes de que la cabeza pueda construir una explicación.
Me quedo quieta, muy quieta.
Inspiro despacio, separando matices, como si el aire se hubiera vuelto un idioma que empiezo a entender sin haberlo aprendido. Abel sigue oliendo a Abel. A bosque, madera, a calor, a casa.
Pero mezclado con eso hay otra cosa.
Se me eriza la piel de los brazos. No es miedo. Es alarma. Esa que no grita, pero empuja desde dentro con una urgencia silenciosa. El estómago se me tensa. La espalda también.
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Editado: 03.01.2026