Despierto despacio.
No de golpe. No entero.
Lo primero es el dolor. Sordo, constante, agarrado al cuello como si dudara entre aplastarme o dejarme seguir respirando. Intento tragar saliva y el gesto se rompe a mitad. El cuerpo responde tarde. Siempre tarde. Como si aún no estuviera convencido de que merece volver.
El aire entra irregular. Frío. Demasiado presente.
No abro los ojos. Todavía no. Antes hay que escuchar con el cuerpo. Medir el pulso. La tensión en los músculos. El equilibrio frágil entre moverse o pagar por hacerlo.
Estoy tumbado. Eso llega primero. Y no estoy solo.
Liz.
No necesito verla. Está en la forma en que el aire a mi alrededor se vuelve cuidadoso, en ese silencio contenido que no pesa, pero alerta. Demasiado quieta. Forzándose a no moverse. A mantener distancia. Eso me dice más que cualquier gesto.
Intento mover la mano. Apenas lo consigo. Los dedos responden torpes, ajenos, como si todavía no fueran míos. Un tirón seco en el cuello me enseña rápido la lección: despacio.
Respiro.
El latido sigue ahí. Firme. Obstinado. Me aferro a él un segundo más de lo necesario, como si pudiera anclarme al mundo solo con eso.
Entonces lo noto.
Otra presencia.
Más lejos. Controlada. No invade, no se aproxima. Pero vigila.
Marcus.
No hace falta girar la cabeza. No hace falta abrir los ojos. Está cerca de la puerta como un guardián. De pie. Quieto.
El cuerpo termina de ordenar la escena antes que la memoria: la cabaña, la cama, el dolor que no cede, Liz a la defensiva, Marcus en guardia.
Sigo aquí.
Y eso, por sí solo, ya dice demasiado.
Pero algo en mí no ha salido ileso.
Respiro otra vez, más despacio, y esta vez sí abro los ojos.
Abro los ojos y lo entiendo todo de golpe.
Liz está de pie, a los pies de la cama, con el cuerpo adelantado apenas un centímetro, lo justo para cubrir. No descansa en ninguna pared; se sostiene sola, firme, alerta. Las manos abiertas, tensas. La mandíbula apretada. La mirada clavada en la puerta.
Odio.
No hacia mí.
Hacia el hombre que está allí.
Marcus ocupa el umbral como una sombra que no invade, pero pesa. No se mueve. Observa. Liz no le quita los ojos de encima ni un segundo. Cada músculo suyo está preparado para saltar si él da un paso más.
Ella no está enfadada.
Está protegiendo.
Respiro despacio. El cuello duele, pero el dolor queda en segundo plano. Ahora sé qué tengo que hacer.
Me incorporo con cuidado. El cuerpo aún me duele, pero no importa. Nada importa cuando la veo así. Hago que el movimiento sea visible, lento, predecible. Como si cada gesto pudiera decirle estoy aquí, no voy a romper nada más.
Doy un paso hacia ella. Luego otro. El corazón me bombea con una fuerza que me descoloca. Sigue latiendo por ella, a pesar de todo. A pesar de la sangre. A pesar de la orden que casi me apaga.
—Hola —susurro junto a su oído.
Es una palabra pequeña. Casi doméstica. La digo suave, como quien enciende una luz mínima para no espantar la noche.
Liz se gira al oírme. Primero los ojos. Luego el cuerpo. Cuando me mira, algo en ella se afloja. No del todo. Pero lo suficiente como para que el aire vuelva a entrar.
Levanto la mano y la apoyo en su mejilla. No la tomo. La dejo ahí, ofreciéndome. Su piel está caliente, tensa, como si todavía estuviera lista para huir. Me observa como si necesitara comprobar que sigo siendo yo. Que no me ha perdido.
—Estoy despierto —le digo—. Ven.
Le cojo la mano con cuidado, sin tirar, sin imponer nada. Caminamos juntos dos pasos hasta la cama. Ella no deja de vigilar la puerta; su atención va y viene, alerta. Me coloco un poco delante, sin taparle del todo la visión. Solo lo justo para que no tenga que sostenerlo todo sola.
—No tienes que quedarte ahí —murmuro—. Estoy contigo.
La ayudo a sentarse en el borde de la cama y le acerco el vaso de agua.
—Bebe —le pido—. Despacio.
Obedece. Dos sorbos pequeños. Cuando me devuelve el vaso, nuestros dedos se rozan. Me quedo un segundo más del necesario. Ella también. Como si ese contacto mínimo fuera un ancla.
Le coloco la manta sobre los hombros. Ajusto el borde en su cuello con un cuidado casi cotidiano. Ese gesto sencillo logra lo que no han logrado las palabras. Su respiración empieza a acompasarse con la mía.
—Respira —le digo muy bajo.
Alzo su barbilla con el pulgar, pidiéndole permiso con el gesto. Me lo concede. Apoyo la frente en la suya. Respiro con ella. Uno. Dos. Tres. La tengo tan cerca que el recuerdo me atraviesa sin avisar.
La última vez que la vi, sus dientes se estaban clavando en mi garganta.
Su voz rompiéndome por dentro.
La orden. El vacío. La sangre.
Y ahora está aquí. Despierta. Viva.
No lo pienso. No debería. Pero hay algo en mí —egoísta, herido, demasiado humano— que lo necesita. Como si ese gesto pudiera convencer a mi cuerpo de que no fue un final.
La beso.
No con urgencia, pero sí con hambre contenida. Un beso breve, casi robado, que se me escapa antes de poder detenerlo. No le pido nada. No reclamo. Es solo… la necesidad de sentirla real. De saber que no estoy besando un recuerdo.
Cuando me separo, no me alejo. Me quedo ahí, respirando cerca, dispuesto a aceptar cualquier cosa que venga después.
A mi espalda, Marcus se mueve.
No lo miro. No hace falta. Lo entiende. Se va sin ruido, sin gesto, como quien sabe cuándo una escena no le pertenece. El aire se vuelve más ligero cuando desaparece.
Vuelvo a Liz. Le apoyo la mano en su espalda. Ella se inclina un poco hacia mí. Se deja.
—Yo vigilo ahora —le digo—. Descansa.
Y por primera vez desde que despertó, su cuerpo baja la guardia.
La tengo entre mis brazos y todo encaja.
No como una absolución.
Como un lugar donde seguir respirando.
Liz respira contra mi pecho, más despacio ahora. La tensión no ha desaparecido del todo, pero ya no empuja hacia fuera. Antes estaba defendiendo territorio. No de mí. De Marcus.
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Editado: 03.01.2026