Abel está detrás de mí, su pecho contra mi espalda, un brazo rodeándome la cintura con la firmeza justa para que no me caiga… ni me escape.
Respiro y él respira conmigo.
Eso es lo primero que noto: que no tengo que buscar el aire. Está ahí. Entra y sale sin pelearse conmigo. El mundo no empuja. No pide nada.
Me quedo quieta un momento más de lo necesario, como si moverme pudiera romper algo que acaba de encontrar su forma. Su respiración es profunda, irregular a ratos, pero constante. Viva. Me concentro en eso.
Así es como se supone que se está.
Abel se mueve apenas. No se aparta. Solo ajusta el brazo, más cerca de mi vientre, y apoya la barbilla en mi hombro. Su gesto es lento, cuidadoso, como si incluso dormido supiera que no debe hacer ruido.
—¿Estás bien? —murmura, con la voz todavía baja, gastada por el sueño.
Asiento antes de responder.
—Sí.
Mi voz sale ronca, pero tranquila. No tiembla. Eso me sorprende.
Nos quedamos así unos segundos más. No hay necesidad de decir nada. El silencio no pesa; se queda con nosotros, respirando al mismo ritmo.
Entonces lo noto.
Algo metálico, suave, casi escondido bajo el olor a bosque, a madera y a piel. Tardo unos segundos en reconocerlo, y cuando lo hago, el cuerpo se me tensa antes de que pueda evitarlo.
Sangre.
No fresca. No reciente del todo. Pero ahí.
Me muevo lo justo para girar un poco la cabeza. Abel reacciona al instante, como si mi tensión hubiera atravesado su piel antes que mi movimiento.
—Tranquila —dice—. No pasa nada.
No le contesto. Bajo la mirada.
El vendaje del cuello asoma por debajo de la camiseta. La tela está oscura en algunos puntos, endurecida. Sangre seca… y algo más reciente, todavía brillante en el borde.
Se me encoge el estómago.
—Abel… —susurro.
Intento incorporarme, pero él me lo pone fácil: afloja el brazo y se aparta lo justo para dejarme espacio sin romper del todo el contacto. Su mano se queda en mi cintura, como ancla.
—Es una tontería —dice—. Ya cerrará.
No suena convencido. Pero tampoco preocupado. Como si hubiera decidido restarle importancia a propósito.
—Déjame ver —le digo.
No es una petición. Tampoco una orden. Es algo intermedio. Necesidad.
Él duda apenas un instante. Lo noto en cómo se tensa el cuello, en cómo traga saliva con cuidado.
—Liz…
—Por favor.
Suspira, resignado, y se incorpora un poco más. Se quita la camiseta despacio, como si el gesto fuera más íntimo de lo que debería ser. La deja a un lado sin mirarla.
—¿Te duele?
—Un poco —admite—. Nada que no pueda aguantar.
Levanto la vista y lo miro. De verdad.
—No tienes que hacerlo.
Algo pasa por sus ojos. No es culpa. No es orgullo. Es… aceptación.
—Estoy bien —repite—. De verdad.
No le respondo.
Me inclino despacio y empiezo a desatar la venda con un cuidado extremo, como si cada movimiento tuviera que pedir permiso. Como si la piel pudiera recordar antes que nosotros.
La tela cede poco a poco. Demasiado poco a poco.
Debajo, la herida aparece abierta, roja, aún viva. El surco irregular en su cuello es inconfundible. No es limpia. No es accidental.
La hice yo.
Cuando mis dedos rozan su piel por primera vez, Abel se tensa. Cierra los ojos. No dice nada, pero lo noto en el modo en que su respiración cambia, en cómo su cuerpo se prepara como si esperara el golpe… o algo peor.
Y yo no sé por qué, pero siento como si acabara de cruzar un límite invisible sin darme cuenta.
Trago saliva.
Sigo trabajando en silencio, concentrada en no apretar demasiado, en no hacerle daño. Mis manos no tiemblan, pero todo lo demás en mí sí. Cada gesto es lento, medido.
Abel abre los ojos un segundo y me observa. Hay algo atento en su mirada, algo que no juzga. No hay reproche.
Aprieto los labios.
—Lo siento —murmuro al fin, sin saber muy bien si se lo digo a él o a la marca que dejé en su piel—. No debería seguir abierta.
Vuelvo a tocarlo. Más despacio aún. Como si esta vez no estuviera curando solo carne, sino algo que rompí sin medir la fuerza.
Y Abel no se aparta.
Frunzo el ceño sin querer.
—Abel… —digo en voz baja—. Esto…
No termino la frase. No quiero darle forma todavía.
Él inclina un poco la cabeza, intentando ver sin moverse demasiado. El gesto le tensa el cuello y se le escapa un siseo breve.
—Ey —dice—. Tranquila.
—No debería seguir así —murmuro—. Debería estar cerrada.
Abel suelta una risa baja, casi perezosa.
—Me estás mirando como si fuera a desangrarme delante de ti.
Levanto la vista.
—No me hace gracia.
Él se encoge de hombros con cuidado, como si el gesto le costara más de lo que quiere admitir.
—He tenido heridas peores.
—Eso no significa que esta no importe.
Se queda callado un segundo. Me observa con atención, como si midiera algo más que mis palabras. Hay una calma extraña en su mirada, una que no coincide del todo con la ligereza de su tono.
—Cierra —dice al fin—. Solo necesita tiempo.
No estoy convencida. Y creo que él lo sabe.
El olor vuelve a subir, más intenso ahora. No me marea. No me aparta.
Me informa.
El pensamiento vuelve, molesto, inevitable.
¿Que soy?
—Liz.
Parpadeo y levanto la vista. Abel me está mirando de frente. Los ojos oscuros, tranquilos, pero atentos. No parece herido. Parece… expuesto.
—Respira —me dice—. Estás muy tensa.
Obedezco sin darme cuenta. El aire entra, sale. Algo en mi cuerpo se recoloca.
—Perdona —murmuro—. No quiero hacerte daño.
—No lo estás haciendo.
Su voz es firme ahora. No defensiva. Convincente.
—Esto —añade, señalando la herida sin tocarla— no es culpa tuya.
Aprieto los labios.
—No he dicho eso.
—Pero lo estás pensando.
Me quedo quieta. La venda a medio ajustar entre mis dedos. No me gusta que me lea así. No ahora. No cuando todo está demasiado cerca de la piel.
#834 en Novela romántica
#151 en Fantasía
#92 en Personajes sobrenaturales
conflictointerno, relación sobrenatural, relación emocional intensa
Editado: 03.01.2026