Liz duerme.
No como antes. No rígida. No alerta. Duerme con el cuerpo abandonado de quien ha decidido —aunque no lo sepa todavía— que aquí puede bajar la guardia.
En Umbrose, el silencio no es vacío.
Es estructura.
La cabaña no está hecha solo de madera. Está hecha de límites. De una sombra que no se apaga ni cuando no hay fuego. De líneas que el cuerpo aprende a respetar antes que la cabeza.
Su respiración va y viene despacio, regular. El pecho se le eleva con suavidad. Cada vez que exhala, algo en mí se recoloca, como si el cuerpo recordara para qué sirve seguir vivo.
Paso los dedos por el borde de la manta, ajustándola apenas sobre su hombro. No porque tenga frío. Porque necesito hacer algo con las manos que no sea temblar
—Nunca te lo dije —pienso—. No así.
No porque no quisiera.
Porque decirlo entero me obligaba a aceptar que no había vuelta atrás.
La primera vez fue el olor.
No tu cara. No tu voz. No tu nombre.
El olor.
Un rastro que no encajaba en ninguna regla del bosque plateado. No era humano. No era lobo. No era nada que yo supiera colocar en el mundo sin romper algo. Me atravesó como una blasfemia.
Te odié por eso.
Por existir fuera del equilibrio que llevo sosteniendo desde que aprendí a respirar como alfa. El equilibrio no se cuestiona cuando funciona. Se defiende. Se protege. Se mantiene a costa de uno mismo.
Y tú… tú lo moviste todo sin saberlo.
Me acerqué por rabia. Por deber. Por esa necesidad antigua de corregir lo que no debería estar ahí. Devolver el mundo a su sitio.
Y entonces no huiste.
No atacaste.
No fingiste.
Me miraste.
Y algo en mí —algo que no tenía derecho a despertarse— respondió.
Desde ese día empecé a perder cosas.
Primero fue el control del sueño.
Entrabas sin permiso. No como intrusa. Como alguien que ya conocía el camino. Yo era el lobo y aun así no mandaba nada. Tú estabas allí, empujando el límite, probando la distancia, reclamando espacio en un lugar donde nadie debería haber llegado.
Debería haberte apartado.
No lo hice.
Debería haberte cerrado la puerta.
La dejé abierta.
Me enamoré de ti como se enamora un humano.
Sin estrategia.
Sin cálculo.
Sin pensar en consecuencias.
Me enamoré de tu forma de ocupar el silencio. De cómo el mundo parecía menos afilado cuando estabas cerca. De cómo mi cuerpo dejaba de prepararse para la guerra cuando respirabas a mi lado.
Y cuando te besé, supe que ya era tarde.
Ese beso no fue un error. Fue una rendición.
Por eso huí después.
No de ti.
De lo que significabas.
Porque amarte no ponía en riesgo solo mi vida. Ponía en riesgo todo lo que juré sostener. El bosque. El claro. El equilibrio que Umbrose mantiene incluso cuando nadie lo agradece.
Pensé que si me alejaba, si volvía a ser solo alfa, solo sombra, solo límite… te salvaría.
Me equivoqué.
Volviste.
Siempre vuelves.
Y cuando cruzaste el límite de los sueños, cuando empujaste con todo lo que eras sin saber todavía qué eras… yo ya no tenía dónde esconderme.
Cuando soltaste a tu loba.
Cuando tus dientes se clavaron en mi garganta.
No sentí miedo.
Sentí orgullo.
Y supe que había perdido.
La herida no cerró porque no quise cerrarla.
Porque reclamarte era atarte a un mundo que no elegiste.
Y no reclamarte… era dejarte sola frente a él.
Elegí quedarme en medio.
Elegí sangrar.
Elegí sostener algo que no puede sostenerse sin romperse.
Paso los dedos con cuidado por tu cabello, apenas rozando, sin despertarte. Sigues aquí. Viva. Real. Ajena a la historia completa que llevo escrita en el cuerpo.
—Esta es mi culpa —pienso—. No tuya.
No por amarme.
Por permitirme olvidar quién era cuando te miraba.
Soy Abel Umbrose.
Alfa del clan sombra.
Guardián del equilibrio del bosque plateado.
Y te elegí.
No como destino.
No como deber.
Como hombre que se cansó de vivir sin ti.
Pero elegirte a ti no era solo elegir amor.
Era elegir un nombre que el bosque pronuncia en voz baja desde antes de que yo naciera.
Respiro despacio.
Y miro tu espalda subir y bajar con calma, como si dentro de ti no viviera algo capaz de ajustar un mundo entero.
Y lo más extraño es esto:
Umbrose lo siente.
Como si las sombras en las esquinas se volvieran más densas no para asustarte… sino para colocarse. Para estar listas. Para recordar su función: contener sin invadir. Sostener sin poseer.
Y por primera vez no uso este refugio para esconderme del bosque.
Lo uso para aceptar que lo inevitable ya está aquí.
Marcus está dentro antes de que lo vea.
No entra del todo. Nunca lo hace. Se apoya en el marco, el hombro ladeado, como si la cabaña fuera un tablero y él conociera exactamente la casilla desde la que conviene observar.
Liz duerme.
Marcus la mira apenas un segundo.
Luego baja la vista a mi cuello.
Un gruñido bajo. Controlado.
No de amenaza. De desaprobación.
—No la has reclamado.
No hay ironía. Eso viene después.
No respondo. Ajusto la mano sobre la manta. Un gesto mínimo. Marcus lo ve.
Alza una ceja.
—Claro —murmura—. Prioridades.
Da dos pasos. Se detiene. Me rodea con la mirada sin acercarse. Siempre hace lo mismo cuando está evaluando daños.
—¿Sabes lo que ha hecho el consejo mientras tú dormías? —pregunta, sin esperar respuesta—. Probar límites. Buscar grietas. Ver si podían meter el hocico donde no deben.
Se encoge de hombros.
—Como siempre.
Me observa. Ladea la cabeza.
—Y como siempre, he sido yo el que ha cerrado la puerta antes de que entraran.
Silencio.
—No la has reclamado —repite—. Y no es eso lo que me enfada.
Gruñe otra vez. Más bajo.
#834 en Novela romántica
#151 en Fantasía
#92 en Personajes sobrenaturales
conflictointerno, relación sobrenatural, relación emocional intensa
Editado: 03.01.2026