No me despierta un ruido.
No hay golpes.
No hay gritos.
No hay alarma.
Me despierta una dirección.
Abro los ojos sin saber por qué, y durante un segundo todo parece normal: la cabaña en penumbra, el olor a madera húmeda, el calor todavía presente en las sábanas. El mundo sigue en su sitio. Nada ha cambiado.
Y, aun así, algo en mí ya está en pie.
No es una voz.
No es un pensamiento.
Es una presión suave, constante, justo debajo del esternón. No duele. No empuja. Tira. Como si una parte de mi cuerpo hubiera decidido levantarse antes que yo y ahora esperara, paciente, a que el resto la siga.
Respiro hondo.
El aire entra distinto. Más denso. Más lento. Como si no fuera mío del todo.
Me incorporo despacio, cuidando de no hacer ruido, y entonces lo entiendo: no es urgencia lo que siento. Es certeza. Esa forma incómoda de saber algo sin tener palabras para explicarlo.
Tengo que ir.
No sé a dónde.
No sé para qué.
Pero sé que quedarme sería mentirme.
Me llevo la mano al pecho sin darme cuenta. El latido está ahí, firme, acompasado, pero no marca el ritmo. Hay otro pulso debajo, más antiguo, más profundo, marcando un compás que no recuerdo haber aprendido nunca.
No tengo miedo.
Eso es lo que más me desconcierta.
Si esto fuera peligro, mi cuerpo lo sabría. Si fuera una trampa, algo en mí se resistiría. Pero no hay resistencia. Solo una calma extraña, concentrada, como la que precede a una decisión que ya está tomada aunque todavía no la haya formulado.
Me levanto.
El suelo está frío bajo los pies. Lo noto apenas. Camino hacia la puerta como si la cabaña fuera más pequeña de lo que era hace unas horas, como si ya no pudiera contenerme del todo.
Antes de salir, me detengo un segundo.
No para dudar.
Para recordar.
El calor compartido.
La respiración acompasada.
La forma en que, por primera vez, no me sentí rota ni incompleta.
Cierro los ojos un instante.
Me inclino hacia la cama y apoyo la frente en la madera, justo donde su respiración aún deja calor. No lo despierto. No necesito hacerlo. Hay cosas que se dicen mejor cuando no pueden responderse.
Me inclino hacia la cama y apoyo la frente en la madera, justo donde su respiración aún deja calor. No lo despierto. No necesito hacerlo. Hay cosas que se dicen mejor cuando no pueden responderse.
—Espérame —pienso—. Solo un poco más.
—Te lo prometo.
La promesa se acomoda en mi pecho con una suavidad engañosa. Encaja demasiado bien. Como si aún creyera que las promesas siempre saben a futuro.
Me enderezo despacio. Abro la puerta.
El bosque me recibe en silencio.
No como un lugar.
Como alguien que ya sabía que iba a salir.
Doy el primer paso fuera…
y algo en mí se contrae, apenas perceptible, como si el cuerpo hubiera entendido antes que la cabeza que hay promesas que no se rompen de golpe.
Se rompen después.
Y entonces lo siento con claridad absoluta:el claro me está llamando.
El aire cambia antes de que lo vea.
No es un sonido. Es una resistencia. Como si el bosque, de pronto, ofreciera oposición justo en el punto exacto donde voy a pasar.
Me detengo.
—¿Otra vez tú?
La voz me sale más firme de lo que me siento. No hay miedo. Hay cansancio. Ese cansancio raro que aparece cuando alguien ocupa un sitio que no le pertenece… pero actúa como si siempre hubiera estado ahí.
Está apoyado en un tronco oscuro, medio fundido con la sombra. No parece sorprendido de verme. Ni molesto. Me observa como quien confirma algo que ya sabía.
Marcus está de pie, recto, separado del tronco del árbol como si no necesitara apoyarse en nada. No parece sorprendido. No parece molesto. Parece… inevitable.
—Sí.
Nada más.
La rabia me sube de golpe.
—¿Qué haces aquí?
—Cumplo mi parte.
—¿Tu parte de qué?
No responde de inmediato. Me observa como se observa algo que no debería existir.
—Sigues sin saberlo —dice al fin.
Aprieto los dientes.
—Entonces apártate. No tienes ningún derecho.
—Nunca lo he necesitado.
La frase me atraviesa como un golpe bajo.
—Deja de hablarme así.
—¿Así cómo?
—Como si yo fuera un problema.
Marcus no parpadea.
—Es que lo eres.
El aire se me queda atrapado en el pecho.
—No me conoces.
—No necesito hacerlo.
Su mirada baja un instante. No a mí. Al suelo. Al bosque. Al lugar que se abre más allá.
—El bosque no llama porque sí —dice—. Y cuando lo hace, nunca es por algo bueno.
—No sabes lo que siento.
—No me importa.
La honestidad es tan brutal que me quedo sin palabras.
—¿Siempre eres así de cruel?
—No —responde—. Solo cuando alguien va a arrastrar a otros con él.
—No pienso arrastrar a nadie.
Marcus alza la mirada. Por primera vez hay algo distinto en sus ojos. No compasión. Cansancio.
El silencio pesa.
—Abel no debería pagar esto —añade—. Y aun así lo hará, si sigues avanzando.
El nombre me quema.
—No hables de él.
—Hablaré de lo que haga falta.
Da un paso a un lado, dejando libre el camino. El gesto no es una invitación. Es una condena.
—Aún no sabes qué te espera —dice—. Eso es lo único que te protege ahora.
—¿De qué?
—De elegir con conocimiento.
La rabia me tiembla en las manos.
—Te odio un poco —digo.
Marcus no se inmuta.
—Eso significa que aún eres humana.
Paso junto a él sin mirarlo.
Su voz cae detrás de mí, sin elevarse.
—No te sigo para protegerte —dice—. Te sigo para asegurarme de que nadie mienta sobre lo que pase después.
No me giro.
Porque si lo hiciera, tendría que preguntarle qué sabe.
Y no estoy segura de querer oírlo.
El bosque se abre.
El claro me llama.
Y yo avanzo sin saber que cada paso ya está siendo contado.
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Editado: 03.01.2026