Duermo.
Pero no tranquilo.
El cuerpo está tenso, como si algo estuviera mal colocado incluso en descanso. No hay imágenes claras, no hay recuerdos ordenados. Solo una sensación persistente de que algo se aproxima sin hacer ruido.
Primero lo siento en el cuerpo, como se sienten las cosas importantes: sin aviso, sin permiso. Una presencia que no empuja, pero ocupa. Que no reclama, pero pesa.
Liz está aquí.
No como antes.
Frunzo el ceño. Mi respiración se altera. El lobo bajo la piel se agita, inquieto, reconociendo una verdad que la mente aún no nombra.
No dice mi nombre.
No dice nada.
Y eso es lo que me despierta por dentro.
Siento el calor antes del contacto. Una cercanía contenida, como si cada gesto estuviera midiendo algo que no debe romperse. Como si el silencio fuera una norma.
Algo roza mi frente.
Luego…
Sus labios.
El beso no pide respuesta.
No se queda.
No intenta despertar nada.
Es breve. Exacto. Definitivo.
Y mi cuerpo lo entiende antes que yo.
El pecho se me contrae. La respiración se corta un segundo. El vínculo —ese hilo constante que nunca cuestioné— vibra, se tensa, y de pronto… se desplaza.
No se rompe.
Se aleja.
Abro los ojos.
No del todo.
Lo justo para verla.
Está ahí, inclinada sobre mí, con los ojos brillantes y quietos, sosteniendo algo que no me entrega. Nos miramos.
El silencio entre nosotros no es vacío.
Es ley.
Intento moverme. Decir algo. Retenerla pero el cuerpo no responde.
Porque ya es tarde.
Su forma empieza a retirarse del sueño como se retiran las cosas que no pueden quedarse sin hacer daño.
—Liz…
Pero ella ya no está.
El sueño se resquebraja.
Y entonces… Despierto antes de abrir los ojos.
Respiro despacio. El aire entra limpio, frío, cargado de bosque. Todo parece en orden… y, sin embargo, no lo está.
Busco el vínculo.
No con un gesto consciente, sino como se busca el pulso propio al despertar: una comprobación automática, íntima, inevitable.
Frunzo el ceño.
Hay algo que se interpone entre nosotros sin romper del todo la conexión. Siento resistencia, un leve zumbido bajo la piel, una incomodidad física difícil de nombrar. El vínculo está… mal afinado.
Abro los ojos.
Me incorporo despacio.
El cuerpo está en alerta antes que la mente. Los músculos tensos. El lobo inquieto, pero no agresivo. No ruge. Observa.
Me llevo la mano al pecho.
Nada.
Ni la calma compartida.
Ni el eco de su respiración.
Ni esa certeza muda de saberla ahí, incluso cuando dormía.
Trago saliva.
—No… —murmuro, más para comprobar mi propia voz que como negación.
Cierro los ojos un segundo más e insisto, con cuidado, como si forzar el vínculo pudiera terminar de romperlo.
Nada responde como debería.
Me pongo en pie.
El suelo frío bajo los pies me ancla al presente. El lobo se mueve bajo la piel, inquieto ahora, reconociendo el mismo desajuste que yo. Algo está ocurriendo.
Y aún no sé qué es. Pero lo sabré pronto.
El bosque no guarda desequilibrios sin cobrarlos.
El rastro no es limpio.
El bosque respira. Las hojas pisadas de una forma que no corresponde a ningún animal común. La tierra removida sin violencia, como si alguien hubiera pasado por aquí sin querer dejar marca… y aun así la hubiera dejado.
Liz.
No lo sé por el vínculo. Ese sigue mal colocado, interferido, opaco.
Lo sé porque el lobo lo sabe.
Avanzo entre los árboles con los sentidos abiertos, siguiendo esa ausencia concreta que solo ella deja. El bosque no se resiste. Tampoco me guía. Observa.
Entonces lo percibo.
Otro olor. Familiar. Viejo.
Marcus.
Está apoyado contra el tronco de un roble, a unos metros del sendero. No se oculta. Tampoco se muestra del todo. Como siempre: presente sin imponerse.
—Vas tras ella —dice, antes de que yo abra la boca.
No es una pregunta.
Me detengo, pero no retrocedo.
—Sí.
Marcus inclina la cabeza apenas. Sus ojos recorren el suelo, las ramas, el aire mismo. Lee el bosque como un mapa que no necesita trazarse.
—El claro se ha movido —dice—. No de sitio. De intención.
Aprieto la mandíbula.
—Lo sé.
—No —corrige—. Lo intuyes. No es lo mismo.
Doy un paso más. El rastro sigue llamándome, tirando desde algún punto más profundo.
Marcus se separa del árbol y camina a mi lado unos metros, sin interponerse.
—No voy a detenerme —respondo.
—No te lo he pedido.
Me mira entonces. Su expresión no es dura. Es precisa.
—El equilibrio no se rompe siempre con violencia, Abel. A veces se rompe porque alguien se niega a soltar.
—¿Y si a veces se salva porque alguien se queda?
Marcus suelta una breve exhalación por la nariz. Casi una risa sin humor.
—Eso es lo que dicen los que están demasiado cerca para ver el borde.
Seguimos caminando. El bosque se cierra un poco más. El aire se vuelve más frío.
—Lo que duerme ahí dentro —dice, señalando con la barbilla hacia la profundidad— no distingue entre intención y consecuencia.
—Ella sí.
Marcus se detiene. Yo también.
—Eso es lo que más me inquieta —responde—. Que creas que esto va de ella sola.
Silencio.
El rastro se intensifica. Liz está más cerca.
—No he venido a convencerte —continúa Marcus—. Ni a detenerte. He venido porque cuando el caos empieza a respirar… alguien tiene que ser testigo.
—¿Testigo de qué?
Marcus sostiene mi mirada un instante largo.
—De que, cuando cruces lo que estás a punto de cruzar, ya no podrás decir que no lo sabías.
El lobo bajo mi piel se mueve. No en desacuerdo.
Asiento una sola vez.
—Nunca lo he dicho.
Marcus da un paso atrás, despejando el camino sin solemnidad.
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Editado: 03.01.2026