Cuando el mundo se apago

Capitulo 1

– El Barco

El cielo estaba cubierto de nubes bajas, grises como ceniza. El aire era denso, inmóvil, con ese silencio extraño que se siente antes de una tormenta... o de algo peor. Cada bocanada que inhalábamos se sentía espesa, como si estuviésemos respirando el aliento de algo antiguo. Nos encontrábamos en una isla olvidada, sin nombre, rodeados por un mar espeso y sin fin. El agua no era azul. Era negra, como petróleo hirviendo, sin reflejos, sin vida.

Éramos cinco: tres compañeros que apenas recordaba, una chica valiente que corría como si el miedo no la tocara, y yo. Sobrevivientes. Cazadores. ¿Víctimas? Todavía no lo sabíamos. Pero lo presentíamos.

No hablábamos. No había necesidad. Todos compartíamos esa mirada cargada, ese temblor leve en los dedos. El suelo bajo nuestros pies estaba cubierto de hojas secas que crujían con cada paso, como si la misma isla no quisiera que pasáramos desapercibidos.

Fue entonces cuando lo vimos.

Un barco emergió desde la niebla del horizonte. No navegaba... se deslizaba. Como si algo lo empujara desde abajo. Como un cadáver flotando a la deriva. Su madera podrida crujía con cada golpe de ola, un quejido largo y lastimero que parecía venir de dentro. Desde lejos ya se notaba: no era un barco común. Las velas colgaban como piel desgarrada, rotas y manchadas de una sustancia oscura.

Y en la cubierta, se movían. No personas. No del todo. Cosas. Criaturas de aspecto humano, o algo que alguna vez lo fue. Piel quemada por el sol, enrojecida y agrietada, como si se estuvieran pudriendo desde adentro. Ojos vacíos, sin alma. Mandíbulas abiertas, dientes al descubierto, como si el hambre los estuviera consumiendo.

No hablaban. Gruñían. Chillaban. Uno de ellos cayó por el borde del barco y no hizo ni un solo esfuerzo por nadar. Se hundió sin gritar, como si el mar lo estuviera reclamando.

Sabíamos que venían por nosotros.

Teníamos un plan. Uno que apenas logramos construir con nervios de acero y el tiempo corriéndonos en la nuca: llevarlos hacia la zona norte de la isla, donde el terreno era rocoso, estrecho, perfecto para una emboscada. Íbamos a dividirlos, acorralarlos... eliminarlos. Eso creíamos.

Pero todo salió mal.

Cuando el casco del barco tocó tierra, del interior comenzaron a salir más. Decenas. Cientos. Como si no tuvieran fin. Descendían sin miedo, cayendo unos sobre otros, impulsados solo por el deseo de alcanzarnos. Corrían como si el dolor no existiera. Como si el infierno los estuviera arrojando hacia nosotros.

Gritamos.

Corrimos.

La selva tembló bajo nuestros pasos desesperados. Las ramas nos golpeaban la cara, el sudor nos nublaba la vista, los pies resbalaban en el barro. Yo podía escuchar la respiración entrecortada de mis compañeros, el crujido de ramas, el golpeteo de pies descalzos y huesudos pisándonos los talones. El aire olía a humedad, a madera podrida, a sangre.

Ella corría adelante. Más rápido. Su silueta se deslizaba entre los árboles como un rayo, con una agilidad que no parecía humana. Su cabello oscuro ondeaba como una sombra viva. Yo la seguía con el corazón en la garganta, sabiendo que si me detenía aunque fuera un segundo, me alcanzarían.

Algo me rozó la espalda. No miré. No podía. Solo seguí corriendo.

Entonces lo vi.

Un pasillo natural entre las rocas, a mi izquierda. Angosto. Oscuro. Sin pensarlo, giré bruscamente y me lancé hacia él. Cada músculo de mi cuerpo gritaba. Me raspé el hombro contra la piedra, pero no paré. Había un árbol atravesado entre medio del pasillo. Me agaché detrás, conteniendo la respiración.

Silencio.

Solo mis latidos, atronadores en mis oídos.

Las criaturas pasaron. Justo detrás mío. No se percataron de mí, ni del árbol. Una de ellas tropezó y se arrastró por el suelo como una araña rota, gimiendo. La vi de cerca. Su rostro era una máscara de carne arrancada, los dientes chasqueaban al aire como si todavía buscara morder algo.

Cuando la última figura desapareció entre los árboles, no me moví. Me quedé allí, jadeando, con la espalda pegada a la roca húmeda. Me dolían los pulmones. Tenía las manos cubiertas de sangre... no sabía si era mía.

Algo se movió a mi derecha. Un crujido. Giré lentamente.

Era ella. La chica. Me miraba desde el otro lado del pasillo. No decía nada. Solo me miraba. Había algo en sus ojos... algo apagado.

Iba a hablar. A llamarla.

Pero su rostro cambió. Comenzó a sonreír. Lenta, dolorosamente. Sus labios se estiraron de más, hasta romperse. Detrás de la piel... había dientes. Filosos. Demasiados. Su piel se cuarteaba como tierra seca. Grité.

Y entonces...

Desperté.

Me incorporé de golpe, empapado en sudor. La habitación estaba a oscuras. Podía escuchar mi respiración acelerada, los latidos golpeando mi pecho como un tambor roto. El colchón debajo de mí parecía más duro de lo normal. Busqué con la vista alguna señal de que seguía soñando, que la isla todavía estaba ahí, que esa sonrisa seguía en la penumbra.

Pero no. Estaba en mi cuarto.

El silencio era absoluto.

Demasiado absoluto.




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