Cuando el mundo se apago

Capitulo 2

– El despertar equivocado

Me quedé sentado en la cama, respirando con dificultad. El sudor frío corría por mi espalda como si aún estuviera en esa maldita isla. Los ecos de los gritos, el crujido de la madera podrida, los dientes... todo seguía ahí. No en la habitación, pero sí dentro de mí. Como si no hubiera despertado del todo.

Me roté los ojos. Necesitaba calmarme.

Pero entonces noté algo.

El silencio.

No el silencio común de una madrugada cualquiera, sino uno denso, irreal. Ni un auto pasando por la avenida, ni el murmullo lejano dela ciudad, ni siquiera el zumbido del refrigerador. Todo era...demasiado quieto.

Miré hacia la televisión. No recordaba haberla dejado encendida, y sin embargo, ahí estaba. Parpadeando. Una lluvia de píxeles bailaba por la pantalla como si estuviera atrapada en un error. Colores rotos. Líneas verticales. Un glitch constante que parecía observarme devuelta.

Me levanté con cautela. Cada paso se sentía como una decisión. Me acerqué al aparato, con la intención de apagarlo, pero antes de que pudiera siquiera extender el brazo... la imagen cambió.

Un parpadeo. Un chasquido seco.

Y luego, el horror.

Las líneas desaparecieron, y por un segundo, una imagen nítida tomó el control: una mujer corría entre autos volcados, cubierta de sangre, gritando algo que no se escuchaba. La cámara temblaba como si alguien la hubiera arrojado al suelo. La señal se interrumpía por momentos, pero las escenas seguían: edificios en llamas, humo negro cubriendo el cielo, gente huyendo... y otros comiéndose entre sí.

Tragué saliva.

Mis piernas retrocedieron solas, chocando contra el borde de la cama. La transmisión no parecía un programa. No era una película. Era real. Las fechas y horas aparecían en la esquina de la pantalla. Todo era en directo.

—¿Qué...carajo...? —murmuré.

Mis pensamientos eran un torbellino. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaba la policía? ¿Dónde estaban todos? Miré mis propias manos, temblaban como si ya no me pertenecieran. Parte de mí quería creer que era un montaje, una broma macabra... pero en el fondo, lo sabía. Esa mirada de la mujer. El caos. Las llamas. No era ficción.

Mi celular vibró en la mesa de noche. Un solo mensaje. Pantalla bloqueada. Notificación fija:

"Alerta nacional: manténgase en su hogar. Cierre puertas y ventanas. No confíe en nadie."

Ese último consejo se me clavó en el pecho como un puñal. No confíe en nadie. ¿Qué significaba eso? ¿Quién envía algo así? ¿El gobierno? ¿La policía?

Sin pensar me acerqué a la ventana. Aparté la cortina con dos dedos. Afuera, la ciudad parecía suspendida. Las farolas iluminaban las calles vacías. Algunos autos estaban detenidos en mitad de la avenida, como si sus conductores los hubieran abandonado en plena marcha.

El cielo tenía un tono rojizo, sucio, como si la noche se hubiera podrido.

Me quedé mirando unos segundos más.

Y entonces la vi.

Una mujer apareció corriendo por la calle.

Descalza. Rota. A los gritos.
—¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Alguien que me ayude!—gritaba mientras golpeaba una puerta tras otra.
Mi corazón se aceleró.
No sabía qué hacer.
No podía moverme.
Y entonces... llegaron ellos.
Tres figuras deformadas. Corriendo con una agresividad que no era humana. Uno de ellos la alcanzó por la espalda, y fue como si se le lanzara una jauría salvaje. Ella gritó. Por última vez.
Los otros dos se abalanzaron también. Gritos. Mordidas. Carne.
Yo... me quedé mirando. Helado. Inútil.
No podía creer lo que estaba viendo.
Quise cerrar los ojos.
Quise dejar de existir por unos segundos.
Pero ya era tarde.
Uno de ellos... se detuvo.

Se giró lentamente, como si algo lo hubiera alertado. Su cabeza apuntaba directo a mi ventana. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda como una cuchilla helada y me agaché de golpe, conteniendo el aliento. Mi corazón martillaba tan fuerte que pensé que podrían oírlo.

Entonces, un sonido lejano rompió el silencio.

¡BEEP!BEEP! BEEP!

Una alarma de auto comenzó a sonar desde la calle. Los tres...esas cosas...giraron sus cabezas al unísono hacia la dirección del ruido y sin pensarlo, comenzaron a correr hacia el sonido como animales salvajes.

Me asomé lentamente de nuevo.

La señora que había intentado escapar... ya no era una persona. La vi tirada en la vereda, boca abajo, con toda la espalda desgarrada. La columna estaba expuesta, como si su piel hubiera sido arrancada con las manos. Las piernas estaban destrozadas. Casi irreconocibles.

Sentí el estómago darme un vuelco. No pude evitar retroceder tambaleándome, con las manos en la boca, conteniendo las ganas de vomitar. Quise hablar con mis padres, saber si ellos estaban bien, si esto estaba pasando en casa, Así que... Agarré el celular y escribí un mensaje, pero...

No había señal.

Fue ahí cuando me di cuenta de que estaba realmente solo de que solo una cosa era cierta:

Esto no era un sueño.

Esto era el principio del fin. Y lo estaba viviendo en primera persona...

Luego de ver esa escena escalofriante y quedarme perplejo sentado en el borde de la cama no podía quedarme ahí esperando. Quizás alguno de mis vecinos sabía algo. Tal vez no era el único.

Me calcé unas zapatillas salí del cuarto y me dirigí a la sala, en ese momento agarré una escoba—lo único que parecía mínimamente útil como arma—y abrí la puerta del apartamento.

El pasillo del edificio estaba en penumbras. Avancé despacio, con los pies apenas tocando el suelo. Cada paso se sentía más pesado que el anterior. Pasé frente a la puerta de doña Rosa, la vecina del 405.Siempre dejaba una alfombrita con flores y una campanita en el picaporte.

La alfombra ya no estaba. La campanita, doblada.

Seguí caminando.




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