Cuando el mundo se apago

Capitulo 3

-Ecos de lo Inexplicable

Sentí cómo mis brazos temblaban al sostener con desesperación el palo de escoba, mientras la señora Gladis, fuera de sí, se me abalanzaba con los ojos inyectados en sangre y la boca abierta, lanzando mordidas al aire como una bestia rabiosa. Su aliento era fétido, mezclado con un olor metálico a sangre seca. Yo estaba en el suelo, atrapado, con ella encima mío, rugiendo y tratando de alcanzar mi cuello. Cada vez que intentaba mover la cabeza para esquivar sus dentelladas, sentía el filo del miedo acercarse más y más.

La escoba era lo único que me separaba de una muerte violenta. Sus manos temblaban, arañaban el aire, y sus dientes chocaban con la madera a centímetros de mi rostro. Mis músculos ardían del esfuerzo. Estaba solo. O al menos eso creía.

Entonces, como si el destino me hubiera dado un respiro, una figura apareció por mi derecha y lanzó una fuerte patada directa a la cabeza de Gladis. El impacto fue brutal. La mujer salió disparada hacia atrás, cayendo de espaldas con un ruido seco que hizo eco en las paredes. Yo me quedé tirado, paralizado, respirando con dificultad, tratando de entender qué acababa de pasar.

—¡Vamos, levántate! —gritó el hombre que acababa de salvarme mientras extendía su mano.

Me ayudó a incorporarme justo cuando Gladis empezó a moverse otra vez, sacudiéndose como un animal herido. Estaba apunto de reincorporarse cuando, sin dudarlo, el hombre tomó un jarrón de la cómoda al lado del pasillo y lo estrelló con fuerza contra la cabeza de Gladis. El golpe la dejó inmóvil de inmediato. La sangre comenzó a salir a borbotones por la herida. El silencio que siguió fue sepulcral.

Yo lo miré sin poder decir una palabra.

—No hay tiempo, tenemos que salir de acá —me dijo, casi arrastrándome hacia la puerta—. Ese tipo que estaba en la cama, el esposo, no debe tardar en levantarse.

Apenas salimos del apartamento 403, un grito desgarrador nos heló la sangre. Venía desde el dormitorio. Pedro. Era como si una criatura lo estuviera desmembrando. Cerramos la puerta de golpe. Yo temblaba por dicha situación.

—Vamos, no es seguro quedarnos en este pasillo —me dijo en voz baja.

Asentí en silencio, con la respiración agitada, todavía sacudido por el terror.

Mientras caminábamos con pasos apresurados pero silenciosos por el pasillo, me atreví a preguntar:

—¿Sabes qué está pasando?

El hombre me miró y se llevó un dedo a los labios.

—No hables fuerte —susurró—. Si hablas así, capaz nos escuchan.

Cuando llegamos al final del pasillo, abrió la puerta de emergencia con cuidado. Asomó la cabeza, escaneó las escaleras con la mirada, y luego me hizo una seña. Subimos sin hacer ruido. Cada crujido de los escalones era una amenaza, una posible alerta para lo que fuera que anduviera ahí abajo.

Mi mente era un torbellino. Estaba ocurriendo algo que desafiaba toda lógica. Cada paso en esa escalera me alejaba delo que conocía como realidad. Al llegar al siguiente piso, el ambiente cambió. La luz parpadeaba. El aire olía a óxido y humedad, y lo peor: a sangre.

Salimos al corredor del piso superior, justo encima de mi departamento. Caminamos unos tres metros, pasando frente a tres apartamentos. Todas las puertas estaban cerradas. Pero las paredes...las paredes estaban marcadas con huellas de manos ensangrentadas. El piso tenía rastros evidentes de un cuerpo arrastrado, una línea roja que conducía directamente a una de las puertas cerradas.

Me detuve, hipnotizado por aquella escena de horror. Sentía náuseas, como si todo mi sistema se negara a aceptar que aquello era real.

—¡Adentro! —dijo el hombre, abriendo una puerta a su izquierda.

Entré sin pensarlo. Él cerró con rapidez y arrastró un mueble viejo que tenia a un costado de la entrada, sellando el paso como si esperara que algo la embistiera en cualquier momento.

—¿Estás bien? —me preguntó—. ¿Te mordió?¿Te arañó?

Negué con la cabeza, aún temblando.

—No... no me tocó. Por poco...

—Menos mal —suspiró—. Si te llegan a morder...parece que te transformas en uno de ellos.

—Gracias —le dije con la voz quebrada—. Si no hubieras aparecido... yo estaba muerto.

El tipo asintió, se acercó y me ofreció una silla de madera.

—Sentate. Yo soy Miguel. ¿Y vos?

—Alex un gusto pero, ¿Cómo es que sabes que si te muerden te conviertes en eso?

—Bueno, Alex... no sé mucho, pero te cuento lo que vi. Tal vez nos ayude a entender.

Asentí en silencio, aún tembloroso.

Miguel se sentó frente a mí, sus ojos reflejaban el peso de lo vivido.

—Yo trabajo como guardia de seguridad en el shopping Punta Carretas. Ayer hice el turno de la noche, todo normal. A eso de las dos de la mañana salí. Montevideo estaba... rara. Demasiados autos parados en la calle, con las puertas abiertas. Algunos con las luces encendidas. Algo no me cerraba.

Se frotó la cara, como intentando ordenar sus pensamientos.

—Cuando estaba por cruzar Bulevar Artigas, escuché un golpe contra mi auto. Fue en la ventana del acompañante. Un gurí, desesperado, me gritaba que lo ayudara, que venían. Estaba descalzo, con la mirada desorbitada.

—¿Y lo ayudaste? —pregunté, aún en shock.

—No. Pensé que era un intento de robo. Le grité que se fuera. Entonces... aparecieron dos figuras detrás de él. Como sombras. Se le tiraron encima. Uno lo tumbó, le mordía el cuello, el otro... le abría el estómago con las manos. Lo vi todo. No eran personas normales, Alex. No eran humanos.

Sentí un nudo en el estómago. Lo que estaba contando era imposible. Y sin embargo... yo también había visto lo imposible.

—Intenté irme. Metí marcha atrás, aceleré. Uno de ellos se me quedó mirando. Me gruñó como un animal. Y corrió hacia el auto. Apenas logré girar el volante, y cuando miré por el retrovisor, vi que el chico comenzaba a levantarse... con todas esas heridas abiertas en su cuerpo, cuando se levantó, también —al igual que el otro—soltó un rugido inhumano. En ese momento, aceleré a fondo y escapé.




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