Cuando el mundo se apago

Capitulo 4

– La mirilla

El golpe seco volvió a escucharse.

No fue fuerte.
No fue desesperado.
Fue... preciso.

Me sobresalté en la silla, el corazón latiéndome en la garganta. Miguel levantó la cabeza al instante. Nos quedamos inmóviles, conteniendo la respiración, como si el simple acto de existir pudiera delatarnos.

Otro golpe.
Mismo sonido.
Mismo intervalo.

No venía de nuestra puerta.

Miguel me miró, frunciendo el ceño. Se llevó un dedo a los labios y señaló la entrada. Asentí lentamente. Me levanté con cuidado, sintiendo cómo las piernas me temblaban. Cada paso era un esfuerzo consciente por no hacer ruido. El departamento estaba en penumbras; la única luz provenía de una lámpara del living que Miguel había dejado encendida a propósito, lo suficientemente lejos de la puerta como para no proyectar sombras.

Me acerqué despacio. El mueble que bloqueaba la entrada parecía más colosal ahora, como si se hubiera vuelto un obstáculo entre nosotros y algo inevitable.

Otro golpe.

Tragué saliva y acerqué el rostro a la mirilla.

Al principio no entendí lo que estaba viendo.

El pasillo estaba iluminado por una luz amarillenta que parpadeaba, dándole a todo un aspecto irreal, casi onírico. Frente a nuestro departamento, del otro lado del corredor, había una puerta... y alguien golpeándola.

Era un hombre.

O lo que quedaba de uno.

Tenía la ropa desgarrada, empapada de sangre seca. La cabeza ladeada en un ángulo antinatural, como si el cuello ya no sostuviera bien el peso del cráneo. Su piel era grisácea, tirando a verdosa, y estaba marcada por venas oscuras que parecían sobresalir bajo la superficie.

Golpeaba la puerta de enfrente con la frente.

No con las manos.
Con la frente.

Cada impacto producía ese sonido seco, hueco, como madera golpeando contra carne muerta. Después de cada golpe, el hombre se quedaba quieto unos segundos... y gruñía.

Un gruñido bajo, profundo, cargado de algo más que rabia.

Mis ojos bajaron, siguiendo el marco de la puerta.

Por debajo... se movían sombras.

No eran sombras quietas. Eran erráticas. Nerviosas. Se desplazaban rápido de un lado a otro, como personas caminando sin rumbo en un espacio reducido.

Había gente ahí adentro.

Viva.

Sentí un frío recorrerme la espalda. El muerto no estaba golpeando al azar. Sabía que había alguien ahí. Los estaba esperando.

Escuché un sollozo apagado del otro lado del pasillo. Muy débil, pero inconfundible. Una voz humana, quebrada por el miedo.

El muerto gruñó más fuerte.

Mi respiración se aceleró. Sentí el sudor correrme por la sien. Retrocedí apenas un centímetro para alejarme de la mirilla... y sin querer, apoyé la mano contra el mueble.

El golpe fue mínimo.
Pero en ese silencio... sonó como un disparo.

El muerto se detuvo.

Dejó de golpear.

Se quedó completamente quieto, con la frente apoyada contra la puerta.

Mis músculos se tensaron. Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.

Lentamente... demasiado lentamente... la cabeza del muerto comenzó a girar.

Primero, un poco.
Luego, más.

Hasta que su rostro quedó orientado directamente hacia nuestra puerta.

Hacia mí.

A través de la mirilla, uno de sus ojos —blanquecino, vidrioso— pareció alinearse exactamente con el pequeño círculo metálico.

Sentí que me estaba mirando.

No de forma salvaje.
No como un animal.

Con atención.

Me aparté de golpe, el corazón desbocado. Retrocedí hasta chocar con Miguel, que me sostuvo antes de que perdiera el equilibrio.

—¿Qué viste? —susurró, con los ojos bien abiertos.

—Hay... uno ahí afuera —murmuré—. Está golpeando la puerta de enfrente. Hay gente adentro.

Miguel apretó los dientes.

—¿Nos vio?

No respondí enseguida.

—Creo que... sí.

El gruñido volvió a escucharse. Esta vez, más cerca. No golpeó nuestra puerta. Caminó. Escuchamos el roce de sus pies contra el piso del pasillo, arrastrándose lentamente.

Paso...
Pausa...
Paso...

Miguel apagó la lámpara del living. La oscuridad nos envolvió por completo. Solo se oía nuestra respiración y ese sonido húmedo, irregular, acercándose.

El picaporte de nuestra puerta no se movió.

El muerto se detuvo del otro lado.

Durante unos segundos interminables, no pasó nada.

Entonces, una voz.

—¿Hola...? —dijo, del otro lado—. ¿Hay alguien ahí?

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Sentí un escalofrío recorrerme entero. Esa voz no era un gruñido. No era un rugido.

Era humana.

Miguel negó con la cabeza lentamente, con los ojos desorbitados.

—No respondas —susurró—. Eso no es normal.

—Ayúdenme... —continuó la voz—. Hay gente herida acá. Por favor...

Las sombras bajo la puerta de enfrente seguían moviéndose. Escuché golpes desesperados desde adentro, alguien golpeando desde el piso, alguien llorando.

El muerto rio.

Una risa corta, rota, que terminó en un gruñido.

—Salgan... —dijo—. No duele.

Sentí náuseas. Tuve que apoyarme contra la pared para no caer. Algo en esa forma de hablar... no era imitación. No era un eco vacío.

Era intención.

El picaporte de nuestra puerta vibró apenas. No lo giró. Solo lo tocó, como probándolo.

Miguel se acercó a mi oído.

—Escúchame bien, Alex —susurró—. No son como en las películas. No atacan siempre. A veces... esperan.

Otro golpe resonó en el pasillo. No era el muerto. Venía de la puerta de enfrente. Uno de los sobrevivientes había cedido al pánico.

El muerto se giró de inmediato y volvió a golpear con la cabeza, con más fuerza. La madera crujió.

Los gritos estallaron.

Miguel cerró los ojos un segundo.

—No podemos hacer nada —murmuró—. Si abrimos, somos los próximos.

Yo asentí, aunque cada fibra de mi cuerpo gritaba lo contrario.




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