Cuando el mundo se apago

Capitulo 5

EL OTRO LADO

No creo que llegue.
No creo que llegue.

Esas palabras eran lo único que existía en mi mente cuando salté.

Durante un segundo —o una eternidad— no hubo edificio, no hubo ciudad, no hubo Miguel.

Solo vacío.

Bajo mis pies no había nada. Nada que sostenerme. Nada que perdonarme el error.

El aire me golpeó el rostro. El mundo se volvió silencioso. El salto duró apenas un parpadeo, pero en mi cabeza se estiró como si el tiempo hubiera decidido torturarme.

Entonces mis pies tocaron el borde del otro edificio.

Llegué.

Eso pensé.

Pero el alivio duró menos que un suspiro.

Resbalé.

El cuerpo se me fue hacia atrás y el vacío volvió a abrirse debajo. Alcancé a reaccionar por puro instinto: mis manos se cerraron contra el filo del techo. Sentí cómo las uñas se quebraban, cómo la piel de los dedos se desgarraba contra el cemento áspero.

Grité.

—¡Carajo!

Mi voz se perdió entre el viento y el eco de los golpes en el edificio que habíamos dejado atrás.

Por un segundo miré hacia arriba.

Vi a Miguel suspendido en el aire.

Saltó mejor que yo. Rodó sobre el techo y, sin perder tiempo, se arrastró hasta el borde.

—¡Dame la mano!

Estiré el brazo. Me agarró con una fuerza que me hizo crujir el hombro. El dolor fue agudo, pero no solté.

Tiró.

Yo empujé con los pies contra la pared.

Y subí.

Caí sobre el techo del edificio contiguo, jadeando, temblando, con las manos en carne viva. Miguel cayó a mi lado. Durante unos segundos ninguno habló. Solo respiramos.

Desde el otro edificio se escuchaban pasos.

Levanté la vista.

Apareció él.

El mismo que me había mirado a través de la mirilla. El que no gruñía con furia. El que observaba.

No había rabia en su rostro.

Había atención.

Se acercó al borde y nos miró fijamente.

Mientras tanto, otros errantes corrían detrás. Algunos intentaron saltar. No calcularon. Sus cuerpos chocaron contra la pared o cayeron al vacío. El sonido de los golpes contra el asfalto subió hasta nosotros como algo hueco y final.

Pero él no saltó.

Se quedó ahí.

Mirándonos.

Como si supiera que yo no iba a llegar.

Como si hubiera estado esperando exactamente ese resultado.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

Esto no era normal.

No eran simples bestias.

—Nos vamos —le dije a Miguel, todavía sin apartar la vista de esa figura—. Tenemos que irnos ya.

Miguel asintió, pero también miraba al otro edificio.

—¿Cómo bajamos? Si vamos por las escaleras externas, hacemos ruido. Y si entramos por la Puerta de emergencia, seguro hay más adentro.

Pensé rápido. El techo era amplio, pero el silencio que lo rodeaba no era tranquilizador.

Me asomé por el otro lado del edificio.

Miré hacia abajo.

Las ventanas de los apartamentos no estaban tan lejos del techo. Un par de metros. Alcanzables si bajábamos con cuidado.

—Por ahí —dije—. Bajamos hasta una habitación.

Miguel asintió sin discutir.

Eran las ocho de la mañana.

El día apenas empezaba.

Y ya sentía que habíamos vivido demasiado.

Bajamos con cuidado, apoyándonos en salientes y marcos. La adrenalina todavía me recorría el cuerpo, pero ahora estaba mezclada con algo más pesado: la conciencia de que esto recién comenzaba.

Entramos por una ventana entreabierta.

El olor nos golpeó primero.

Espeso. Dulzón. Metálico.

Moscas.

La habitación estaba en silencio. Las cortinas corridas. Una cama desordenada.

Y en el suelo, tomados de la mano, había dos cuerpos.

Una pareja.

Estaban destrozados.

No era una muerte limpia. No era un accidente. Les habían arrancado partes. Mordidas profundas en los brazos, el torso, el cuello. La sangre ya estaba oscura, casi negra, formando un charco seco alrededor.

Se habían comido todo lo que pudieron.

Tragué saliva. Sentí el estómago revolverse.

Cerca de la puerta, huellas ensangrentadas salían hacia el pasillo.

No se quedaron.

Consumieron.

Y se fueron.

Eso fue lo que más me perturbó.

No había caos dentro del cuarto. No había pelea prolongada. Solo una interrupción violenta... y luego movimiento.

Cerré la puerta con cuidado.

—Nos da unos minutos —susurré.

Miguel empezó a revisar cajones. Yo miré por la ventana, atento a cualquier movimiento exterior.

—Necesitamos algo más que suerte —dijo él.

Encontró una cuchilla de cocina. No muy grande, pero firme.

—Busca una escoba.

La encontré apoyada en la cocina.

Miguel rompió el palo contra el borde de una mesa hasta dejarlo recto. Ató la cuchilla con cable que sacó de una lámpara y reforzó todo con cinta que encontró en un cajón.

Trabajó en silencio.

—Tenemos que pelear a distancia —dijo finalmente—. Si nos muerden... estamos muertos.

Asentí.

Mientras él terminaba la lanza improvisada, recordé algo.

Una película vieja. Supervivientes envolviéndose los brazos para evitar mordidas.

Fui hasta la sala, agarré varias revistas gruesas y cinta adhesiva. Enrollé las revistas alrededor de mis antebrazos y rodillas, ajustándolas lo más fuerte posible.

Miguel me miró.

—Buena idea.

Hizo lo mismo.

No era una armadura real.

Pero era algo.

Me pasó la segunda lanza que había improvisado usando un palo de lampazo.

La sostuve.

Pesaba más de lo que imaginaba.

No era un arma elegante.

Era supervivencia.

Nos miramos un segundo.

Ya no éramos solo dos tipos escapando.

Estábamos empezando a adaptarnos.

Salimos al pasillo.

Silencio.

Bajamos por las escaleras principales, atentos a cada piso.

Algunos apartamentos estaban abiertos.

En uno, la mesa estaba servida.

En otro, había sangre en la pared.




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