6 meses antes
Nunca imaginé que un día podría ver esto.
Es tan increíble. Mi cuerpo no puede moverse con libertad, pero siento paz.
¿Qué es todo esto?
¿Quizá…?
No. Eso no puede ser.
6 meses después
Eran los años de escuela. Otoño, mi estación favorita. Siempre me ha parecido curioso cómo el tiempo se percibe distinto cuando el frío empieza a hacerse notar. Los días nublados, el cielo gris y el olor constante a humedad le daban al ambiente un aire casi mágico, como si todo se moviera a un ritmo más lento.
Caminaba por los pasillos de la escuela. No tenía muchos amigos; siendo sincero, no tenía ninguno. Resultaba extraño pensar que, incluso rodeado de personas todos los días, uno pudiera sentirse completamente solo.
Deambular sin un rumbo fijo hacía que la sensación de soledad se disipara un poco, aunque sabía que solo era un alivio momentáneo. Bastaba con detenerme para que todo regresara.
Al girar en uno de los pasillos, choqué contra un compañero llamado Ziron. Era un chico conocido por su actitud grosera y su temperamento poco paciente.
—¡Ey, fíjate por dónde vas! —exclamó con molestia.
Lo miré a los ojos. Yo, siendo de baja estatura y con un cuerpo más bien frágil, sabía que enfrentarme a él no sería buena idea. No era valentía lo que me faltaba, era sentido común.
—Disculpa, Ziron, no te vi. No quise chocar contigo.
Él apenas levantó la mirada antes de marcharse. Era un cretino, aunque, en realidad, no me afectaba demasiado… salvo en esos momentos en los que parecía que el universo conspiraba en mi contra. ¿O quizá Dios? No estaba seguro.
El timbre sonó, anunciando el inicio de las clases.
El salón estaba frío; la calefacción apenas había sido encendida. No era estrictamente necesaria, pero en las zonas donde el sol no alcanzaba a entrar, el frío podía convertirse fácilmente en un resfriado asegurado.
—¡Einar! ¡Mira lo que compré, es genial! —gritó Sasha, mi mejor amiga, agitando unas bolsas con entusiasmo.
—Hola, Sasha. ¿Ahora qué compraste? ¿Un nuevo instrumento? ¿Algo artístico? —intenté adivinar mientras observaba las bolsas y buscábamos asiento.
—No, esta vez no. ¿Recuerdas que quería aprender a dibujar y pintar de forma más profesional? Bueno… compré estas pinturas profesionales. ¡Son increíbles! ¿Verdad que sí?
La miré con sorpresa. Algo que siempre había admirado de Sasha era su facilidad para expresarse a través del arte, y sobre todo, su valentía para intentarlo sin miedo al juicio ajeno.
—Vaya, amiga mía, felicidades. Es una gran compra. Yo apenas puedo dibujar palitos y bolitas —dije recostándome en la silla.
Sasha soltó una leve risa mientras acomodaba sus cosas.
—Deberías buscar un pasatiempo nuevo, ¿no crees, Einar? Siempre caminas en círculos.
La miré con un leve gesto de disgusto, aunque no la contradije. En el fondo, sabía que tenía razón.
—Tal vez… pero no se me ocurre nada. Todo me parece aburrido —respondí, apoyándome sobre la banca.
—No todo es aburrido —dijo—. A veces solo no es tan simple como crees.
—¡Buenos días, jóvenes! —anunció con voz firme el profesor de química, el señor Hass.
—Buenos días, profesor —respondimos al unísono.
Las clases comenzaron. Yo me quedé mirando por la ventana, observando cómo el viento sacudía las ramas de los árboles. En algún momento, sentí la necesidad de ir al baño. Pedí permiso al profesor Hass y, sin problema, me lo concedió.
Al entrar al baño, noté algo extraño. Las paredes estaban marcadas con líneas irregulares, casi imperceptibles. Sin embargo, podía verlas con claridad. Emitían un sonido peculiar, un chillido suave que resonaba en el lugar y parecía envolverlo todo. Era hipnótico.
Me quedé observándolas durante unos minutos, hasta que, de pronto, desaparecieron.
No comprendí qué había sucedido, pero aun después de que las marcas se desvanecieron, el ambiente se sentía distinto. Como si algo se hubiera alterado. El silencio pesaba, y por un instante tuve la sensación de que el tiempo se había detenido… aunque no sabía si era real o solo una percepción mía.
Salí del baño todavía algo desorientado. Al girar en el pasillo, volví a chocar con Ziron.
—¡Te dije que te fijaras! —gruñó, aunque su enojo disminuyó al notar que apenas le presté atención.
No respondí. Simplemente continué mi camino de regreso al salón.
Mientras caminaba, una sola pregunta se repetía en mi mente:
¿Qué fue aquello?