Desperté somnoliento y me senté en la orilla de la cama, viendo fijamente un zapato. Me quedé así varios minutos, hasta que finalmente miré el reloj: aún faltaban dos horas para ir a clases. Tenía que alistar mis cosas, bañarme, desayunar… Pensar en todo eso cuando no dormiste bien puede volverse pesado, pero podía ser peor.
—¡AHORA ESTÁ SOLEADO! —grité al ver cómo los rayos del sol iluminaban mi rostro, acompañando la sensación de “perdedor” que me había quedado del día anterior.
Afortunadamente, aún me quedaban cerezas en el frasco. “Qué rico… pero qué extraño, debería tener muchas menos”, pensé, observándolo sin mover un músculo. Después del evento del baño, sentía una sensación diferente de todo, aunque no estaba seguro de qué tanto había sido real y qué tanto mi mente me había jugado una mala pasada.
¿Algo ha cambiado realmente? ¿Qué eran esas líneas en la pared? ¿Ese sonido… de dónde lo había escuchado antes? ¿Alguien más lo escuchó? No era lo suficientemente social ni valiente como para contárselo a alguien; solo tenía a Sasha, la amiga de toda la vida.
—¡Qué difícil es la vida! —grité agitando la cabeza—. Pero igual, tenía que continuar.
Me arreglé rápidamente, poniéndome lo típico: sudadera y jeans azules. Tomé mi mochila, pensando: ¿Hoy toca geografía?
Bajé por las escaleras rumbo a la cocina, donde el aroma de la comida recién hecha llenaba el aire. Mi madre tarareaba su canción favorita mientras cocinaba, intentando no derramar la comida de la sartén.
—Mamá, buenos días… ¿Hoy llegó papá a casa? —pregunté, notando su ausencia; él nunca faltaba a esa hora de la mañana.
—No, Einar. Tu padre tuvo que trabajar toda la noche, pero no debe tardar —respondió mi madre, limpiando algunos utensilios.
—¿Toda la noche? Y además parte de la mañana…
—Bueno, tu padre tiene un trabajo exigente; ya sabíamos lo que implicaba cuando aceptó el puesto —dijo con calma.
No respondí, hice una mueca y desayuné algo rápido; el tiempo empezaba a acortarse.
En el autobús, Sasha se subió y se sentó a mi lado.
—Hola, Einar. ¿Cómo amaneciste?
—Bien, Sasha… No contestaste mis mensajes esta mañana. ¿Todo está mejor?
—Sí, no te preocupes. Cosas que pasan, pero todo está mucho mejor. De hecho, hice esto para ti —dijo, sacando de su mochila una pintura y entregándomela como regalo—. La pinté mientras estaba triste, pero con muchas ganas de seguir creando.
—¡Increíble, Sasha! ¡Muchas gracias! —exclamé—. Jamás podría hacer algo así… sin duda eres una gran artista.
Sasha se sonrojó levemente; se notaba el esfuerzo y la pasión que ponía en cada trazo.
Mientras el autobús avanzaba, hablamos de cosas triviales y mirábamos por la ventana hasta llegar a la escuela. Afuera, algunos alumnos se agrupaban en las entradas del edificio. Sasha y yo nos acercamos, curiosos. Entre la multitud había unos cuarenta alumnos conversando, además de reporteros que cubrían un suceso reciente.
—¿Qué pasó? —pregunté, preocupado.
—Un chico llamado Valente Dastton. Al parecer se puso grave y lo llevaron al hospital —respondió alguien de la multitud.
—¿Valente? No recuerdo a nadie con ese nombre —dijo Sasha, confundida.
Recordé al chico del pasillo del día anterior, aquel que repetía “aquí estoy” una y otra vez… tal vez solo era coincidencia.
—Vámonos, Sasha. Mejor alejémonos de todo esto, al menos por ahora —dije, tomando su mano ligeramente.
Sasha asintió y ambos revisamos nuestros teléfonos; la noticia ya comenzaba a esparcirse rápidamente en redes sociales.
—Sasha, necesito contarte algo. No puedo quedarme solo con esto, así que te lo diré aquí —dije mientras nos adentrábamos en la biblioteca de la escuela, hablando en voz baja. Era un buen lugar para platicar sin ser interrumpidos.
—Claro, Einar. Dime —respondió Sasha, cerrando un libro y prestándome toda su atención.
—Verás… ayer, en la clase de química, fui al baño. ¿Recuerdas?
—No, en ese momento discutía con mi novio por teléfono, así que no noté que te fuiste —respondió, recostando la mano en su cabeza.
—Bien, no importa. Cuando estaba allí, las paredes se distorsionaron, aparecieron líneas irregulares… y sonó algo extraño, un sonido molesto e intimidante. —me incliné hacia ella para que escuchara mejor—. ¿No lo escuchaste?
Sasha miró a los lados y respondió con tranquilidad, casi con misterio:
—No, Einar… y deja las cerezas, creo que te están haciendo daño —dijo, con un tono sarcástico y burlón.
—¡Sasha! —exclamé, frustrado—. ¡Esto no es un juego! ¡Algo extraño pasó ese día! ¡Sé que algo cambió, lo sé!
Ella me observó fijamente, asintiendo mientras procesaba lo que le decía.
—Mira, Einar, ¿qué te parece si vamos por un helado? —propuso—. Te relajará… y con suerte volverás a sentirte normal, si es que alguna vez lo fuiste.
Me tapé el rostro con las manos y grité internamente: ¡Sabía que no me creería!