Han pasado dos días después de los acontecimientos; nada extraño había sucedido. Quizá solo había sido paranoia mía, pensaba mientras bajaba las escaleras, cargando mi mochila con una mano. El aire fresco de la mañana se colaba por la ventana abierta, mezclando el aroma del pan recién horneado con el humo lejano de los carros en la calle. Mientras bajaba, escuché la voz de Sasha, sentada en la sala platicando con mi madre.
—¡Ey, Sasha! ¿Madrugaste? —pregunté en tono burlón mientras terminaba de bajar.
—Yo siempre madrugo, Einar. Ya sabes lo que dicen: el que madruga, se lo lleva la corriente —dijo Sasha con una voz inocente, sin notar que la frase había quedado un poco torcida.
Solté una risa forzada ante su ocurrencia.
—En fin, ¿por qué estás tan temprano en la casa? ¿Ya desayunaste? —pregunté, acercándome a la cocina.
—Sí, Einar —respondió inmediatamente—. Hoy es un día especial, ¡habrá una exhibición de arte! ¡Una exhibición!
—No recordaba —dije, llevándome la mano a la barbilla.
—Eres muy olvidadizo con algunas cosas, pero no te preocupes, aquí tienes a tu linda amiga para recordarte todo.
Hice un gesto con el rostro y finalmente salimos de la casa; solo comí una manzana para no tener el estómago vacío, notando la textura crujiente y el dulzor intenso que me ayudaba a despejar la mente.
—Llamaré a Lucas, a ver si ya está en la escuela —dijo Sasha mientras tecleaba números en su teléfono—. Tengo que asegurarme de que el lugar donde voy a poner mis cosas esté despejado.
Asentí con la cabeza, mirando el suelo mientras ella llamaba. Para distraerme, abrí mi celular; puro grupo de noticias o de juegos. Lo de siempre.
—Bien, parece que han respetado mi lugar. Lucas ya llegó, así que será mejor que nos vayamos. Pero… —dijo Sasha, sacando unas llaves de su bolso—. Nos iremos en el automóvil.
—¿Vas a manejar? ¿Desde cuándo sabes? —pregunté, confundido.
—Desde… ayer —contestó Sasha con total firmeza.
Esa respuesta no me dejó más tranquilo, pero no tenía opción. Además, quería llegar temprano a la escuela porque hacía mucho viento. Me subí al carro con Sasha y nos dirigimos a la escuela.
El camino estaba relajado. Sasha cantaba las canciones que reproducía el estéreo, disfrutando el momento. Yo, por mi parte, ya empezaba a marearme; los autos siempre me daban ese efecto. Observé cómo las hojas secas del camino bailaban al ritmo del viento y cómo algunos rayos de sol se colaban entre los edificios, iluminando los charcos de lluvia de la noche anterior.
Llegamos a la escuela, bajé y respiré un poco de aire fresco, aunque una ráfaga de viento me hizo tragar tierra. ¡Qué asco! El aroma del cemento húmedo y la mezcla de perfume y sudor de los estudiantes me recordaban que estaba en un lugar normal… pero mi mente todavía flotaba entre el miedo y la curiosidad.
—Entremos —dijo Sasha al abrir la puerta de la escuela.
Mientras caminaba detrás de ella, que avanzaba más rápido de lo habitual, me topé con el chico del pasillo que me había dado escalofríos la vez anterior. Su figura se recortaba contra la luz del pasillo, la sombra de su cuerpo alargada y fría.
—¡Amigo! —intenté detenerlo.
El chico me miró, y su mirada helada me congeló los huesos. Parecía que no quería ser molestado, pero sentía que debía hablarle.
—Hace unos días, al salir de clases, te saludé para despedirme. Pero luego…
No terminé la frase; el chico me tapó la boca con su mano. Sin pensarlo, se la quité bruscamente. Su expresión se tornó más hostil: me lanzó una patada al abdomen y caí junto a los bebederos. El impacto me dejó sin aliento y sentí un ardor intenso en la zona.
—¡¿Qué haces?! Nos pueden castigar, ¡te volviste loco! —dije, intentando incorporarme, la voz temblando de indignación y miedo.
—¿Quiénes nos van a castigar? —respondió el chico con voz macabra, grave, que vibraba en el aire y parecía reverberar por las paredes.
Miré a los lados buscando ayuda. Pero… nada. Todo estaba desierto. Ni Sasha ni nadie aparecían. Era como si el tiempo se hubiera congelado. El silencio era absoluto, roto solo por un murmullo agudo, como si algo se deslizara cerca de mis oídos.
—¡¿Qué está pasando?! ¿Quién eres tú? —dije desde el suelo, resignado, sintiendo cómo la adrenalina me hacía temblar.
—Oh, pobre Einar… No sabes quién soy, ¿verdad? Es curioso… aquí estoy… —al decir esto, las líneas irregulares de las paredes comenzaron a aparecer nuevamente, serpenteando como grietas vivas, y el molesto sonido volvió, metálico y penetrante. De repente, el chico desapareció sin dejar rastro, y las líneas se desvanecieron con rapidez.
Al parpadear, la gente regresó al pasillo. Intenté levantarme y casi caigo de nuevo, débil todavía por la patada, pero Lucas me sostuvo. Susurró a mi oído:
—Ahora entiendo de lo que hablabas, Einar… ahora lo veo con más claridad.
Me quedé congelado; solo asentí con la cabeza y seguimos hacia Sasha para no dejarla sola.
Llegamos a la exhibición, donde Sasha nos hizo una seña: “¿Dónde estaban?” Yo solo hice un gesto de que después le contaríamos.
Mi estómago dolía; la patada había sido fuerte. Debía empezar a ejercitarme o algo así.
Mientras veíamos la exhibición, Lucas me habló de lo ocurrido:
—Esa cosa… esas líneas en la pared y ese sonido son exactamente lo que me contaste. Cambia mucho el panorama —susurró, sin apartar la vista de las obras, mientras su dedo recorría apuntes imaginarios en el aire.
—Sí, sin duda, pero…
Lucas me interrumpió con entusiasmo:
—Aunque podríamos pensar que esa cosa atacó a alguien antes, ¿por qué no dejó ninguna mancha? No dejó rastro alguno. Es muy curioso… ah, anotaré todo en mi libreta, pero sin duda, tenemos que hablar seriamente con Sasha.
Asentí con firmeza:
—Sí, ahora más que nunca debemos mantenernos unidos.
—Seguiré investigando, Einar —dijo Lucas con una sonrisa que iluminaba todo su rostro, como si una flama recorriera su cuerpo.
—Tú estás emocionado… yo tengo miedo y dudas… Sasha brilla. Solo mira esos dibujos y pinturas; ella es una artista de verdad —dije, orgulloso de mi amiga.
En la exhibición, las pinturas de Sasha tenían pequeños efectos que explotaban en mini explosiones de confeti cada cierto tiempo. El público aplaudió, encantado. Los colores brillaban sobre el lienzo, reflejando la luz de los focos de manera que parecía que cada obra respiraba.
Sasha llegó a donde estábamos y no dejaba de sonreír:
—No sabía que harías algo tan grande… ¡es increíble! —Mi emoción era genuina; pocas veces sonreía así.
—Sí, por eso quería que lo vieran… Además, por eso estaba tan apurada —soltó una pequeña carcajada.
Un hombre alto y delgado, con cara de “aquí huele a basura”, se acercó a Sasha.
—Tienes talento, niña —dijo, entregándole una tarjeta con su nombre y número de contacto: Leandro Faye. Sasha la miró confundida, pero se la guardó.
—Oye, ¿no vino tu novio? —pregunté, mirando alrededor.
—Ya no tengo novio; terminé con John hace unos días. No se preocupen, ya habían pasado muchos problemas —contestó Sasha.
—Entiendo. Estamos contigo.
Finalmente, salimos de la escuela para ir a un restaurante cercano, relajarnos y cerrar el día. Aún quedaba mucho que hablar, y el viento helado de la tarde nos recordaba que, aunque la exhibición había terminado, nuestras propias historias y misterios apenas comenzaban