Estando en mi cuarto, de nuevo, recostado, a las once de la noche, ya casi medianoche, aún no podía conciliar el sueño. Era como si algo me presionara el pecho, una sensación incómoda que no dolía, pero tampoco se iba. Me levantaba, tomaba un vaso de agua, caminaba un poco por la habitación y volvía a acostarme, solo para repetir el mismo ciclo una y otra vez, hasta que incluso mis piernas comenzaron a cansarse. A veces pasa, cuando los pensamientos en nuestra mente solo hacen ruido, pero no nos dicen nada realmente.
El silencio de la habitación era pesado, casi molesto. Podía escuchar mi propia respiración, irregular, como si no lograra encontrar un ritmo adecuado. ¿Era mi culpa? ¿Pensar tanto era mi culpa? ¿Estaba haciendo daño a mi propio cuerpo por no saber detenerme? No, no parecía ser así. Al menos eso quería creer.
Quizá parezca repetitivo recordar todo esto, pero no encontraba otra forma de intentar que mi cabeza no me consumiera. Sentía que estaba atrapado en un bucle, sin avanzar, quedándome siempre en el mismo lugar, dando vueltas sobre los mismos pensamientos, como si mi mente se negara a soltar cualquier cosa.
El viento de afuera golpeaba suavemente la ventana. No era fuerte, pero sí constante. Las calles estaban completamente vacías; no había autos, no había pasos, no había voces. No había nadie. No había nada. Esa quietud hacía que todo se sintiera aún más extraño.
Cada vez que cerraba los ojos, mi mente se aceleraba. Las ideas se atropellaban unas con otras, sin orden, sin sentido. Me incorporé de golpe y grité dentro de mi habitación:
—¡Solo cállate!
Mi voz sonó más desesperada de lo que esperaba. ¿Acaso estaba exagerando? ¿Qué me daba el derecho de sentirme de esta forma? Había personas con problemas reales, con situaciones mucho peores, y aun así aquí estaba yo, sin poder dormir, ahogándome en pensamientos que no podía controlar.
Una de las razones por las que me gusta caminar demasiado es porque, de algún modo, logro vaciar mi mente mientras avanzo. El sonido de mis pasos, el movimiento constante, todo eso me ayuda a soltar lo que llevo dentro. Caminar sin pensar demasiado, sin esperar nada más, o al menos eso creía.
Tenía a ese nuevo amigo, Lucas, quien en pocos días logró agradarme. Me hacía sentir que no estaba completamente solo en esta situación. Es curioso, ¿no? Sentir que algo no está bien aun cuando nadie más lo nota, más aún cuando esas cosas se sienten tan reales que solo pensarlo hace que me duela el estómago.
Miré el reloj: eran las 3 de la mañana. Según algunas culturas, esa es la hora del demonio. No creo en eso, siempre me ha parecido ridículo… aunque, en ese momento, pensé si no estaba cayendo en pensamientos similares, dejándome llevar por el miedo y la sugestión.
También me sentía preocupado por Sasha. Ella no nos cree del todo, y eso me inquieta. Me aterra pensar que algo pueda atacarla como me atacó a mí. Pero ¿qué puedo hacer yo al respecto? No pude hacer nada cuando el chico del pasillo me atacó. Entonces, ¿por qué tengo este sentimiento de responsabilidad?
Mañana iremos a visitar a Valentín, con la esperanza de obtener respuestas, o al menos alguna pista que nos ayude a entender todo esto. Espero que quiera hablar con nosotros… aunque también existe la posibilidad de que prefiera olvidarlo todo.
Tal vez no diga nada.
Tal vez diga demasiado.
Sea como sea, ya veremos qué pasa.