Cuando el mundo siguió igual

Capitulo 9 (sangre)

Alistamos algunas cosas para ir a la casa de Valentín. Él ya había salido del hospital hace unos días, aunque aún guardaba reposo en su hogar.
Decidimos salir después de clases. Lucas se retrasaba; parecía que nunca llegaría, pero finalmente apareció… quince minutos tarde.
Luego, los tres viajamos en automóvil y, después de unos treinta minutos de camino, llegamos a la casa de Valentín.
—Bien, chicos, esta es la casa —dije, un poco nervioso.
—Es enorme —comentó Lucas mientras sacaba su libreta.
—Entonces toquemos el timbre —dijo Sasha, acercándose a la puerta principal.
La casa se alzaba como un monumento viviente, un híbrido entre mansión y catedral. Sus torres puntiagudas rozaban el cielo, proyectando sombras largas sobre el jardín descuidado. Cada ventana arqueada parecía un ojo que observaba el mundo, con vitrales de colores que filtraban la luz del sol en destellos iridiscentes sobre la fachada de piedra gris. El techo de tejas oscuras estaba salpicado de gárgolas y pináculos que parecían vigilar a los visitantes, y la puerta principal, enorme y de madera maciza, estaba adornada con herrajes de hierro forjado, tan pesados que uno dudaba si alguna vez se abriría sin esfuerzo. A lo lejos, el sonido del viento a través de las almenas producía un murmullo que recordaba a cantos lejanos, como si la casa respirara y murmurara secretos antiguos.
Entre murmullos decíamos: —Vaya casa más inquietante.
Se escucharon pasos desde dentro y, finalmente, alguien abrió la puerta. Era un hombre de unos cincuenta años, con rostro amargo y expresión arrogante.
—¿Qué quieren? Mocosos… —dijo, doblándonos en estatura.
—Yo… digo, nosotros queremos hablar con Valentín. Hace unos días nos dijo que nos recibiría en su casa, nos lo comentó por teléfono —respondí, intentando no parecer que me estaba ahogando en la vergüenza.
—Oh, entiendo… ¿Son amigos de Valentín?
—¡Sí! Queremos saber cómo está y hablar con él un poco, visitarlo… calor humano —dijo Lucas, aunque su voz sonaba robótica.
—Bien, pasen —dijo el hombre, dándonos la espalda y comenzando a caminar. Rápidamente lo seguimos.
Al entrar, el interior de la casa de Valentín nos recibió con un silencio denso, interrumpido solo por el leve crujido de los pisos de madera bajo nuestros pies. La sala principal era amplia, con techos altos adornados con vigas oscuras que parecían sostener siglos de historia. Los muebles, aunque elegantes y pesados, mostraban señales de descuido: un polvo ligero cubría las superficies, y algunas cortinas se movían suavemente como si un suspiro invisible recorriera la habitación.
El olor era extraño: una mezcla de madera antigua, libros cerrados y algo indefinible que nos erizaba la piel. En un rincón, una escultura abstracta captaba la luz de la ventana, proyectando sombras que parecían moverse ligeramente incluso cuando no había viento. Por un instante, tuvimos la sensación de que la casa nos observaba, como si respirara con nosotros y supiera más de lo que debíamos.
Los pasillos se extendían hacia habitaciones laterales, y un leve murmullo apenas audible flotaba desde lo profundo de la casa, suficiente para inquietarnos sin que pudiéramos localizar su origen. Todo estaba en calma, pero la calma misma parecía contener algo contenido, listo para revelar su presencia en el momento menos esperado.
Después de caminar un poco, llegamos a la puerta de la habitación de Valentín. El hombre la abrió y entramos.
Valentín estaba en cama: un chico pelirrojo, con ojos verdes. En una pequeña mesa de madera junto a la cama tenía su medicamento y un videojuego. Al principio nos miró atentamente, pero luego se relajó, como si nos conociera desde siempre.
—Chicos, ¿qué tal? Me alegro de que hayan venido —dijo Valentín, acomodándose en la cama para mirarnos mejor.
—Hola, Valentín. ¿Cómo sigues? —preguntó Sasha primero.
—Bien, chicos. Lo peor ya pasó. Me siento mucho mejor y en estos días volveré a la escuela —respondió, acomodando su medicamento junto a un vaso de agua.
—Nos alegramos, de verdad. Solo tenemos una pregunta —dijo Lucas, sacando su libreta de nuevo—. ¿Qué fue lo que te atacó? ¿Qué pasó exactamente?
Valentín se quedó serio. Nos miramos fijamente, segundos que parecieron eternos mientras esperábamos la respuesta.
—No me creerían —dijo mirando hacia abajo.
En ese momento, ya esperaba la peor o la más extraña de las respuestas.
—No te preocupes, lo creeremos. Por favor, cuéntanos de verdad. Confía —dije, intentando animarlo.
Lucas no quiso mencionar la mancha de pintura extraña en el salón del taller de arte, esperando ver si coincidía con lo que Valentín contaría.
—Bien, les contaré —dijo Valentín, levantando la mirada—. Yo estaba caminando por la escuela, revisando los salones como parte de un trabajo social. Mientras lo hacía, una criatura extraña me atacó. Aparecieron unas líneas extrañas en todas las paredes. Luego, el monstruo, o lo que sea, se lanzó contra mí, aunque curiosamente no sentí nada físico. Más bien mi mente empezó a colapsar; me sangró la nariz y empecé a toser sangre. Después vi otras presencias, parecían hombres altos, pero no podía distinguirlos, solo las siluetas. Un sonido extraño resonó de la nada y, finalmente, desperté en el hospital. Fue horrible.
Nos quedamos en silencio. Decidí ser el primero en hablar.
—Te creemos… Yo pasé por algo similar. Un extraño me atacó; el tiempo parecía detenerse —dije, acercándome a la cama de Valentín.
—Yo vi lo que le pasó a Einar, también te creo —dijo Lucas, anotando todo.
Sasha estaba nerviosa, pero con la experiencia de Valentín no podía negar lo que decía.
—Pero… —me quedé pensando— ¿las líneas estaban en todas las paredes?
—Sí, ¿eso importa? —respondió Valentín rápidamente.
—Sí, conmigo solo fue una pared, en dos ocasiones en las que tuve experiencias similares.
La habitación volvió a quedar en silencio. Sasha empezó a sentir temor, progresivamente.
—Pero, ¿cómo nos defenderemos? —preguntó Sasha, juntando sus manos.
—Quizá tengan algún punto débil o algo, no lo sé…
—A Valentín lo atacaron mentalmente; con Einar fue físico. ¿Será relevante? —dijo Lucas, volteando la hoja de su libreta.
—Ni idea —respondí.
Nos despedimos de Valentín, no sin antes pedirle que se uniera a nuestro grupo. Accedió, así que creamos un grupo en WhatsApp.
El grupo se llamó EMNC.
Llegué a casa cansado, intentando no dejar que el tema me consumiera, aunque de igual forma permanecí alerta.
¿El mundo ha cambiado?



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Editado: 30.01.2026

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