Cuando el reloj dejó de latir

Parte 2: el precio de la memoria.

En la absoluta oscuridad de la biblioteca municipal, el eco de la última campanada -la número cuarenta y siete- pareció derretirse en el aire. Las palabras de César quedaron flotando como una sentencia definitiva: Cajamarca no es misericordiosa.

Pamela sintió que esa presencia antigua, la que había esperado durante décadas, daba un paso invisible hacia ella. El frío que le recorría la espalda ya no era una sensación física; era el peso de una verdad que se materializaba en las sombras.

-¿César? -llamó ella en un susurro, estirando las manos hacia el vacío. Sus dedos rozaron la tela áspera de una chaqueta oscura. Era él. No se había movido.

-Estoy aquí, Pamela -respondió su voz, extrañamente serena en medio de la negrura-. Pero ya no por mucho tiempo. El pueblo ya eligió su cobro.

-No entiendo... -dijo Pamela, apretando el cuaderno de su madre contra su pecho como si fuera un escudo-. Mi madre escribió que el tiempo cobraría algo a cambio si el amor insistía en volver. ¿Qué te pidió a ti hace doce años? ¿Qué viniste a corregir?

Un golpe seco volvió a resonar afuera, pero esta vez no fue en las puertas del pueblo. El sonido provino directamente de las ventanas de la biblioteca, cuyas maderas crujieron bajo una presión inmensa.

-Vine a corregir la noche del incendio -confesó César, y Pamela pudo sentir su respiración cerca de su rostro-. La noche en que decidiste mentir para salvarme. Creíste que habías elegido tú, pero fue el pueblo el que te ofreció el trato. Tu silencio a cambio de mi vida. Por eso la carretera desapareció, Pamela. Por eso Cajamarca se borró de los mapas nuevos. El pueblo se aisló del mundo para sostener una mentira que duró doce años para ti, y tres semanas para mí.

De pronto, una rendija de luz grisácea y mortecina se filtró por debajo de la puerta de la biblioteca. No era la luz del sol, ni la de las farolas de la plaza. Era una claridad artificial que dejaba ver las partículas de polvo flotando estáticas en el aire, suspendidas en el tiempo.

Pamela miró hacia el suelo iluminado. El cuaderno de su madre, que sostenía entre las manos, comenzó a abrirse solo. Las hojas pasaron rápidamente hasta detenerse en una página que antes parecía en blanco. Allí, escrita con una tinta roja que parecía fresca, apareció una última línea que su madre nunca llegó a pronunciar en vida:

"El tiempo no se repara con promesas, se repara con olvido. Para que el reloj vuelva a marchar, debes devolver lo que no te pertenece".

Afuera, la voz rota del sheriff José resonó en la plaza desierta, gritando un nombre que Pamela no logró entender, apagado por un viento que volvía a rugir con fuerza salvaje.



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En el texto hay: , amor, odio

Editado: 15.08.2026

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