Cuando el reloj dejó de latir

Paté 4: la última palabra

El dolor en las manos de Pamela se volvió insoportable, pero no soltó el cuaderno. La tinta roja terminó de fijarse en la página, revelando la palabra final que su madre había dejado como una última y desesperada advertencia: Elegir.

No había instrucciones detalladas. No había un mapa de escape. Solo esa orden directa que caía sobre sus hombros con el peso de toda Cajamarca.

—Ya no queda tiempo, Pamela —dijo César. Su voz ya no sonaba en la habitación, sino que se desvanecía, como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo—. La presencia está aquí.

La puerta de la biblioteca cedió con un crujido ensordecedor. Las bisagras de hierro saltaron y la madera vieja se partió en dos, abriéndose hacia la plaza. Pero afuera ya no quedaba nada de lo que Pamela conocía. La niebla se había tragado las casas, la fuente y los portales. Solo existía una penumbra gris y espesa que avanzaba flotando a ras de suelo, devorando los estantes de libros a la entrada de la biblioteca. Los diarios viejos, los registros municipales y los cuadernos escritos a mano que habían caído al suelo comenzaron a deshacerse en ceniza negra en cuanto la niebla los tocaba.

En el umbral, con la mitad del cuerpo ya desdibujado por la bruma, el sheriff José sostenía su arma con una mano temblorosa. Sus ojos, fijos en César, no tenían ira, sino un ruego desesperado.

—Se acabó, muchacho —dijo José, con un hilo de voz—. El pueblo no va a aguantar otro segundo. Si ella no te deja ir, la niebla nos alcanzará a todos antes de la medianoche.

Pamela miró a César. A través de su chaqueta oscura ahora se podía ver el contorno de las estanterías del fondo. Su cuerpo se estaba convirtiendo en hilos de luz y sombra que el viento de la plaza empezaba a arrastrar.

—Si te devuelvo a la noche del incendio... —comenzó Pamela, con la voz quebrada por las lágrimas—, si acepto que moriste hace doce años, todo esto desaparecerá. Volveré a estar sola.

—No estarás sola —sonrió César, con la misma sonrisa apenas esbozada que le había dado en la plaza—. Estarás en el mundo real. En el mapa verdadero. Donde el tiempo avanza y las heridas, aunque duelan, finalmente cierran.

El cuaderno en sus manos dio un último latido de calor. Pamela supo que el trato estaba abierto: podía aferrarse a la mentira y dejar que Cajamarca se hundiera para siempre en el olvido junto con ella, o podía soltar la mano de César y dejar que el reloj de la plaza diera, por fin, el siguiente segundo.



#4502 en Fantasía
#2415 en Thriller
#1081 en Misterio

En el texto hay: , amor, odio

Editado: 18.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.