Don Alonso
El rey murió en silencio, y ese fue el primer mal presagio.
No hubo campanas inmediatas ni gritos en la plaza. La noticia llegó como llegan las enfermedades largas: por susurros, por miradas que se apartan, por criados que hablan más bajo de lo habitual. Yo lo supe antes de que nadie se atreviera a decirlo, porque un país aprende a reconocer el momento exacto en que se queda sin padre.
Carlos, nuestro rey, había muerto sin hijos.
Y España quedó huérfana.
Me encontraba en el despacho, con las manos apoyadas sobre una mesa que había pertenecido a mi abuelo. La madera estaba gastada en los mismos bordes donde él apoyaba los dedos al firmar documentos que hoy ya no significan nada. Pensé entonces —no sé por qué— que las cosas también envejecen cuando ya no se las necesita.
No lloré.
Un hombre no llora a su rey, me enseñaron.
Pero sentí un peso en el pecho que no era pena, sino algo más peligroso: incertidumbre.
Porque cuando muere un rey sin heredero, no muere solo un hombre. Muere el orden.
Beatriz entró sin anunciarse. Lo hace desde hace años; sabe que no la reprendo por ello. Me miró como se mira a alguien que aún no sabe que ya ha perdido algo.
—Ha llegado un correo de Madrid —dijo.
No pregunté qué decía. Ya lo sabía.
Lo sabía desde que el aire de la casa se volvió espeso, desde que los criados evitaron cruzar miradas, desde que el silencio se sentó a la mesa antes que nosotros.
—Felipe de Anjou —murmuré antes de que ella hablara.
Beatriz cerró los ojos un instante. Siempre ha tenido ese gesto cuando el mundo se le impone sin pedir permiso.
—Eso dicen.
Eso dicen.
Como si el destino de un reino pudiera reducirse a un murmullo.
Felipe. Un Borbón. Un francés.
Un nombre joven para un país cansado.
Sentí una ira antigua subir desde el estómago. No era rabia contra el muchacho —al que no conocía—, sino contra el olvido. Los Austrias habían sido nuestra sangre durante generaciones. Mi padre juró por ellos. Yo juré por ellos. Y ahora, con una firma apresurada y un testamento dictado por el miedo, se nos pedía aceptar que todo eso no había sido más que un prólogo.
—No es definitivo —dije, aunque sonó falso incluso para mí—. Europa no lo permitirá.
Beatriz no respondió. Nunca discute cuando sabe que la razón no cambiará nada.
Miré por la ventana. En el patio, Tomás barría hojas secas aunque no era otoño. Siempre ha sido así: limpia cuando no hace falta, como si temiera que la suciedad fuera una culpa personal. Pensé que, pasara lo que pasara, él seguiría barriendo. Los reyes cambian, pero el polvo no.
—Gabriel lo sabe —dijo Beatriz, y su voz fue apenas un hilo.
Ahí estaba el verdadero golpe.
Nuestro hijo mayor. El inquieto. El que pregunta demasiado. El que ha visto más mundo del que le correspondía. No hizo falta que añadiera nada más. Supe, con una certeza dolorosa, que Gabriel no vería en Felipe una traición, sino una oportunidad.
—Hablaré con él —dije.
Pero en el fondo supe que ya era tarde.
Los hijos no esperan a que los padres les expliquen el mundo; lo interpretan solos.
Esa noche cenamos sin hablar del rey. Fue una cobardía compartida. Inés apenas probó la sopa. Tiene los ojos de su madre, pero la forma de mirar es mía: observa como si todo pudiera perderse en cualquier momento.
Cuando nos levantamos de la mesa, sentí que algo se había roto sin hacer ruido. No fue la muerte de Carlos II lo que me heló la sangre, sino la certeza de que mi casa ya no obedecía a una sola lealtad.
Antes de retirarme, abrí el viejo arcón donde guardo las cartas de mi padre. En una de ellas hablaba de honor, de permanencia, de fidelidad a una Corona que entonces parecía eterna. Pasé los dedos por la tinta desvaída y comprendí que la eternidad también caduca.
Esa noche recé por el alma del rey.
Pero, sin decirlo en voz alta, recé también por España.
Y por mi familia.
Porque cuando un rey muere sin heredero, las guerras no empiezan en los campos.
Empiezan en las casas.