Beatriz
Siempre he sabido que las casas presienten antes que las personas.
Aquella mañana, la nuestra amaneció fría, aunque el brasero seguía encendido. No era el invierno: era otra cosa. El aire se quedaba detenido en los pasillos, como si dudara antes de avanzar. Caminé despacio, tocando los respaldos de las sillas, las paredes, los marcos de las puertas. No por costumbre, sino por necesidad. Quería asegurarme de que todo seguía ahí.
Las casas, cuando van a perderlo todo, se vuelven frágiles.
Alonso no habló durante horas. Lo conozco desde hace treinta años; sé distinguir sus silencios. Este no era de los que se curan con tiempo, sino de los que se enquistan. Se sentó en el despacho, erguido, como si aún hubiera alguien observándolo. Siempre ha vivido como si la historia tuviera ojos.
Yo, en cambio, nunca he sentido que el pasado me mire.
Lo que me asusta es el futuro.
Sabía que Gabriel estaba despierto. Las madres lo sabemos sin necesidad de oír pasos. Hay una inquietud particular que atraviesa las paredes cuando un hijo ya ha decidido algo y aún no lo ha dicho. Preparé el desayuno con manos firmes, aunque por dentro todo se desordenaba.
Cuando entró, supe que no me equivocaba.
—Madre —dijo—. Ha llegado una carta.
No pregunté de quién era. Las cartas, en estos tiempos, no traen noticias: traen bandos.
—¿De Madrid? —pregunté.
Asintió. Tenía los ojos encendidos, no por entusiasmo, sino por esa mezcla peligrosa de convicción y miedo. La juventud siempre cree que elegir es un acto limpio. La edad enseña que toda elección mancha.
—Tu padre aún no ha desayunado —dije, y no fue una evasiva. Fue un intento de aplazar el derrumbe.
—Lo sé.
Gabriel nunca ha sido cruel. Pero tampoco sabe retroceder.
Me senté frente a él. Vi en su rostro al niño que fui capaz de proteger y al hombre que ya no me pertenece. Pensé que eso era la maternidad: aprender a perder sin hacer ruido.
—¿Es Felipe? —pregunté al fin.
—Es el futuro —respondió.
Ahí entendí que no hablábamos el mismo idioma.
Para Alonso, el rey es una línea recta que viene del pasado.
Para Gabriel, es una puerta.
—No digas eso delante de tu padre —le pedí—. No aún.
—Madre… —empezó, pero lo detuve.
—Escúchame. No te pido que cambies de idea. Te pido tiempo. Solo eso.
El tiempo es el único aliado de quienes no pueden luchar.
Cuando se fue, me quedé sola con el sonido de la casa despertando. Tomás cruzó el pasillo con una jarra de agua. Bajó la mirada al verme, como si yo fuera parte del mobiliario. Los criados saben más de lo que aparentan, pero callan porque el silencio es su única propiedad.
Fui al despacho. Alonso seguía ahí, inmóvil, como una estatua que aún no sabe que ha sido abandonada por los dioses. Me acerqué despacio. No quería sobresaltarlo; los hombres orgullosos se rompen con facilidad.
—Nuestro hijo no es tu enemigo —le dije.
No me miró.
—Aún no —respondió.
Y ese “aún” fue como una grieta.
Quise decirle que los reyes pasan, que las familias deberían quedarse. Quise recordarle que yo no me casé con una causa, sino con un hombre. Pero no lo hice. Hay verdades que, dichas en el momento equivocado, se convierten en armas.
Esa tarde escribí una carta que no envié. En ella le pedía a Dios —al mismo Dios que parece tan ocupado con coronas— que, si iba a dividir algo, no fuera a mis hijos. Luego la rompí. La fe también se agota.
Al anochecer, Inés se sentó conmigo en la cocina. No dijo nada. Me tomó la mano. A veces los gestos son la única lengua que no traiciona.
Supe entonces que la guerra, cuando llegara, no nos encontraría desprevenidos.
Ya estaba aquí.
En la mesa, en las miradas, en las palabras que evitábamos.
Y comprendí algo que nunca olvidaré:
no es la Historia la que entra en las casas; somos nosotros quienes la dejamos pasar.